Lo vi llegar serio y con mucha actitud. Enseguida corrí hasta mi amiga y le pregunté quién era. Me acuerdo hasta de cómo se acomodó el pelo frente a un auto, cuando salió de la fiesta. Su nombre era Lucas.

Llegué a mi casa y lo agregué al MSN pero nunca me animé a hablarle. Pasados unos años volvimos a tener contacto, estaba maravillada de lo impredecible que es el destino.

Un sábado a la noche salimos a bailar y nos pusimos bastante en pedo. No dejábamos de mirarnos, bailábamos y nos decíamos cosas. En la primera oportunidad que tuvo me tiró la boca y sentí que quería besarlo durante un día entero.

Ese mismo día arreglamos para vernos. Lucas me hizo pasar y se sentó en un sillón, acto seguido miró con cara de superado y me dijo “sacate la ropa”. Yo quería hacerlo. No me negué. Estaba desnuda en su living mientras el me miraba fijamente. “Vamos a la pieza”. No dijo nada más.

Se acostó boca arriba sobre la cama y me puse encima de él esperando besos y caricias. No me sentía muy cómoda. Era todo demasiado frío, como si estuviese siendo evaluada. Lucas todavía tenía la ropa puesta, solo se había bajado los pantalones y todavía tenía puesto un bóxer. Me miraba serio, inmutable. Yo no sabía qué hacer.

“Dale, garcharme ahora”, dijo. Amagué a besarlo pero él reaccionó diciendo “cogeme, sino andate”. Comencé a moverme lentamente pero mi cabeza estaba en otro lado. Al parecer notó mi incomodidad, me miró fijo y dijo “no voy a acabar, levantate”.

Empecé a vestirme. No sabía qué le pasaba pero sentía que era mi culpa, que había hecho algo mal. Me despedí con un beso en el cachete y me fui.

El día de los enamorados me invitó a salir. Paseamos un rato y hasta me regaló un oso de peluche. Yo seguía hasta las manos con él. Pensaba que podía hacerlo cambiar y que por más de que me hablara como si yo fuese basura, tenía un lado bueno.

No nos vimos durante unos meses, pero él me hablaba cada tanto para mantenerme enganchada. Yo no quería estar con nadie más.

Pasado un tiempo nos encontramos. Nos sentamos a hablar y me dijo que quería intentar algo serio conmigo. Para ser sincera, nunca supe que es lo que me atraía de él. No era muy lindo, no me trataba bien y no teníamos nada en común.

Empezamos a salir. Yo le escribía y él me contestaba como a las dos horas. Siempre me demostraba que tenía el control de la situación. Nos veíamos poco, pero casi todos los días. Así estuvimos un par de meses. Yo vivía con miedo a que me dejara y por eso hacía todo lo que me pedía. Vivía tratando de humillarme. Se convirtió en un amor enfermizo y desgastante. Estuvimos así aproximadamente un año.

De un día para otro me dejó me hablar. Me desesperé, lo llame mil veces, le mandé mensajes. Nunca los contestó. Ya no sabía qué hacer. Lloraba mucho y lo justificaba en mi cabeza.

Unos meses después empecé a hablar con otro chico. Todo iba bastante bien hasta que un día recibí un mensaje de Lucas que decía “necesito hablar con vos”. Decidí no contestarle aunque por dentro me moría de ganas.

Al rato me llamó y lo atendí. Comenzó a gritarme, estaba sacado. Dijo que iba a cagarme la vida y que tenía que pedirle permiso a él para estar con otro. Yo le pertenecía. Le intenté explicar que me había dejado hacía varios meses, pero me interrumpía con sus gritos. Terminó su monólogo diciendo “vas a llorar más cuando te cague la vida. Nunca estuve con una mina tan puta como vos, ya te vas a enterar de lo que soy capaz”.

Durante varios meses no me dejó vivir. Sabía todo lo que yo hacía y si conocía a otro hombre, hacía lo imposible hasta que este dejaba de hablarme. Aprendí que las palabras duelen muchísimo y que el maltrato no solo se da a través de los golpes. Un día desapareció él y reapareció mi oportunidad de ser feliz.

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