Tenía 5 o 6 años, era una nena alegre y llena de vida como cualquier otro niño. Por aquellos años adoraba quedarme a dormir en lo de mi abuela porque ella me dejaba jugar hasta el cansancio, pero un día comencé a sentir miedo, de ese que te paraliza y te deja sin respiración.

Él era mi primo, y vivía en la casa de mis abuelos paternos. Era mucho más grande que yo, estaba en plena adolescencia, esa edad en donde todo hombre comienza a descubrir su sexualidad.

Recuerdo que, llegada la hora de dormir, me acostaba sola en una cama y me dormía al instante porque siempre terminaba muy cansada de tanto jugar en el parque. Aunque ese no era el comienzo de un descanso placentero, sino el comienzo de mi peor pesadilla. De repente sentía que la puerta se abría y, acto seguido, una mano recorría mis piernas, mi cuerpo y mi cola. Podía sentir su respiración jadeante, al ser tan chica no entendía nada entonces me quedaba quieta, fingiendo estar dormida.

Cada vez que sucedía, yo corría al cuarto de mis abuelos y pedía que mi mamá me viniera a buscar. Inventaba que estaba con un episodio de alergia, que me picaban los ojos y no podía respirar.

Esto pasó reiteradas veces hasta que una noche se metió debajo de las sabanas y empezó a tocarme más bruscamente. Hizo que tocara su pene, y no recuerdo más. Durante muchos años viví con la incertidumbre de no saber si fui violada. Tampoco recuerdo cuantas veces lo hizo, ni tampoco cómo fue que nunca más volvió a hacerlo.

A los 18 años, con mi primer novio, pude corroborar que era virgen. Me invadieron miles de sensaciones y sentimientos, me sentía rara porque mi primera vez había sido pésima pero a la vez tranquila. Mi primo se había robado algo pura y exclusivamente mío, en vez de estar pensando en mi novio, pensaba en lo que él me había hecho.

Recién a mis 23 años pude contarle a mi mamá todo eso que había sucedido cuando era una niña. Le pedí que por favor nunca más mencionen aquella anécdota propia de todas las reuniones familiares: “Cuando te quedabas a dormir en lo de los abuelos siempre pedías que te fuéramos a buscar porque tenías alergia. Se te subía todo a la cabeza, te picaban los ojos y no podías respirar”. Todo entre risas, sin saber que en realidad buscaba escapar de aquello que me hizo tanto daño.

No sé si lo perdoné o no. Me costó tanto exteriorizarlo y aceptarlo que no pienso mucho en eso. Hoy en día sé que es algo que pasó y que la vida se encarga de todos nosotros. No soy precisamente yo quien se encargara se juzgarlo.

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