A la edad de 6 o 7 años mi primo hermano, quien era unos 5 años más grande que yo, era mi persona favorita en el mundo. Pero él abusó de ese cariño durante mucho tiempo, pidiéndome que “le ayudara a practicar lo que haría luego con sus novias”.

Lo hice muchas veces, recuerdo a la perfección su olor y la hora en que venía a buscarme. Yo me sentía buena dejándome tocar, pensé que estaba bien que él “aprendiera”.

Un día no lo aguanté más y se lo conté a mis padres, él dejó de hablarme.

Desde entonces he vivido una vida llena de abusos, ya no físicos, pero sí psicológicos. Suelo permitir que la gente abuse de mi porque aprendí que, si no lo hacen, entonces dejan de quererme.

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