Tenía 18 años recién cumplidos cuando conocí a un chico. Era divertido, simpático, lindo, se llevaba bien con todo el mundo. Me encantó. Empecé a estar con él y al poquito tiempo ya era mi novio. Estaba maravillada por lo rápido que quiso “formalizar” conmigo, pensé que a él también le había encantado.

Estuvimos bien muy poquito tiempo hasta que empezó a demostrarme, a mí, lo que en realidad era. De a poco empezó la violencia, primero verbal. No quería que saliera de noche con mis amigas y ante cualquier pelea me decía que yo era una puta. Peleas que él armaba en base a nada, a cosas que no existían. Me decía que yo hacía cualquiera, que me cogía a mis amigos. Yo pensaba que eran “celos” y no sabía cómo hacerlo entrar en razón. Me despertaba de madrugada con llamadas y mensajes de diciéndome que era una puta, que se había cruzado a tal flaco y qué se le había reído en la cara porque seguro se acababa de ir de mi casa, de coger conmigo. Al otro día me pedía perdón.

Él tenía muchos problemas familiares y se drogaba, por eso yo lo justificaba. Me daba pena, lo quería ayudar. Pensaba que era un buen pibe con quilombos entre medio. Pero no, simplemente era un enfermo. Y cada vez todo se hacía más grave.

Teníamos relaciones sexuales cómo y cuándo él quería. Si le pedía que se cuidara con preservativo, me decía que no, que no era lo mismo, que no lo iba a usar y que acababa afuera. Entonces yo empecé a tomar anticonceptivas, porque bueno, “podía ser”. Cada tanto sufría infecciones vaginales que me dolían y me obligaban a no tener relaciones, entonces me obligaba a tener sexo anal. Me decía que era una puta, que por qué tenía eso, que seguro me estaba cogiendo a alguien más (por cierto, esa condición era inherente a mí, no de transmisión sexual). Y yo, internamente, lloraba tanto del dolor como de la humillación.

Y era así, siempre. Un día me filmó. No me preguntó si yo quería o no, simplemente lo hizo. Después me amenazaba. En el video se veía que era yo, me escribía por Facebook o WhatsApp y me mandaba capturas de pantalla del video, me decía que ya se lo había mandado a sus amigos, que por qué le hacía hacer eso, que por qué lo hacía enojar y hacer esas cosas. Pero yo nunca hacía nada. Lloraba, desesperada, le pedía por favor que no, le preguntaba por qué. Después me decía que no, que no había mandado nada a nadie pero que yo lo hacía enojar y hacer cosas que no quería. Me psicopateaba, todo el tiempo.

Llegó un punto en que empecé a distanciarme de la gente que quería. Le deje de contar las cosas a mis amigas porque sabía que no era normal lo que pasaba. Ellas me decían la realidad que yo no quería escuchar, lo criticaban, no lo querían, me decían que la corte. Mi mamá empezó a sospechar y preocuparse, así que yo le empecé a mentir. Decía que iba a la facultad pero me iba con él. Faltaba a mis actividades para irme con él. Y cada vez peor.

Me decía que me amaba y que yo era lo mejor que le había pasado. Un rato después, que no servía para nada, que nadie me iba a querer. Él no quería venir a mi casa, ni compartir con mis amigas y familia.

Un día estaba con él y me habló un compañero de la facultad por Facebook. Me asusté y guardé el teléfono, sabía que a él no le gustaba, que no quería que me hable con otros chicos. Estábamos en una plaza. Se puso loco y me empezó a decir que le diera el celular. Me lo sacó, lo vio y lo partió contra el piso. Me lo destrozó. Me empezó a agredir, mientras yo me iba del susto que tenía, me decía por qué le hacía eso, que él sabía que sabía que yo estaba con otros mientras se le transformaba la cara. Mientras, me paré al lado de un banco donde estaba sentado un chico. Le pedí que por favor no se fuera, que no me deje sola con él y si me prestaba el celular para llamar a alguien. El flaco no se metió, me dijo que no tenía crédito y se fue. Se paró y se fue. Me dejó ahí, sola con él, aunque le pedí desesperada que no. Me fui corriendo y me metí a un lugar que él no podía porque había que pagar. Me gritaba desde el otro lado hasta que se fue. Esperé un rato y volví a mi casa temblando, mirando para todos lados. Después volvió a pedirme disculpas, me dijo que iba a cambiar y ser mejor, que estaba arreglando las cosas con su familia y eso lo tenía mal. Siempre decía que iba a empezar a ir al psicólogo así estábamos bien, que por favor no lo deje, que yo era la más buena y la única que lo quería de verdad y podía ayudar. Yo ya no sabía qué hacer, me mataba la culpa, la lástima, le creía, lo perdonaba, sentía que tenía que ayudarlo. Así, todos los días. Todos los días lloraba, me angustiaba, todos los días sin saber qué hacer. Ocultando algo que sabía que no era normal.

Un día se fue de mi casa enojado, no recuerdo por qué, porque siempre se enojaba, no había motivos, él simplemente los inventaba. Se fue y cuando iba a cerrar la puerta me escupió en la cara. Me quedé dura. Se dio vuelta y mientras cruzaba la calle tiró la plata que yo le había dado.

Hasta que un día salí con mis amigas. Me mensajeé con él, le dije en qué boliche estaba y me dijo que iba a ir. Salí y lo esperé afuera, donde estaba lleno de gente. Había mesitas y veo a 2 amigos. Me senté con ellos a esperarlo hasta que lo vi venir caminando con otros pibes. Imagen que nunca voy a olvidar. Le digo a mi amigo, resignada, “ahí viene, seguro me va a decir algo porque estoy acá con ustedes”. Ya le veía la cara, llena de furia y odio. Sabía que estaba enojado, seguro porque estaba ahí sentada con un pibe, o porque había tardado en contestar, o algo, sabía que algo iba a decir o inventar, y yo le iba a tener que explicar como siempre que no era así. Vino caminando ligero y así sin más, me pegó una piña en el medio de la frente. Así, sin hablar, sin decir nada, sólo vino y me pegó adelante de mis amigos, adelante de toda la gente, adelante de los patovicas. Nadie hacía nada. Mis amigos corriendo pidiendo hielo y algo en el bar. Tenía un chichón enorme. Me sangraba la nariz. Crucé la calle, llorando, no sabía que pasaba, no entendía nada, no había caído en lo que pasaba. Me fui con el hielo en la cara mientras mi amigo bajaba de un taxi a unas chicas para que me pueda subir yo. Él seguía como loco, no lo podían parar y me volvió a buscar. Cuando me di vuelta, vi que venía de nuevo, esta vez solo. Yo gritaba, desde el otro lado de la calle, golpeada, con la nariz sangrando y el hielo, gritaba que por favor alguien lo agarre, que alguien lo pare, que venía a cagarme a trompadas. Porque así lo decía él, gritaba que me iba a matar y cagar a trompadas. Que era una puta, que estaba sentada con un flaco que me estaba chamuyando. La gente miraba. Los patovicas miraban. Nadie hacía nada, otra vez. Me subí al taxi con mi amigo, y ahí vi que dos o tres amigos de él lo habían agarrado. Estaba en shock. Volví, desfigurada, con un chichón enorme en toda la frente. Le escribí que era un enfermo, que se había terminado ahí.

Hoy me doy cuenta que no entendía lo que pasaba. Él me pidió perdón de todas las formas, me prometió empezar a ir al psiquiatra, me dijo todas las excusas habidas y por haber, que yo lo ponía así, que él no quería hacer eso pero yo no le dejaba opción, etc.

Al otro día mamá me vio. Le mentí sobre lo que había pasado y no me creyó. Mi papá me sacó fotos, lo quería denunciar. Tuvimos una charla, y yo, llena de vergüenza, seguía mintiendo. Mi papá lo fue a buscar a su casa y sin violencia, le dijo que no lo quería ver más cerca de mí. Yo le pedía llorando por favor no que no lo denuncien que le prometía que no lo iba a ver más pero que no quería denunciar porque me daba miedo. Me prohibieron verlo, y una vez más no hice caso. Estaba enferma. Mi familia me controlaba, me llevaba y traía de todos lados, lloraban, me preguntaban por qué quería verlo. No sé por qué. Estaba enferma, manipulada.

Los viernes y sábados decía que salía a un boliche y me iba a su casa. Apagaba el celular, porque sabía que si alguien me escribía, algo iba a pasar. Hasta que un día me encerró en su casa y me empezó a amenazar. Me empujaba contra la pared. Yo le había mentido a mi mamá, a mis amigas, nadie sabía que estaba ahí. Me asusté mucho. Me puse a gritar ayuda por la ventana, y ahí me dejó salir. Me iba caminando mientras él me perseguía, le decía que me deje en paz que era un enfermo y que no había cambiado nada como me había prometido. Volví a mi casa, siguió así.

Mi mamá me llevó a una psicóloga, quien fue fundamental para salir de eso, para entender lo que me estaba pasando. Él seguía igual, y peor, me decía que se iba a matar, que se había tomado cajas y cajas de pastillas, que sin mí no iba a poder vivir. Después me decía que me iba a matar, que me cuide, que tenga cuidado a donde iba. Que me iba a re cagar a trompadas y si me veía en la calle me mataba. Yo lo seguía viendo ahora porque tenía miedo, mucho miedo. Seguía sin saber qué hacer. Me prometía que iba a cambiar, y que éramos el uno para el otro.

Un día, viéndolo a escondidas, me dijo que a la noche fuera a la casa. Le dije que tenía un cumpleaños y me empujo, caí y golpeé mi cabeza contra el suelo. Me subí a mi bici y me fui temblando. Llegue a mi casa, de nuevo con miedo y las manos lastimadas del golpe. Yo seguía con la terapia y ahí me di cuenta. Me di cuenta que no podía más. Mi papá encontró mensajes con él. Los imprimió y me los leyó. No entendía por qué hacía eso, yo lloraba, tenía vergüenza. Me insistía que no era normal, me los leía y hacía hincapié en que era un enfermo. Yo llena de vergüenza, ante él, mi papá, siempre bueno y correcto, vergüenza porque en mi casa nunca viví violencia de ningún tipo, porque no me habían criado así, porque era algo que yo sabía que no estaba bien. Y lo dejé de ver. Lo bloqueé de todos lados aunque él encontraba la manera para seguir diciéndome que se iba a matar.

Por mucho tiempo no salía sola. Tenía miedo, él sabía mis horarios, mi dirección, dónde estudiaba. Meses que no salí de noche con mis amigas. ¿Y si me lo encontraba en un boliche? Me mataba a trompadas. Cuando empecé a animarme, le mandaba mensajes desde otros celulares, haciéndome pasar por alguna mina, preguntándole a donde salía así yo no iba ahí. Y así, hasta que pude cortar con eso. Violencia verbal, física, psicológica, sexual. Tuve la suerte de tener amigas y familia que no me dejaron sola. No permitieron que me sumerja en eso, me ayudaron a salir. Me obligaron a salir. Me hicieron entender

Tiempo después de eso tuve una relación de 5 años con otra persona. Una persona maravillosa y ahí descubrí lo que es el amor. No lo podía creer. El amor no duele, no golpea, no viola, no amenaza, no controla, no manipula, no denigra. Una vez que lo traté, que lo acepté, acepté que yo también estaba enferma por su culpa, manipulada, lo pude hablar con todo el mundo y dejé de tener vergüenza. Me pegaron, sí. Me insultaron, me maltrataron, pero es él el que tiene que tener vergüenza. Se lo conté a todo el mundo, me encargué que cualquier persona que lo conozca lo supiera. El problema no era mío, una no provoca, una no “hace que se saquen”, él era el enfermo. Espero que toda mujer que se sienta identificada con algo de todo esto entienda y corte, no es el amor de tu vida, no es una persona que te quiere, no te hace bien.

Hoy escribo esto y lloro, lloro de nuevo. Se me revuelve el estómago de pensar su nombre, siento toda la angustia, el miedo, el dolor, la humillación a la que me sometió. Pero ya no más, hoy también, más fuerte que nunca. Sé lo que quiero para mí, lo que me merezco y cómo funciona una relación de amor de verdad.

Busquen ayuda, busquen contención, no tengan vergüenza, pidan ayuda a familia y amigos. Yo era chica, no sabía, no entendía, me dejé llevar y lo dejé que tome el control de mi vida. No dejen que les pase lo mismo. Las primeras señales son claras, insultos, denigraciones, críticas, control. No permitan que pase de eso. Eso no es amor.

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