Esto es algo que hasta hace unos meses no recordaba para nada, como si mi cerebro lo hubiera bloqueado. Pero siempre hay un detonante que te hace acordar esas cosas que tanto suprimís.

“Estás muy linda, Maru. Más mujer.” Esa frase, más una nalgada “amistosa”, fueron las llaves que abrieron aquella imagen mía, a los 6 añitos, yendo a visitar a mis tíos abuelos una tarde.

Como era costumbre saludar a todos, comencé uno por uno. Tíos, tías y primos. Pero algo estaba mal ahí, porque faltaba uno y yo los tenía que saludar a todos, así que encaminé a la habitación del primo que faltaba y ahí estaba, tirado en su cama.

Él tenía unos 18 o 17 años en ese entonces y era muy bueno conmigo. O por lo menos eso pensaba yo, porque luego de ese día comenzaron sus “juegos”.

Cuando estábamos solos me hacía jugar al caballito, el juego consistía en ponerme encima suyo mientras él estaba acostado. Pero, aunque lo definía como un juego, esto era un secreto que debíamos guardar. No debía contarle a nadie y yo no entendía por qué. Ahora entiendo todo.

Cada vez que jugábamos me preguntaba si yo “sentía algo moverse” y por supuesto que lo hacía. Lo sentía perfectamente ahí, abajo mío, pero me daba vergüenza decirlo. El juego fue cada vez peor y con menos ropa de su parte. Cada vez que lo veía para saludarlo, debía mostrarle mi ropita interior.

Nunca pasó de roces y manoseadas, pero llegó a un punto en el que yo no quería ir más a la casa de mis tíos.

Hasta hace poco estaba todo bien, pero después de ese comentario y esa nalgada no puedo verlo más a la cara. Y otra vez ya no quiero ir más a esa casa, pero ahora soy consciente del porqué.

(Visited 1.051 times, 1 visits today)