Mi mamá trabajaba en una oficina, pero cuando el negocio empezó a ir peor, se trasladó a nuestra casa. Tenía algunos empleados, aunque ninguno trabajaba dentro, sino que venían a recibir las instrucciones del día o algo así, imagino. Uno de los empleados, de unos veinte años, siempre se mostraba simpático. Así que solía pedirle que me enseñe a dibujar elefantes porque a mí no me salían. Tenía cuatro años.

Tengo grabada en mi memoria cierta imagen: yo estando acostada en mi cama y él sentado tocándome la vulva. Es lo único que puedo recordar, aunque sé que no fue la única vez. No entendía bien lo que estaba pasando, pero sabía que no era correcto. Recuerdo su cara a la perfección. Muchas veces, siendo adolescente, imaginé encontrarlo en la calle y encontrarme con el miedo de querer salir corriendo pero no poder moverme. Por suerte nunca más lo volví a ver.

Después de los abusos empecé a masturbarme compulsivamente. El pediatra le dijo a mi mamá que podía ser por haber sufrido un abuso, pero no encontraban quién podía ser el culpable. Cuando me preguntaron cómo aprendí a hacer eso dije que mi amiga Lara me había enseñado. No sé por qué mentí.

Cuando tenía doce, hablando con mi mamá, salió el tema de la masturbación compulsiva de niña y le conté la verdad. Su respuesta fue: “Me hubieras dicho antes, así lo echaba y no le pagaba”. Tardé 8 años en contarlo y eso fue lo mejor que pudo decir. Nada más.

Por causa del abuso desarrollé una fobia que arrastro hasta el día de hoy: a las cucarachas. No puedo verlas. No puedo permanecer en una habitación si hay una. El corazón se me acelera, se me eriza la piel, me desespero, siento muchas ganas de llorar. No puedo matarlas a menos que sea muy fácil. No puedo soportar la idea de que me toquen. Quiero huir, salir corriendo, abandonar la casa.

En tres semanas empiezo terapia. Necesito terminar con esto.

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