Me fui a vivir con él cuando tenía 19 años. La convivencia estaba plagada de humillaciones, gritos e insultos, pero por sobre todo, peleas en las que la única culpable de todo era yo.

Dejé de ver a mis amigos, también de ir a bailar, y si iba a la casa de algún familiar, debía avisarle. Me controlaba todo el tiempo, con quien estaba, a dónde iba, que estaba haciendo, qué comía y por qué me arreglaba tanto para ir a la facultad.

El primer golpe llegó cuando le contesté “mal”, me advirtió que no lo hiciera más, pero no le alcanzó con tan solo eso. Me tiró a la cama, se subió arriba mío y me agarró de las muñecas mientras me decía que me calme, que la que estaba haciendo fuerza era yo.

Solía contarle a mi mamá que las cosas no iban bien, pero ella negaba todo y me hacía quedar como una mentirosa.

Este calvario duró cerca de 4 largos años.

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