Me crié viendo como mi padre golpeaba a mi madre sin que mis abuelos, quienes vivían en la misma casa, hicieran algo y con la prohibición de alguien se enterara de esto.

A mí hermana, a mí y a mi madre nos trataba de maracas y putas, aún siendo niñas, y por supuesto sin motivo alguno. Mi mamá sólo aceptaba.

A los 15 años di mi primer beso, y a los 16 me puse a pololear con un tipo de 26 años que estudiaba derecho. No me gustaba pero me sentí obligada a estar con él ya que habíamos “pinchado” y él me había tocado. Hasta entonces pensaba que era malo y me sentía sucia y culpable. Fue así que siempre trataba de evitar verlo porque él insistía en tratar de tocarme y penetrarme. Yo no accedía, hasta que un día me emborrache y lo hizo. Me sentí culpable durante años porque sentía que me habían robado la virginidad. Aún a veces lo pienso, pero luego digo sólo tenía 16 años, y él muchos más.

Fue así que me enfermé y entré en una depresión. A causa de eso, una madrugada salí a caminar y me senté en una cuneta a llorar. Estando sentada en la cuneta de la calle, se acercó un tipo y me subió a su auto blanco, bajó los seguros de la puerta y comenzó a andar. Paró un sitio como un “peladero”, se veían los autos pasar a lo lejos. De un momento a otro, tiró asiento hacia atrás y se subió sobre mi. Yo sólo pensé: “otra vez no quiero y otra vez no me voy a defender”. El tipo rompió una botella de vidrio y comenzó a meterla en mi vagina. Sólo recuerdo sus ojos mirándome fijamente, y mi confusión de no entender por que cresta me paralizaba una vez más. Cuando sacó la botella rota de mi entrepiernas me dijo: “pasame tu celular y bajate”. Salí corriendo y llorando hasta que me atajó una señora y me preguntó que pasaba. Yo no podía parar de llorar. Fue ahí que me atreví a mirar hacia atrás para ver si me seguía, pero lógicamente ya no estaba. La señora me compró una bebida y me dio Coca-Cola en un vaso de plástico. Cuando pude recobrar la respiración le di las gracias, pero fui incapaz de decirle lo que me había pasado. Quise tomar un micro para ir con la persona con la que salía hasta ese entonces, pero iba con los jeans manchados de sangre y la gente me miraba con asco y desprecio. Aún recuerdo sus miradas.

Lo conté una vez, después de 7 años de que había pasado. Me dijeron que nadie tenía que saber las cosas malas que me pasan, que no tenía que dar lastima y que no vuelva a contárselo a nadie.

Hoy elijo contarlo nuevamente porque no quiero nunca más que alguien se quede callado.

 

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