La conocí cuando cursábamos una carrera juntos y me enamoré enseguida. Tardó casi un año en darme bola, pero aún cuando me prestó atención, sufría su desprecio o el de su familia y amigos.

Siempre me consideré un tipo fuerte de ánimo y optimista. Mis amigos me decían que no valía la pena, pero siempre traté de hacer lo que me hacía feliz.

Ella sufre de arritmia cerebral, y debido a eso, tiene episodios en donde se olvida de mi o me confunde con otras personas. Se altera, llora sin motivos y en plena noche se despierta abruptamente y comienza a llorar porque “alguien está sufriendo“. Tiene delirio de persecución y muchas cosas más.

Como la amaba siempre traté de ayudarla en lo que pude, pero cada vez yo estaba más apagado. Tampoco soy el alma de la fiesta, pero casi siempre trato de estar bien.

Ella y su familia son evangelistas, y debido a mi agnosticismo, ellos nunca me quisieron. Le decían que sólo la quería para tener relaciones y después a desaparecer. Yo siempre la respeté, de hecho, hasta el día de hoy, sigue siendo virgen.

Con mi relato quiero expresar que, a veces, cuando uno ama suele nublarse y hacer lo imposible para que su pareja esté lo mejor. La realidad es que por ello yo me descuidé muchísimo. Ella me pagó en varias ocasiones, pero nunca lo conté. Nunca dije nada por respeto a aquel amor que sentía.

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