Toda historia tiene un punto de partida, un día en la que se le anota el nacimiento en esa libretita mental. Esta surge en mi adolescencia.

Yo era una chica rebelde, me comía el mundo sin que nada me opacara. Me sentía poderosa, sólo por el hecho de que nunca me importó el que dirán. Era el sueño de Roberto Carlos, yo tenía un millón de amigos. ¡Morite de envidia, Robert! Hombres y mujeres. Era muy sociable y practicaba muchos deportes. Y en todos era buena, ahora no corro ni una cuadra.

Vengo de una familia bien de un pueblo casi ciudad. La única responsabilidad que tenía era terminar la secundaria. No se me pedía más.

Una tarde pasé por la casa de una tía a saludarla por su cumpleaños. Allí conozco al hijo de su novio. Misma edad, mismo vicio: salimos a fumar un pucho. Comenzamos a hablar e instantáneamente me cayó bien. Era gracioso, buena onda y tenía cierto poder, cierto encanto para con la gente que lo rodeaba. Tal vez el mismo poder que tenía yo. Lo vi como un desafío. Había algo en su mirada, algo que me generaba intriga. Necesitaba averiguar qué era.

En aquel entonces no estábamos hiperconectados como ahora, así que la despedida fue “nos vemos algún día”.

Ese algún día llegó. Fiesta de cumpleaños de mi primo. Yo venía arrastrando la pena de un amor no correspondido y cierto grado de alcohol en sangre. Suficiente para que se genere atracción. Desde aquel día, no nos separamos más.

Me uní a su grupo de amigos. Nos divertíamos mucho. Todos lo seguían. No era fiesta si no estaba él. Tenía un poder increíble con la gente. La manejaba como quería.

Eso que tanto me gustó, fue lo que mas me lastimó.

De a poco fui dejando de frecuentar a mis amigos. ¡No tenía tiempo! Teníamos planes para todos los días de la semana. Y sin darme cuenta, los planes siempre eran de él. Me incluía siempre. Cómo decir que no, ¿no?

En poco tiempo, me manejaba todo. Mis horarios, mis amistades, mi ropa. Todo. La chica que era, que se llevaba el mundo por delante, la más pilla de todas había quedado atrás.

Con un año y algo de relación (teniendo yo 18) quedo embarazada. ¿Cómo decirle a mi familia que no iba a poder ir a la facultad?, ¿que los planes que tenían para mi no iban a poder concretarse? Se me vino el mundo abajo. Sentí que había defraudado a todos los que habían puesto fichas en mí.

Él decide por el bien de los tres que nos tenemos que ir. Huir como ratas. Que nos van a separar. Que sola no voy a poder con el bebé. Que mi familia me va a echar a la calle. “Vas a ser la vergüenza del pueblo”.

Con mi estado de shock y ese tratamiento psicológico, no hizo falta mucho más para que accediera.

Nos fuimos lejos. Lejos de todo. Lejos de la “vergüenza familiar”.

Al tiempo volvimos.

Yo no era la misma. Mi mamá no me hablaba. Mi papá nos dio una casa y un trabajo para él.

Tuvimos el bebé y las cosas cada vez iban peor. No podía salir de mi casa. Si iba al almacén y tardaba 10 minutos, me había garchado al verdulero. Rogaba que no haya gente adelante mío porque él iba a pensar que había practicado todo el kamasutra entre el apio y las berenjenas.

A su vez me decía que estaba gorda, fea, que me iba a cambiar por un modelo más nuevo. Uno “joyita, nunca taxi”.

Empezó a encontrar cualquier motivo suficiente como para irse de joda, drogarse o juntarse con sus amigos en casa que, dicho sea de paso, nunca se callaban. Gritaban y se drogaban. Yo encerrada en la habitación con mi bebé.

Llegaba a comer y no sólo me escupía la comida sino que también reventaba el plato contra el piso.

La culpa siempre era mía.

Logró llevarme a un nivel de sumisión al que nunca pensé llegar. Nadie me reconocía. Ya no tenía amigos. Él se encargó de borrarlos a todos. No tenía poder de decisión. Con la plata se hacía lo que él quería. Gastaba más en falopa que en comprar comida. Nunca nos alcanzaba. La mamá de mis hermanos nos daba de comer.

Un día llego sacado. Mi bebe de 6 meses lloraba en la cuna. No se podía dormir. Se levantó del sillón, se acercó, le gritó y le pegó una cachetada. Ahí me levanté y le dije que se fuera. Una mujer se puede bancar muchas cosas, pero que toquen a su hijo es algo que no se negocia. No se de dónde salió mi voz. Pero fue lo suficientemente fuerte como para que él tomara sus cosas y se fuera.

Al mes, recibo la noticia de que estaba embarazada de nuevo. Era prácticamente imposible. Yo tomaba las pastillas todos los días. El ginecólogo me dijo: “son pastillas para lactancia, son más suaves”. Sentí que me moría. ¿Por qué me pasaba esto a mí? ¡Recién me estoy sacando a este pelotudo de encima y ahora me dan esta noticia! Fue devastadora. Lloré hasta sentir que no me quedaba una gota de agua en el cuerpo. Como si el llanto pudiera revertir la situación, secarme la panza, cambiar el destino, así lloré.

Se enteró y se encargó de hacerme creer que sola no iba a poder. Que él había cambiado, que tenía el deber de darle otra oportunidad.

Quien lea estas líneas por favor entienda, una no da las oportunidades porque le gusta ser maltratada. Ellos manejan todo. Son personas psicóticas. Estamos, de alguna forma, sometidas a su querer y creer y pensar.

Volvió a casa con el verso en pie de que había cambiado. LOS PSICÓPATAS NO CAMBIAN. Ellos disfrutan de ese poder, no se confundan con una actitud distinta de unos días.

Así fue, duró eso. Unos días.

Pasó el tiempo con más episodios similares. Ya había cambiado la historia. Si era inútil con un bebe, imaginate con dos. Sola nunca iba a poder salir adelante. Así que asumí que esa iba a ser mi vida.

Empezó a escupirme. A amenazarme. A violarme. ¿Quién quiere tener relaciones sexuales con alguien que te denigra y te insulta constantemente? Actúas por el miedo, te maneja de esa manera. Te despoja de tu personalidad, de tu ser. No sos nadie. Sos un pedazo de carne que responde sólo a sus órdenes. Sé que suena estúpido, pero ya ni las cosas enteramente mías disfrutaba. Ya ni escuchaba la música que me gustaba.

Un día, después de tratarme de puta porque un tipo me miró, me escupió moco. Sí, fue un escupitajo lleno de moco y de denigración. Una combinación asquerosa pero en mi caso salvadora. Pensé “para mis adentros” dije esto no me lo merezco. Semejante vejación y aborrecimiento. Nada hice yo para tenerme que bancar este maltrato. No, señora Mirtha, no hice nada. Las personas así no necesitan motivos. No hay disparadores. Es su manera de tenernos dentro del corral. Que nuestro cerebro no se acuerde que tenemos voz propia. Que somos una persona con subjetividad y deseos. ¡Estamos vivas! Muy adentro. Muy en el fondo. Seguimos estando vivas a pesar de todo.

Gracias a aquel escupitajo logré romper esa pesada capa de cemento que él había logrado poner en mí. Esa sumisión que controló mi vida por tanto tiempo. Un moco bastó para romper la esfinge que él construyó. Me paré y lo empuje. Pensé en ese momento , “listo, me mata”. Me empujó contra un lavarropas de hierro, me clavé la punta y terminé regalada en el suelo. Pensé que hasta ahí había llegado, que qué podía hacer yo. Pero justo entró mi tío y lo vio. Lo sacó de mi casa a patadas. Fue mi ángel.

Desde ese entonces, no puede superar que yo haya dicho basta. Que el pollito se le haya escapado del corral.

Tiene hechas exposiciones y denuncias. Jamás me pasó un peso por los nenes.

De vez en cuando aparece. Pero como dice Theoden, en El señor de los anillos, “you have no power here”. (Tú no tienes poder aquí).

Pasaron casi 9 años de esa violencia vivida. Todavía cargo con vestigios, inseguridades. Me sigo buscando. Todavía no sé qué cosas me gustan. Soy una persona miedosa, pasiva, a veces insulsa. Perdí mi ser, mi personalidad extrovertida, mis gustos en cuanto a ropa, música, comida. Todavía no sé quién soy. Pero lo que sí sé es que mis hijos son hermosos, nunca les faltó ni les va a faltar nada. Son seres amorosos, súper inteligentes y compañeros.

Se puede salir de una historia así. Dentro del círculo uno no puede abrir los ojos. Son personas que controlan tu cabeza. Sos un robot. Su robot.

Si ves a alguna amiga, madre, prima, etc. en esta situación, no la abandones. El psicópata se encarga de alejarla de todos. Ella lo va a defender. No le creas, no desistas.

La violencia está. Siempre estuvo. No la naturalicemos. Pongamos voz en los que la perdieron. Ayudemos a cortar con el ciclo que agobia y despoja.

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