Creo que el momento en donde todo se rompió para mí, fue cuando mi madre dijo: “Estás loca, no le puedes gustar a alguien mayor”. A partir de entonces me callé un año entero de abuso sexual por parte de nuestro vecino.

Empezó siendo algo tan sutil que mi mente, digna de una niña de 10 años, no se dio cuenta. Primero fueron tan sólo miradas de un hombre 20 años mayor, luego se le sumaron palabras y pequeñas caricias que, inconscientemente, me causaban terror.

Hasta que un día, a través de engaños, logró meterme en el patio de su casa. Me sentó sobre él y se restregó en mis nalgas.

Allí fue cuando tuve miedo y hable con la persona que creí me defendería de todo y de todo: mi mamá. Pero no lo hizo, me dejó sola; como también lo hizo cuando tuve mi primera relación sexual, la cual fue forzada. También me dejó sola cuando mi ex esposo me dejaba marcas en los brazos y me golpeaba porque no le gustaban mis amistades ni mi familia. Ni decir cuando ese mismo me estrelló la cabeza contra el parabrisas de su carro por estar enojado porque se le pinchó una rueda. Ella sólo me dijo que hablara con él y que regrese a casa porque era mi esposo y debía estar con él.

Llegué al punto de no confiar en nadie, ni tampoco esperar nada. ¿Cómo confiar en alguien si la persona en la que más confiaba me dejo sola? ¿Cómo esperar algo de mi familia si nunca se interesaron por mis problemas y me llamaron “loca”?

En ocasiones la familia es una bendición, en mi caso, una maldición.

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