Hay momentos en los que me pregunto ¿cuánto más voy a tener que seguir soportando el infierno que me toco? ¿por qué esto me tiene que pasar a mí? ¿Por qué no puedo – ni pude- tener una vida normal? Y nunca encuentro respuesta.

Siempre fui una nena educada, responsable, respetuosa, normal. A mis diez años todavía seguía jugando con inocencia a las muñecas, y entusiasmada con la llegada de mi futura hermana. Ese mismo año, mi papá comenzó a consumir drogas. Ese mismo año, comencé a ser golpeada sin razón.

Mi mamá lo justificaba diciendo que con que con mi hermano nos portabamos mal, porque hasta una mirada lo ponía violento. Nosotros teníamos seis y diez años.

Cuando entré en séptimo grado mi papá comenzó su recuperación. Al cumplir su primer año limpio, me prometió y me juró que cambiaría, que todo aquello que fue, no sería más, que era todo era culpa de la droga y la enfermedad que tenía. Yo tardé cinco años en perdonarlo, sentía que me había faltado un padre cuando más lo necesitaba, y que lo único que había obtenido a cambio eran miradas distantes y violencia. Violencia todos los viernes por la tarde y los domingos al mediodía. Siempre.

Pero crecí y decidí perdonarlo porque veía a mis compañeros de secundario caer en la misma adicción, y los veía indefensos. Eran personas con falta de amor. Sentí que él merecería otra oportunidad. La relación, fue mejorando pero él nunca dejó de comportarse indebidamente. Ya no era violento, pero nunca pudo lograr ser conmigo el padre que yo necesite.

Eran las 21.10, horario en el que siempre solemos cenar, ya que mis hermanos siguen yendo al colegio a la mañana y se deben acostar temprano.  Él llegó cuando estábamos todos ya sentados y comenzó a insultar a mi mamá sin razón. Defenestrándola en frente de sus hijos, tratándola de puta y todas las cosas horribles e irreproducibles que se les ocurra. Lo único que le pedí, fue que parara. Y ahí fue cuando me agarró del pelo y tiró mi cabeza sobre el plato de comida.  Me dijo que era una inútil por haberme ensuciado la ropa. Me agarró del brazo y me tiro al piso mientras me pegaba. Sé que decía cosas, pero lo único que recuerdo son los gritos de fondo.

Mi hermano logró agarrarme para que pueda huir a mi cuarto. Qué inútil pensar que estar entre cuatro paredes distintas puede salvarte ¿no? Ya en las escaleras, resbalé porque pise un vidrio de los que tiró en la cocina. Me corté la planta del pie y cinco segundos después comencé a sentir el sangrado. Me paré y mi padre aprovechó el momento para agarrarme de la otra pierna. Me sentó de un tirón en la escalera y comencé a caer. Sentí como todos los escalones rebotaban en mi columna y en mi cabeza. En ese momento me cansé de resistir, cerré los ojos y me entregué al dolor.

Ahora tengo una venda en el pie para que me deje de sangrar, y seguro, millones de moretones que voy a tener que tapar mañana, para ir a la Facultad. Y yo me pregunto: ¿hasta cuándo voy a tener que soportar esto? ¿Por qué no me es tan fácil agarrar mi ropa e irme? ¿Por qué no me toco un padre normal, uno menos hijo de puta? Nunca pedí uno que se sentara a leerme “Cenicienta” antes de dormir, pero sí uno que alguna vez me dijese “buenas noches”, que no me generara dolor de cabeza por los golpes. Uno que sea menos machista y sepa tratar a su esposa y a sus dos hijas mujeres. Uno que no haya tenido que pedir perdón por consumir drogas durante cinco años, porque primero hubiese pensado en su familia.

Eso pedía, y él nunca me lo supo dar. Ni siquiera el día de hoy. Me gustaría poder agarrar todas mis cosas e irme en nombre de todas las que no pudieron. Pero hoy, me siento una más.

(Visited 289 times, 1 visits today)