Cuando me fui de mi casa a estudiar en la Universidad, estaba sola, muy sola. Si bien mis hermanos mayores ya vivían en esa ciudad, nunca estuvieron ahí para mí. Mis padres estaban separados, ninguno muy cuerdo ni muy cercano.

Lo conocí en casa de unos amigos a los que ya no les hablo, porque algunos siguen teniendo contacto con él. Cuando empezamos a salir, rápidamente sentí el maltrato: me decía que era tonta y lo acentuaba con pequeños golpecitos en la cabeza. Criticaba a mi familia y amigos y nada de lo que hacía le parecía bien.

Nos fuimos a vivir juntos. Una noche, una cena. “El tuco que salió mal”. Me dijo que la comida estaba ácida e incomible. Revoleó el plato cuando le dije que a mí no me parecía así. Me tiró al suelo y me golpeó.

Esa fue la primera vez. Se siguieron repitiendo estos episodios, pero ahora culminaban con abuso sexual.

Recuerdo que una vez me golpeó tan fuerte que me dejó un moretón enorme en la pierna y casi sin poder caminar por semanas.

La noche que cuando cumplí veintiún años me golpeó en la boca, rompiéndome el labio y aflojándome un diente. En ese momento yo estaba lavando los platos y tuve que contenerme para no enterrarle el cuchillo de cocina que estaba entre mis dedos.

Era de noche. Me cansé y decidí irme. A los pocos días y a través de mi madre, conseguí trabajo en otra ciudad y me fui.

De esto hace ya doce años.

En la marcha del Ni una menos del 3 de junio pasado, lo volví a ver. El muy caradura estaba en la marcha. Hicimos contacto visual. Mi pánico me dominó por un momento pero gracias a mi pareja actual pude usar la radio abierta que estaba transmitiendo en el lugar y lo denuncié públicamente

Recordé con alegría esa noche que decidí cambiar el rumbo de todo.

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