Tenía 20 años cuando decidí mudarme con el padre de mi hijo.

El maltrato comenzó un día, con una cachetada. De a poco, empezaron a sumarse tirones de pelo, humillaciones, abuso sexual y hasta llegó a asfixiarme. Creo que me prestaba a todo esto porque había dejado de tener contacto con mi familia, y por ello, había dejado de tener la contención que necesitaba.

Recuerdo cuando me esguince la rodilla, apenas podía caminar y para mi desgracia me encontraba discutiendo con mi pareja. No sé muy bien por qué, ya que las peleas eran habituales y por cualquier cosa. Decidí entrar al baño para que el ambiente se calmara, pero él entro detrás de mí insultándome. En ese mismo instante me tomó del cuello. Yo intentaba soltarme y, al mismo tiempo, luchaba para que no se me acabara el aire. Por suerte su madre intervino, pero solo dijo “ya está, soltala”.

Me soltó de golpe y caí al piso sobre mi rodilla herida. Fue un impacto fuerte, pensé que me desmayaría del dolor pero como pude me levanté y fui a recostarme.

Él se bañó, se cambió y salió con sus amigos. Antes de irse me dejó varios calmantes y dos cervezas.

Tomé aquellas pastillas que había dejado junto con el alcohol. Quería hacerle daño a mi cuerpo. Quería morirme, estaba destrozada. Me dolía el alma más que el golpe, pues no podía dejar de preguntarme cómo es que habíamos llegado a esta situación.

Una noche trabajé hasta tarde. Cuando llegué fui directo a la cama. Habrán pasado unos segundos entre que cerré los ojos y los abrí con él encima mio, pegándome con los puños cerrados. Lo hizo tantas veces que ya ni lo sentía. Me asfixió. Estaba mareada y sin aire. No podía ver nada debido a la falta de oxígeno y a los golpes que me había dado en el ojo. En la desesperación busqué a mi alrededor algún objeto con el que pudiera frenarlo. Encontré un puñal bajo su almohada y no dudé en usarlo. Solo así me liberó y mis pulmones volvieron a llenarse de aire. Me levanté y llamé a la policía. Su madre y su hermana me agredían mientras él estaba inmóvil, desangrándose.

Cuando llegó la ambulancia nos subieron a los dos. Yo lloraba. Estaba asustadísima por lo que había hecho.

En el hospital curaron mis heridas y me hicieron estudios. Tenía un pómulo hundido y mi ojo se había salvado por poco. La policía me tomó declaración y, mientras discutían sobre si había sido un intento de homicidio o defensa propia, fui a verlo.

Él ya se encontraba estable y me dijo que me fuera a casa, que apenas le dieran el alta iba a venir conmigo y todo estaría bien. En ese momento reaccioné. Lo miré fijo y pensé que ese hombre no estaba bien de la cabeza. Casi nos matamos y él actuaba como si nada hubiese pasado. Eso no era amor.

Junté mis cosas, tomé a mi hijo y me fui. De la clínica y de su vida.

Mis padres nos recibieron con los brazos abiertos. Esto me permitió seguir adelante, seguir trabajando y empezar a estudiar. Pude rehacer mi vida y dejar todo en el pasado.

Él me buscó pero yo no permití que me intimidara. A veces dormía en la puerta de mi casa, o lo veía desde mi ventana. Pero finalmente, cuando consiguió otra mujer, desapareció.

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