Nunca se lo conté a nadie porque las situaciones de acoso te hacen sentir vergüenza por no haber reaccionado, o por no saber que hacer.

Comenzó a ocurrir a mis 13 años, en plena etapa de desarrollo. Mi hermano, 4 años mayor que yo, iba todas las noches a mi cuarto, se paraba frente a mi cama y me tocaba.

Entre dormida y despierta, sentía la sensación de incomodidad y la imposibilidad de reaccionar, como si fuese un mal sueño del que no se puede despertar. Solo lograba moverme y ponerme de espaldas, pero él se quedaba casi toda la noche y yo no sabía qué hacer. Se había vuelto una secuencia: él me tocaba, yo me ponía de espaldas, me dormía, y todo comenzaba otra vez.

Sentir la presencia de mi propio hermano me inquietaba y me hacía sentir vulnerable.

Solía dormir tapándome con los brazos, de espalda o arropada completamente habiendo 30 grados o más.

Una noche no aguanté más y le grité que me dejara en paz. Fui corriendo hasta el cuarto de mi mamá y le conté, sin dar muchas explicaciones, lo que sucedía. Ella me pidió que le explicara concretamente lo que había pasado, pero yo no quise hacerlo. Solo quería que terminara y hacer como si nada hubiese pasado.

Al día siguiente, en el colegio, él actuaba totalmente diferente. Me pedía que lo saludara porque había dejado de hacerlo, lógicamente. Lo trataba con total indiferencia mientras él se esforzaba para que lo perdone.

Nunca volvió a suceder y, desde ese entonces, nuestra relación fue completamente distante.

A los 17 años me fui a estudiar a otra ciudad, cando cumplí 19, él también se mudó. Lo más lógico era que compartiéramos departamento, y así fue. La realidad es que yo no me sentía cómoda y por eso lo trataba muy mal, quería alejarlo de mí lo más posible. No hacíamos nada juntos. Yo dormía incomoda y sobresaltada, hasta que me di cuenta por qué me sentía así: no había vuelto a pensar en esa situación, en la impotencia que me había generado y en la manera en la que influía en mi forma de relacionarme no solo con él, sino también con los demás.

Fue allí cuando decidí hablar con él. Supe también que había generado una disputa familiar, que mi mama había hablado con él y lo había tratado de violador. Ella nunca me conto nada, pero pude darme cuenta que a partir de ese día nunca más me dejo sola en la casa.

Mi hermano nunca me dijo el por qué, ni tampoco se lo pregunte. Nos seguimos hablando y tratando como hermanos, pero la desconfianza siempre está presente en mí.

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