El jueves pensé que me moría a eso de las 11 de la mañana, cuando se metió con esa cuchilla y me acorraló en el baño. Pensé que me moría mientras miraba a nuestro hijo de dos años gritando: “no la cortes a mamá”. Estaba ahí mirando esa carita y pensando “ya va a pasar”, mientras intentaba quedarme quieta. No sentí los cortes en mis brazos hasta que se fue y estuve a salvo.

Ya está. El sonido de la moto que se iba significó un respiro. Me encerré con llave y pensé en hacer una denuncia, pero ¿para qué? si ya tiene muchas ¿qué iba a hacerle una más?

Esa madrugada no paró de sonar el teléfono: “agarro la escopeta y voy para tu casa”. Eran las 5 a.m. y decía que había tomado muchas pastillas con vodka. El recuerdo me produce escalofríos. “Por favor un patrullero. Rápido que no vive tan lejos, son 7 cuadras. Por favor vengan rápido.” En 12 minutos llegaron 3 patrulleros y yo no sabía si en realidad iba a venir o sólo me quería asustar. “Cualquier cosita llamá de nuevo y venimos enseguida”, dijeron. No quería que me dejen sola.

Hoy, sábado en la madrugada, un mensaje decía que lo disculpe y que yo lo había provocado. ¿Qué cosa provoqué? ¿decirte que dejes de vender droga en mi casa es provocar? ¿no llevarte al nene porque estabas drogado es provocar? ¿me tenía que callar todo eso? No le respondí.

Espero salir viva de esto.

 

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