Desde chica siempre fui una persona reservada, tímida, con miedo a expresar mi opinión. Mi hermana siempre fue la antítesis, tiene una personalidad explosiva, miles de amigos y, por sobre todo, es muy rápida a la hora de encontrar puntos débiles.

Es difícil admitir que fuiste víctima de violencia, más si la agresora es tu propia hermana.

En el colegio nunca me sentí muy cómoda, no tenía muchos amigos y era bastante callada. Llegar a casa y tirarme a dormir era lo que más disfrutaba, mucho más si mi hermana salía. Pero cuando ella llegaba, mi corazón empezaba a latir cada vez más fuerte, los dolores de panza o de cabeza eran muy comunes cuando ella estaba en la misma habitación que yo. Me generaba pánico.

Siempre entraba y se sentaba frente a la computadora. Para ella cualquier excusa era aceptable para empezar peleas, insultos y un sinfín de agresiones verbales: “Claro, vos no tenes amigos, por eso no te interesa que te cuente sobre mi vida. Si a vos nadie te quiere, inservible y fea. ¿Cómo no se van a reír de vos en el barrio?”. Todo era mi culpa y por ello debía soportar que me gritara por lo que sea:  si su día había sido malo, si se había peleado con su novio, si algo no funcionaba debidamente o si no encontraba una prenda en el armario.

A veces me quedaba callada, otras veces no toleraba semejante agresión y le contestaba entre llantos. Allí era cuando todo se tornaba peligroso, ella se abalanzaba sobre mí y comenzaba a pegarme a puño cerrado o con algo que tuviera a su alcance. Llegó a fracturarme la nariz en dos oportunidades, a cortarme la cara con un cuchillo, a ahorcarme con sus propias manos y a patearme la cabeza como si fuese un muñeco. También me aflojó un par de dientes en una ocasión.

Muchas veces, por la noche, entraba al cuarto mientras yo dormía y me escupía la cara mientras susurraba: “Te odio sucia, ojalá te mueras”.

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