Nuestra relación terminó hace 5 años pero todavía siento fluir por mis venas el intenso dolor que sentí.

Cuando entré en el mundo de los boliches lo hice de la mano de mi hermana mayor. Sus amigos eran más grandes, quizá por eso los veía más interesantes. La tenían clara y eso me gustaba. Así me enamoré de Pablo. No pasaron más de dos semanas para que cayera rendida a sus pies.

Los primeros seis meses fueron maravillosos. Proyectaba un futuro lleno de felicidad. El condensaba todo lo que esperaba en un hombre.

Eran mis primeras vacaciones pudiéndome ir sola, sin mi familia. Hacerlo junto a mi novio fue un acontecimiento muy positivo para mí.

En las vacaciones comenzó el maltrato. Todos los días me reprochaba que me hacía la linda con los hombres que había en la playa. Una noche incluso se enojó y se fue con unos pibes que andaban por ahí, dejándome completamente sola. Los seis meses de pura dulzura y amor mermaron con nuestra llegada a la Costa Atlántica. Cuando me atreví a preguntarle qué le pasaba, me respondió una sarta de cosas que me daban a entender que todo era mi culpa. Yo le creí por miedo a que me dejara.

Después de las vacaciones, por algún motivo dejé de frecuentar mis amistades. Me juntaba más con su grupo. Esa era otra justificación para estar siempre juntos. Suena cursi pero el dominio que me aplicaba no se condecía con su amor.

Aun así pensaba que era amor. Él estaba presente en todas las actividades que yo hacía. Todo le parecía mal. Todo lo que hacía estaba mal. Si me quejaba de algo, me decía que no lo amaba y terminábamos discutiendo. Contradecirlo era hacerle daño.

Me fui dando cuenta de su maltrato gradual hasta que dejé de desearlo.

Una noche no quise tener sexo. Ya no quería que me tocara. Me hice la dormida y le di la espalda. Pensé que así dejaría de insistir, pero esto lo enojó. Me tomó por detrás e hizo conmigo lo que quiso mientras lo único que podía decir era silencio. Sus manos me sostenían con fuerza y me preguntaba si aquello me gustaba. No le respondí. “Seguro te gusta, si sos una puta”, agregó. La angustia que sentía se materializó en un sinfín de lágrimas cayéndome por las mejillas.

Le pedí que parara varias veces pero no lo hizo. Por suerte estaba su madre en la casa y, aunque ella no escuchaba lo que estaba pasando, su presencia me dio coraje.

Lo empujé y fui hasta la otra habitación porque sabía que estando ella presente no podría ponerse violento, como generalmente hacía. Esa misma escena se repitió reiteradas veces. Se convirtió en costumbre.

Al día siguiente se mostraba cariñoso, me traía regalos y yo volvía a creer en él. Ahí radicaba el problema. Mi carácter inexperto y aniñado dejaban corroer mi autoestima y hacía conmigo lo que quería.

Una oportunidad me pidió que abandone la facultad. Me dijo que si en verdad lo amaba, debía dejar de estudiar. Me hizo elegir entre él y mi carrera. Para ese entonces ya había soportado mucho, pero ahí dije que no.

Desde muy chica soñé con ir a la facultad, formarme y algún día ejercer mi profesión. Pensé cómo alguien que me ama puede pedirme que abandone lo que más quiero. No podía entenderlo y se lo conté a mis amigas. Ellas no entendían nada porque nunca les había contado lo que Pablo me hacía. Para todos mi relación era maravillosa. Así nos mostrábamos para el afuera.

Afortunadamente me dijeron que todo era una locura, que no podía dejar mi carrera, lo que soñaba hacer, solo porque él me lo dijera.

Gracias a esa conversación me animé a enfrentarlo. Lo aceptó pero buscó desplazar los reclamos a otros terrenos donde pudiéramos seguir peleando. No sabía comunicarse de otra forma.

Recuerdo una oportunidad donde fuimos casi en silencio hasta el subte. Estaba lleno de gente. Decidí ir en hora pico para evitar que me maltratara. Una vez que subimos comenzaron los reproches de no me acuerdo qué cosa. Como no quería pelear frente a toda esa gente, lo ignoré. Pero esa negativa a la discusión lo enfureció más y me tomó del cuello. Estaba ahorcándome en medio del vagón lleno de gente. Grité y pedí ayuda pero todos miraban y susurraban por lo bajo mientras él continuaba presionándome contra la pared. Nadie me ayudó.

El subte paró en la estación Palermo, me soltó y yo volví a respirar. “Vos me pones así, vos me pones nervioso” decía a los gritos para justificarse ante tanta gente. Todos seguían mirando. De repente pensé: ¿En qué momento nos convertimos en esto? ¿Qué estoy haciendo a su lado? Lo miré fijo a los ojos y le dije “no te tengo miedo”. Di media vuelta y me fui. Al poco tiempo cortamos.

Meses después volvió a contactarse. Me dijo que su psicóloga le había dicho que me llamara y me dijera que ya no me odiaba por haberlo abandonado. Me agradeció por los momentos buenos y me pidió disculpas por los malos.

Mi reacción se limitó a la risa. Tenía en claro que él me detestaba, pero yo había aprendido a perdonar. Me había desprendido de él y sus sentimientos por completo cuando lo despedí en aquella estación de subte.

Todavía hoy tiemblo ante un grito.  Me cuesta entablar relaciones porque desconfío. Me cuesta aceptar que alguien me quiera. Me resulta difícil abrirme, mostrarme tal cual soy.

La vida es un aprendizaje y a mí me tocó esta.

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