Yo siempre fui enamoradiza, y él fue uno de tantos amores. Álvaro estaba logrando que mi vida sea de película, nuestro amor parecía ser así, tan intenso, tan hermoso, tan de adolescentes. Suelo ser de esas chicas lógicas, pero mi amor era ciego.

Él era hiper carismático, tenía gran cantidad de amigos, era divino a la hora de hablar, decía cosas que toda mujer quisiera escuchar, tenía su departamento y auto propio, y por meses nuestra relación fue la ideal. Se sentía amor del bueno, como si fuese lo único verídico en lo alocada que era mi realidad, por problemas familiares, problemas con amistades, problemas y más problemas… Álvaro era lo único que le daba sentido, él ocupaba todos los roles que a mi vida le hacían falta.

En un punto nuestra relación se volvió un poco extraña, sentía que él se iba alejando, y en mi intento por no dejarlo ir, empecé a rogarle amor. Podíamos estar increíbles un día, y al otro, era frío, no respondía mensajes, no mostraba interés, no era la persona que era el día anterior. Cuando él me buscaba yo estaba sin dudarlo; cuando yo lo buscaba, nunca estaba para mí. Y así empezaron a llegarme rumores sobre que me había sido infiel con varias personas, pero yo no podía ni quería creer ninguno. El día que esta chica se presentó diciendo que estaba enamorada de él y que estaban saliendo hace tiempo porque ella no sabía de mi existencia, empezó la pesadilla.

Álvaro me rogaba perdón. Me hacía hasta sentir culpa por dejarlo, también confundida porque según él lo estaba haciendo sufrir. Lloraba y corrompía mis sentimientos, haciendo que lo perdonara. Y así como una experiencia aprendida, repitió esto en cada una de nuestras peleas. Lo perdoné indefinidas veces; si bien era consciente de lo mal que me hacía psicológica y físicamente, en mi cabeza siempre pensaba que podíamos ser los que éramos, que todavía quedaba mucho amor entre nosotros, y que él podría cambiar por mí.

La primera noche que sucedió, él estaba en la computadora y yo salía de bañarme. No era nuestro aniversario, pero íbamos a salir, o por lo menos, en mi continuo intento por complacerlo, iba a ponerme linda para él. Fue entonces que se acercó a toda velocidad a la habitación donde yo estaba, lo escuché venir con pisadas fuertes, con enojo, con su respiración grave y jadeante. Yo estaba desnuda y no entendía qué era lo que pasaba. “¡¿Quién mierda es Juan?!”, gritaba mientras me levantaba con una mano, apretando mi área con mucha fuerza. No sabía quién era Juan, pero el dolor tampoco me dejaba pensar. Me soltó y entre lágrimas me pegó un cachetazo que me dejó aturdida y tirada en la cama. Después de esa noche, hubo un antes y un después en mi vida.

Con frecuencia, estos episodios se repitieron reiteradamente. Siempre los solucionábamos de la misma manera, en la que él lloraba, yo era la culpable, yo lo seguía si se iba de casa, ambos llorábamos, ambos nos amábamos, ambos nos perdonábamos. Si bien él logró que yo pudiese enamorarme como nunca antes, también logró que me obsesionara. Mis notas comenzaron a bajar, empecé a ser una persona fría y agresiva, nunca faltaba la noche de salida con amigas en la que no golpeara a alguien, sea hombre o mujer. Iba a lugares un poco peligrosos, me escapaba de mi casa y empecé a tomar bebidas blancas que me hacían sentir mejor o por lo menos me alejaban de la realidad. Él me era infiel y yo no podía dejarlo. También me golpeaba y no podía dejar de pensar en él. Y si bien existen cosas que hice que sólo yo puedo saber, jamás oculté lo que él me hacía a las personas que más me apoyaban. Sin embargo, no había nada que pudieran decirme que me hiciera cambiar de opinión, que hiciera que mirara a Álvaro de otra manera.

Pasamos de tener “cumple meses” llenos de regalos y sorpresas, a “cumple meses” llenos de golpes, patadas, sangre y una mujer disminuida, acostada sobre el piso, con su pie pisando su cara. Existen miradas que nunca se olvidan, y la mirada de él cuando me golpeaba, es una de aquellas que nunca voy a sacar de mi cabeza. No voy a decir que yo no devolvía cada golpe, pero no puedo comparar mis golpes a los suyos; él es 3 veces más grande que mi cuerpo, su fuerza es 3 veces más fuerte que la mía. No sólo rompía mi cuerpo, también rompió cada parte de mi corazón y cada parte de mi alma.

Peleamos tanto esa semana que decidimos terminar. Fue la misma semana en que descubrí que llevaba algo suyo dentro mío, fue el día que hice un test y dio positivo. Estaba aterrada, solo tenía 16 años, y por las siguientes dos semanas ya estaba planeando cómo iba a seguir esto sin él, hasta empecé a encariñarme con lo que llevaba dentro, inclusive había elegido su nombre.

Se lo conté a una amiga. Ese día, mi amiga dijo que vaya a su casa, que me haga el test con ella, que capaz podía ser un falso positivo y no estar embarazada, ya que solo había hecho uno. Pero yo era tonta e infantil, así que en su casa nos arreglamos y salimos a bailar. Lamentablemente en ese lugar, Álvaro estaba con su nueva novia, una que no tardó en conseguir a sólo unos días de haber roto. Me rompió el alma verlo besar a otra mujer, y decidí cual inconsciente tomar alcohol. No sé en qué momento se le ocurrió a su novia golpearme tanto en el estómago y en la cabeza hasta dejarme en el piso adolorida. Se hizo una revuelta en aquel boliche, entre muchos “amigos” me llevaron a la guardia del lugar, donde me decían que estaba en shock nervioso y que, si estaba embarazada, podría perder al bebé. No recuerdo ni cuándo ni cómo volví a mi casa, pero sé que estaba sola, que nunca pude hacerme tal test, y al despertar mi estómago ardía. Fui al baño con un dolor agudo, y la sangre era inevitable. Si había algo dentro mío, lo había perdido.

Meses más tarde volvimos a estar juntos.

Llegó aquel día, era un 19 de septiembre. Él se había convertido en amigo de todos mis amigos y amigas, se ganó la amistad de todos aquellos que estaban de mi lado. Ese día mi amiga había averiguado su contraseña de Facebook por lo fácil que era, “Bocajuniors10”, y entramos con el fin de revisar sus mensajes. Había una increíble cantidad de mensajes con mujeres, la mayoría invitándolas a salir, o hablando de lo bien que lo habían pasado en sus salidas. Asco y repulsión fue lo único que sentí, y procedí a hackearlo. Era dueña de sus cuentas de e-mail y redes sociales. No me enorgullezco, pero la bronca no me dejaba pensar con claridad. Después de unas horas se dio cuenta, y empezó a buscarme por los lugares donde sabía que yo podía estar. Vino a la casa de mi amiga, y su hermano me escondió en un placard por si entraba a buscarme, tenían miedo que pudiese hacerme algo. Después de unas horas mi mamá llorando llamó a mi teléfono, diciendo que Álvaro estaba en la puerta de mi edificio, tocando timbre sin parar, gritando; dijo que no volviera a casa, que estaba asustada. Y yo volví. Escondida entre los autos entré al departamento y empezaron de nuevo los timbrazos. Ese día yo no iba a tener piedad si me golpeaba, y llevé un cuchillo en el bolsillo del tapado con el que bajé a hablarle. Él estaba de un lado de la reja y yo del otro. Me rogaba que devolviese su contraseña, que la necesitaba para su trabajo, que era lo único que quería, que yo había sido lo peor que le pasó en su vida, además de haber sido una ilusa por no darme cuenta que salía con otras mujeres. Yo me reía sin pausas, quería provocarlo. Empezó a llorar como siempre, y se acercó a las rejas. “Dale chanchito, por favor, devolveme lo que es mío y vamos a solucionar esto”, dijo con una voz tranquila. Me dijo que me acercara, pasó sus brazos por las rejas y pensé que iba a abrazarme, pensé que iba a solucionarse, pensé que volvía a ser esa persona que amaba, que tal vez y sólo tal vez, se había dado cuenta de su error. Me sonrió, y su mirada cambió bruscamente, me había engañado por completo. Agarró mi cabeza por entre las rejas y empezó a golpearme contra ellas. Una y otra, y otra, y otra vez, hasta soltarme. Caí al piso, estúpida, sin poder reaccionar, inmóvil. El resto poco recuerdo. Él se fue corriendo y alguien me alzó del piso, gritando, pidiendo una ambulancia. Estuve dos días en el hospital, y mi celular se llenó de mensajes.

Mis papás terminaron por sacarme el teléfono, por prohibirme ir al colegio o a cualquier lugar donde él pudiese estar cerca. Pasamos por temas legales, hubo juicio y restricción para él. Nada lo haría alejarse de mí más que yo, y en los siguientes meses continué viéndolo a escondidas.

Una noche encontré un viejo llavero con las llaves de su departamento, ese departamento donde alguna vez fuimos felices, donde estuve con un hombre por primera vez, si es que puede llamarse hombre esta persona. Viajé, esperé a que se fuera y entré. Había preservativos por el piso (¿mencioné que era lo menos pulcro de este universo?), y revisé cada rincón de su departamento en una especie de proyección mental, haciendo memoria a viejos recuerdos, a todo lo que vivimos desde hacía años. Agarré un cuaderno y tinta, y entre lágrimas le escribí una especie de adiós, por más que es muy posible que nunca lo haya visto, necesitaba expresarlo de alguna manera. Agarré mis cosas y me fui. Admito que fue una de las decisiones más difíciles de mi vida, dejar ir a la persona que más amas es lo más duro que podés decidir. Lloré entre sentimientos de dolor volviendo a casa, pero alivio al fin.

No puedo decir que el tiempo posterior a dejarlo ir haya sido fácil. Yo seguí siendo muy agresiva, llegué a golpear a mi mamá y correr kilómetros de casa por sentir culpa. Mis amigos si bien no me creían, me creyeron cuando vieron mi cara destruida.

Terapia y pastillas me ayudaban a dormir. Estuve un tiempo yendo a una especie de “granja” para solucionar mis temas con el alcohol y agresividad. No fue nada fácil olvidar a Álvaro, aún más porque siguió buscándome, pero mi fuerza de voluntad fue más grande que él. Decidí cambiar mi vida, y aunque existen personas que se alejaron por mi forma de ser y por todo lo que estaba viviendo, agradezco el apoyo de tantos años. Agradezco a tener unos padres como los que tengo, que nunca bajaron los brazos y me defendieron a muerte. Y yo nunca más volví a ser la misma, nunca más volví a levantarle la mano a una persona, y nunca más voy a hacerlo.

Si alguien está viviendo una situación de violencia, exista el amor que exista, lo único que puedo aconsejar es que no pierdan tiempo, porque sólo se vive una vez, no desperdicien sus años en una persona que los hace sentir miserables, porque eso es no es vivir, es sobrevivir a un agresor. Afuera existen buenas personas, existe realmente buena gente y sí existe un buen amor, uno sano.

Esta es mi historia, gracias por haberla leído.

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