A los 12 años entablé una relación con un chico de 18. Mucha gente me advirtió que no me metiera con él pero no hice caso.

Mi primera vez no fue nada romántica. Más bien fue forzada. Él esperó a que su madre se fuera de la casa. Bajó mis pantalones, me empujó hacia la cama y me penetró. Tuve que decirle que me había gustado porque no quería que se enojara.

Al poco tiempo me obligó a tener sexo anal y a mantener relaciones en cualquier lugar que se le ocurriera, incluso hasta en parques públicos. Yo estaba convencida de que me amaba porque solía decirme que nunca encontraría alguien me quiera como él.

Mi madre siempre insistía en que saliera con amigas, que reaccionara y dejara de estar encerrada en casa, pero yo me ponía muy agresiva cuando alguien se metía con él. La realidad es que no podía salir porque mi novio creía que iba a serle infiel con cualquiera que se me cruzara. Pasaba demasiado tiempo encerrada y solo salía de mi casa para verlo. Fue humillante y triste pensar que la única forma de compartir tiempo juntos era teniendo sexo. Él solo me quería para coger.

También pedía ver mis redes sociales y no le gustaba que nadie le diera me gusta a mis fotos. Un día, revisando mi página de Facebook, vio una conversación con una amiga y se enojó tanto que me pegó. Volví a mi casa aterrada, pero al rato lo llamé y le pedí disculpas, pensando que era yo quien había hecho algo malo. Creo que lo hice porque tenía miedo, ya que recibía amenazas constantemente.

Golpearnos era algo emocionante por decirlo de alguna forma, una especie de juego en el que yo perdía siempre. Recuerdo que me sostuvo muy fuerte contra la cama y me dijo “Soy más fuerte que cualquier hombre. Decime te amo o te parto el brazo”. Y se lo dije.

Este hombre ejercía ante mí una gran presión sexual, había desterrado mi libertad. Destrozó mis sentimientos y me hizo creer que golpearnos era un juego.

Un día quise dejarlo.

Sabiendo cuál sería su reacción, le dije que saldría con una amiga y que iríamos a una fiesta. Sus palabras eran predecibles: “tu amiga o yo”. Fue entonces que grité “mi amiga, la fiesta y ¡mi vida!”.

Me buscó durante mucho tiempo, lloraba, se arrodillaba y me pedía disculpas. También me juró que había cambiado pero no había vuelta atrás, me daba repulsión pensar en él y en cómo coartó mi libertad.

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