Probablemente uno de los referentes más grandes para una nena es su mamá. Por mi parte era lo único que tenia. Nunca conocí a mi papá, no sé cómo es. Solo sé su nombre y que por algún motivo decidió ponerme su apellido.

Crecí y me crié con mis siete tías, ya que mi mamá tenía que salir a trabajar y no sabía con quien más dejarme.

Ellas eran un amor, siempre mimándome y consintiendo todos mis caprichos. Todas ellas tenían sus familias armadas menos una que con casi 40 años había decidido no casarse ni tener hijos, por ello fue que llegó a ser mi segunda madre. Me crió desde que tengo memoria porque siempre tenía tiempo libre para poder cuidarme cuando mi mama salía a trabajar.

Pasaba todo el día con ella: me llevaba al jardín, me iba a buscar, me cocinaba y me llevaba al médico si era necesario. Una tarde todo se volvió confuso. Con apenas 3 años recuerdo que fui a la habitación donde estaba ella y le quise hacer una broma entrando de golpe y asustándola, pero se lo tomó muy mal y me dio una cachetada con la mano. Desde ese momento esos actos de violencia fueron volviéndose comunes en mi casa y comunes en mi. Creí que eso era lo correcto, que cuando alguien se portara mal había que pegarle.

Los maltratos siguieron hasta que tuve 15 años y nos fuimos a vivir las tres (mi mama, mi tía y yo). No podía cometer ningún error, no podía tener malas notas que ella me golpeaba con mucha bronca, recuerdo una vez cuando tenía 14 llegué del colegio y dejé la mochila en el respaldo de la silla. Ella me había advertido que no lo hiciera porque se iba a “arruinar” cuando me sentaba sobre ella, y así lo hice, me senté y comencé a hacer mi tarea.

De repente siento un ardor muy fuerte en la espalda. Había agarrado dos cinturones y me había golpeado con toda su fuerza en la espalda. Fue el dolor físico más grande que sentí. Rápidamente me levanté y la miré llorando. Ella seguía golpeándome. Fui a mi pieza me saque la remera y veía las marcas en la espalda que sangraban ligeramente. Cada vez que desaprobaba una prueba en el colegio me decía: “sos una burra, no servís para nada”, a lo que comencé a ocultar las pruebas que desaprobaba.

Un día los encontró y la golpiza que me propició fue tal que entré en un ataque de pánico que me dejó sin aire. Ella se asustó mucho y me levantó del piso dándome un vaso de agua para que me calmara. Todas estas situaciones nunca se las conté a mi mamá, no por miedo, sino por parecer una desagradecida con la persona que prácticamente me había criado.

Comencé a creer en todo lo que me decía. Que no servía para nada, que no iba a ser nada en el futuro, etc. Un día harta de tantos golpes por cosas sin sentido, tomé una tijera de mi escritorio y la sostuve contra mi venas queriendo que todo eso acabara de una vez por todas, pero no tuve el valor y la solté.

Con solo 14 años sentí la necesidad de morir.

Una tarde ella estaba golpeándome nuevamente por motivos insignificantes, llegó mi mamá y vio toda la situación. Yo estaba tirada en el piso llorando y pidiéndole por favor que dejara de pegarme, mi mamá solo atinó a levantarme y consolarme.

Ese día a la noche me dijo que nos íbamos a ir a vivir las dos solas, que ella no nos iba a hacer daño nunca más. Me contó que cuando ella era chica, mi tía también le pegaba, al ser la mayor de todos se tenía que hacer cargo de alguna manera, y le hacía lo mismo que a mí.

Meses después mi mamá falleció. Mi mundo y mi felicidad se fueron con ella. Solo tenia 15 años, por lo que mi tutora legal tenia que ser mi tía. El dolor era inexplicable. Mi familia estaba devastada, nadie lo podía creer. Desde ese momento mi tía cambio, la muerte de su hermana menor le había cambiado la vida, comprendió muchas cosas y me pidió perdón por todo lo que me había causado. Me dijo que ella no era así y que no podía controlar su ira y lo único que quería era que yo sea una nena correcta.

La perdoné y ella realmente cambió.

Hoy día tengo miedo de tener hijos y que ella les haga lo mismo.

No se lo perdonaría ni me lo perdonaría a mi.

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