La conocí cuando tenía 19 años. Yo venía de perder un hermano producto de la droga, con un padre enfermo de cáncer y pasando una situación económica complicada. Le conté mi historia, me abrí a ella completamente y le explique todo lo que me había tocado vivir porque me sentía necesitado de amor y compañía.

Me acuerdo que cuando recién nos conocimos, ella me dijo: “Si me enamoro de vos, te voy a hacer la vida imposible.” En aquel momento no lo tomé en serio, pero luego entendí todo.

Los primeros meses de relación fueron en hermosos, en mi familia la adoraban y era la mujer perfecta para mí: trabajaba, era independiente, linda, simpática y por sobre todo, era dueña de una sonrisa compradora.

A pesar de todo, jamás la deje sola. Siempre la ayudé en todo lo que pude, y mi familia también. Pero por alguna rara razón en su familia no me querían.

Una vez estábamos de vacaciones, ella en su provincia y yo en mi casa. Me llamó por teléfono diciéndome que necesitaba plata para que su mamá pudiera comprar un auto que le habían ofrecido en oferta. Yo no vengo de una familia adinerada, pero había juntado peso por peso para irme de vacaciones con mis amigos. Sin dudarlo le envié la plata, teniendo que reducir mis días de descanso. Recuerdo que jamás me agradecieron por eso.

Al cabo de un año empezaron las infidelidades. El mismo día que se cumplía un año de haber perdido a mi hermano en mis propios brazos, ella estaba acostándose con otro. Le pedí por favor que esa noche estuviera conmigo porque no quería estar sólo y accedió de mala manera, quedándose dormida mientras yo atravesaba el dolor de recordar lo sucedido un año atrás. Con tan sólo un “Gordo, estoy acá” alcanzaba, pero ni siquiera eso.

Decidimos separarnos a las semanas porque la relación ya no daba para más, ella ya no sabía qué decirme cuando le encontraba otra infidelidad así que decidí hacerme respetar y, a pesar de amarla, alejarme de ella.

Al cabo de tres meses, me llegó un mensaje de texto anónimo: “Tu ex está embarazada de tres meses”. Yo no entendía nada. No sabía qué hacer y la llamé. Quedamos en encontrarnos esa misma noche, hablamos y me negó todo. Luego de un rato, me lo admitió, pero me dijo que no era mío. Finalmente, dejó las mentiras de lado y me comunicó que estaba embarazada de mí, me lo juró y me dijo que si no me quería hacer cargo lo iba a tener igual. Ella me conocía perfectamente y sabía que yo jamás me escondería ante algo tan importante como es tener un hijo. Saqué cuentas, lo hablé con un amigo y con mi hermana. Los números daban. ¡Iba a ser papá!

Con todo esto del embarazo, decidimos volver e irnos a vivir juntos. Con mucho esfuerzo y ayuda de mis padres, logramos alquilar un departamento.

El embarazo fue complicado, tuvo infecciones urinarias y cólicos que jamás se trató porque ella creía en un “vidente” que le llenaba la cabeza. Me acuerdo que le tocaba la panza y decía “Puedo ver a la nena, me está hablando.” A mí todo eso me parecía un chiste, pero obviamente no podía decir nada porque ella se enojaba y decía que el vidente era el único que la acompañaba en el embarazo. ¿Y yo? ¿Y mi familia? No sé por qué no veía que estábamos presentes. Lo que sí sé es que su familia no estaba, sólo fueron a verla un día entre todas las veces que estuvo internada.

Cande nació prematura, a los 7 meses, producto de las complicaciones que ella no quiso tratar porque el vidente la ayudaba “telepáticamente”. La beba estuvo un mes internada en neonatología, costó mucho pero logró salir adelante y crecer lo suficiente como para que le dieran el alta.

Con mi novia la relación seguía igual. Vivíamos a base de celos estúpidos y discusiones agresivas, al tal punto que ella me dejó la cara marcada más de una vez, y hasta me rompió la boca, literalmente hablando. No lo podía entender, pero estaba sufriendo violencia de género, verbal y física. ¿Cómo podía ser? Si yo era el hombre ¿Quién me iba a entender? Si ella era la mujer.

Cuando Cande cumplió 3 meses nos fuimos de vacaciones a su pueblo. Fueron las peores vacaciones de mi vida, y no lo digo en broma. Los primeros días fueron lindos, pero después no podía creerlo. Su mamá quería bautizar a la nena por su religión, a pesar de que siempre dijimos que lo haríamos por la iglesia católica. Me insultaron y agredieron mis creencias. En un momento ella me dijo: “¿Ahora ves lo que se siente estar solo y que nadie te entienda?” Sinceramente no podía entenderlo, yo vivía para ella y me reprochaba lo contrario.

Me volví unos días antes porque tenía compromisos, ella se quedó unos días más con la nena. Allí volvieron las infidelidades y me dejó por su ex, a quien sé que jamás había superado.

En esos días me enteré que tenía pensado escaparse y quedarse a vivir allá, tenía todo planeado. También me enteré que Cande, mi Cande, podía no ser mi hija. Cuando ella volvió yo ya había puesto un abogado. Sabía que no podía impedir que se escape, pero sí empezar a hacer valer mis derechos. ¿Qué derechos? Los de un padre para con su hija, un padre que jamás le hizo faltar nada y que aguantó agresiones por parte de la madre. Tenía pruebas de que mi ex no estaba bien, tenía pruebas donde ella admitía que yo jamás le levanté la mano y que ella sí a mí. Pero el abogado y mi familia me aconsejaron que no me quedara con la duda y que hiciera un ADN. Y así lo hice, por mi propia cuenta. A la semana, el mismo día en que se cumplía otro fatídico aniversario de la muerte de mi hermano, me llegó noticia: yo no era el padre de Cande. Sí lo era de corazón, pero no de sangre. Se me vino el mundo abajo, no podía creer lo que me estaba pasando, tampoco quería creerlo pero así era. La vida otra vez me volvía a quitar algo que amo.

Ella decía que era una mentira mía y que no podía ser porque estaba segura. Cuando le hice llegar los resultados no le quedó otra que admitir la verdad.  Nos había mentido a todos durante años. Nunca entendió el dolor que nos causó y sigue sin entenderlo.

Esa mujer no es capaz de darle una identidad a su hija, la cual todavía sigue teniendo mi apellido. A mí no me molesta, pero si de derechos hablamos, acá no hay ninguno, ni los míos, ni principalmente los de Cande.

Entiendo que la vida es así, que aunque nos duela hay que seguir adelante. No le deseo el mal a mi ex porque jamás podría desearle mal a mi hija. Lo único que me duele es saber que ella nunca va a saber quién fui en su vida, que fui la primera persona a la que vio y el primero que la besó y le dijo cuanto la ama. Sólo sé que en el fondo de su corazón, siempre me va a llevar con ella, aunque no se acuerde de mí. Si ambos podemos ver la luna, no estamos lejos.

Hoy sigo adelante como puedo, sin poder confiar en una mujer y sin poder abrirme sentimentalmente. Pero siempre recordándola a ella, a mi Cande, a mi hija.

Dentro de esta historia hay muchas otras, algunas que prefiero no recordar y otras que me las voy a guardar para que no sea tan largo.

La violencia no entiende de géneros. Nunca te dejes humillar, seas el, o ella. La gente no cambia, si te lastimó una vez, lo va a volver a hacer.

Hija: te extraño y te amo, en este día y cada día. Por siempre tuyo, tu papá del corazón.

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