Tenía 20 años y acababa de irme de casa, había conseguido un trabajo en un call center y ahí te conocí. Eras mi jefe, o por lo menos eso fuiste durante un tiempo porque terminaste convirtiéndote en todo. Nos enamoramos, o por lo menos yo me enamoré de vos.

Al tiempo supe que teniendo 23 años ya tenías 2 hijos. No me importó y continué la relación, me fue bastante bien porque me dejaste conocerlos y pasar tiempo con ellos. Me invitabas a salir, me buscabas; me enamoraste con detalles y atenciones.

Un día sonó mi celular, atendí. Era tu mujer pidiéndome por favor que te deje. A pesar de que aquella mujer lloraba desconsolada, la negaste a muerte “es una loca”, dijiste con total seguridad.

Te creí y te seguí amando, la peleaba día a día mientras vos te comportabas cada vez más distante.

Solías decirme cuanto me amabas y que era tuya. Al rato ya no querías compromisos, ni tampoco estar conmigo. Era tu novia, tu amante y luego nada. Mientras, las llamadas seguían pero ahora vos me negabas a mí, me decías que si quería estar con vos entonces debía aceptar ser la segunda. También me hacías creer que esto era normal, que le pasaba a muchas parejas, pero en el fondo sabía que no era cierto y sufría muchísimo.

Siempre me decías que no debía mostrar lo que me pasaba, por ello, me amenazabas jurándome que si derramaba una lágrima en el trabajo, me suspenderías.

Un día me metí en un lío. Me pediste que renunciara porque debía irme de la empresa, era eso o que me echaras a patadas. Según vos, yo mezclaba el amor con el trabajo, y eso no funcionaba. Al otro día llegué con los ojos hinchados de tanto llorar porque no me habías contestado en toda la noche, allí me dijiste que si no me arreglaba de manera que no se note, me suspenderías. Pero, a pesar de eso vos me amabas ¿No? Solo hacías tu trabajo, siempre contra mí, siempre con amor…

Después de tantas amenazas, aquel día finalmente llegó, me echaron. Cuando pasó, pensé en positivo. Ahora podríamos dejar de pelear y vivir nuestra relación de mejor modo. El problema era yo y el call center, pero eso había terminado.

Cuando pensé que todo estaba mejorando, me llamaste. Dijiste que querías estar con tu ex mujer y hacer tu vida con ella, también me pediste que no vuelva a llamarte nunca. Recuerdo que lloré toda la noche, y los continuos 6 meses, hasta que apareciste.

Me pediste que vaya a tu casa a dejarte un par de cosas que eran tuyas, cuando fui me invitaste a un bar. Al principio me negué, pero después me insististe y mi locura por vos no pudo negarse otra vez. Allí me abrazaste, me dijiste que me amabas y que lo que habías dicho aquella noche no era cierto, que pensaste que cortar era lo mejor y creías que yo lo entendería. Al parecer te habías arrepentido, entonces yo, tan enferma de amor, te creí de nuevo. Al mes ya casi no me hablabas, me daba miedo decirte cualquier cosa porque me amenazabas.

Después de unos días, tomé valor y asumí aquello que ya sabía, estábamos enfermos, vos y yo. No me querías, me manipulabas, me utilizabas para tener relaciones cuando y como querías. Sinceramente nunca entendí tu juego ¿Por qué no eras honesto? ¿Por qué fingías amor?

La realidad es que no podía dejarte porque te amaba y porque siempre aparecías, en un boliche, en mi casa o donde sea. Me decías que no me habías olvidado y que me amabas. Reíamos, hablábamos y la pasábamos bien hasta que te ibas. Yo sabía que era solo eso lo que querías, hasta que me salió positivo el test de embarazo.

Cuando te lo conté me pediste que te lo notificara legalmente. “Ojalá no nazca. Yo guardo muy buenos recuerdos de vos pero nunca te quise. No quiero un hijo con vos”, dijiste.

Durante mi embarazo te rogué que por lo menos amases al bebé, que él no tenía la culpa de nada. Vos eras su padre y debías hacerte responsable, pero no lo hiciste.

El día en que nació, te mandé una foto a las nueve de la mañana. Tu respuesta fue “Felicidades”, a las 12.30 del mediodía. Claro, habías ido a una fiesta la noche anterior y no te importaba en absoluto tu hijo. Pero a mí sí, y por eso seguí intentando tener una relación sana con vos, deseaba que nuestro bebé tenga una familia con la cual criarse. Después saltaste con que no era tuyo, querías un adn, el cual nunca te hiciste porque sabías de antemano que daría positivo.

No sé por qué, pero fuiste a verlo y jugaste con él unas dos veces. La primera me dijiste que no irías más, que la única forma de verlo era si lo iba a buscar tu mujer. Obviamente me negué.

Días después me enteré que habías embarazado a otra chica, estaba de 6 meses y tampoco querías hacerte cargo.

Al final terminaste siendo sincero, mientras nuestro bebé dormía en tus brazos gritaste: “No lo quiero ni lo voy a querer nunca, es tuyo, no mío”. No pude creer como eras capaz de rechazar a tu propio hijo mientras lo tenías en brazos, así que te grité lo más fuerte que pude. Te dije todo lo que pensaba y te pedí que no vuelvas nunca más.

A veces creo que la culpa te carcome, y que tu almohada debe ser un infierno. Por eso debe ser que me hablas cada tanto. Vos nunca me pegaste ni me levantaste la voz, pero me destruiste por dentro. Me aplastaste, me amenazaste. Perdí mi trabajo, a mi familia y a mis amigos. A los 22 años intenté suicidarme.

Hoy te regalo esos años de sufrimiento, te regalo la sangre de mis venas y los días que dormí profundo por tratar de intoxicarme con rivotril. Te regalo mis dolores de cabeza, los de mi familia. Te regalo también a todos esos amigos que me dieron la espalda, las llamadas de tu mujer, mis meses me embarazo completamente sola. Te regalo la vida miserable que tenía, la que compartía con vos. Y lo único que te agradezco es mi hijo y mi nueva vida porque, después de todo, el día en que nació, resucité.

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