Él doblegó mi voluntad, él me vació en todo sentido.

Después de cada vez que amenazaba con dejarme, tenía diarreas y vómitos. Después de cada vez que me decía que era una puta pasaba lo mismo. Bajé 10 kilos por esa relación y recién ahora entendí que él me consumió, yo se lo permití. Yo ya lo perdoné por todo, pero aún no puedo perdonarme a mí misma por haberme dejado lastimar tanto.

Tenía 18 años y recién salía a la vida, venía de un mundo elitista y acartonado. Claro, estaba muy aburrida. Para que sepan todos, en las clases altas también hay violencia de género.

Él era casi una década más grande que yo, fue muy fácil captarme. Me doblegaba en todo sentido. El perfecto manipulador me dio todo aquello que yo buscaba siendo una pendeja caprichosa de barrio privado. Me deslumbró con tantas mentiras, y una vez que me di cuenta que no eran ciertas, ya no me quedaba otra que creerlas.

Todo fueron rosas hasta que comenzó a obsesionarse con la idea de que lo estaba engañando. Para él, cada hombre con el cual yo tenía contacto, era un nuevo motivo para recriminarme que ya no confiaba en mí, que le ocultaba cosas y que lo vivía engañando. Él quería saber cada detalle sobre qué hacía en mi día. Al principio, creía que era porque se interesaba en conocerme, luego me di cuenta que era una manera de controlarme y buscar contradicciones en mi discurso para generar una nueva acusación. No podía respirar. Comencé a pensar que quizá tenía razón, que yo le provocaba celos y le pedía perdón por los absurdos planteos intrincados y sin sentido. Pero nunca fueron suficientes mis disculpas.

Las semanas se pasaban entre discusiones en donde él me ponía en el banquillo de acusados, y si yo le reclamaba algo, se enojaba, ponía en duda mi amor y me tildaba de egoísta y miserable. Entonces lloraba, suplicaba perdón y terminaba explotando de impotencia y angustia, aceptando toda y cada una de las cosas que me dijera. Era capaz de dar vuelta cualquier tipo de argumento y poner la balanza a su favor. Era un experto.

Quería controlar todo en mi vida, quería estar bien seguro de que en ningún momento quedara sola. Me perseguía, se aparecía en la puerta de mi facultad sin avisarme, y mis compañeros pensaban que tenía suerte en tener un novio tan atento, mientras que por dentro me moría de miedo. Ya no podía juntarme con mis amigas o mi familia si no estaba. A veces llegaba a mi casa y lo encontraba tomando mates con mi familia, ya que para ellos era un divino.

Después de un tiempo comenzaron a darse cuenta de quién era y el tipo de relación que teníamos, pero para ese momento yo les mentía, adornaba la verdad y siempre daba vuelta la historia para hacerlo quedar bien a él. Siempre todo había sido un malentendido, tenían que entender que yo era muy chica y que me mandaba cagadas porque era inexperta y que con él estaba creciendo, me estaba haciendo una mujer. Su juego de manipulación cerró perfectamente cuando yo misma dejé de verme con mis amistades porque no quería escucharlos más decirme aquella verdad irrefutable.

El acoso y la humillación nunca se detuvieron y cada vez era peor. Jamás me puso una mano encima, pero hubo discusiones en donde me gritó tantas cosas horribles y me amenazó de manera tan brutal que hubiese preferido que me golpeara si eso hacía terminar el calvario.

Lo dejaba, pero volvía, creía que no podía vivir sin él. Me amenazaba con matarse, me culpaba por haber dejado la facultad porque yo le hacía daño con mis supuestos engaños.

Una vez viajando en el subte comenzó a simular que no nos conocíamos y que estaba tratando de levantarme, hacía burlas con otros 3 tipos que estaban sentados de lo buena que estaba y de lo bien que cogería, ellos se rieron todo el viaje también. Yo estaba inmóvil, no podía decir una palabra, quería desaparecer, me hacía sentir cada vez más y más pequeña. Ese era su método, hacerme creer que sin él yo no iba a poder vivir, que lo necesitaba.

Me volví insegura, temerosa, dejé de comer. No paraba de fumar, las manos siempre me temblaban. Hacía de todo para gustarle.

Cambié mi manera de vestirme, mi peinado, mi personalidad. Un día tardé media hora más en llegar a su casa porque el colectivo tardo más de lo esperado. Me había arreglado para él, ya no para mí. Llegué radiante esperando su cumplido y él me estaba esperando sentado en el cordón, con el pelo sucio y la ropa desarreglada. Luego de 10 minutos de reproche por mi tardanza me dijo: “¿Para esto tardaste tanto? ¿Qué haces con eso puesto, ridícula? Eso me pasa por salir con una pendejita como vos que ni vestirse sabe”.

Me prohibía cuidarme, me decía que si supuestamente yo estaba sólo con él no había necesidad. Si quedaba embarazada era la mejor prueba de amor que podía darle. Que eso nos iba a hacer cambiare íbamos a ser la pareja que queríamos, que debía sentar cabeza en mi vida, no hacía falta que estudie siendo su esposa. Yo era una puta de mierda, su puta de mierda. “Vos sos mía”. Y así fue, quedé embarazada. Quedé tirada en el piso del baño, el test con esas dos rayas de innegable realidad sobre el bidet, muerta de pánico, mientras él me mandaba audios diciendo que los amigos le habían dicho que me habían visto hacía 5 minutos salir de un bar con otro. Aborté. Nunca lo supo. No me arrepiento ni un segundo de haberlo hecho ¿Quién puede juzgarme? Ese fue mi punto de quiebre y nunca más volví a hablarle, simplemente desaparecí de su vida. Obviamente no me dejó tranquila un segundo, volvió a perseguirme y mi miedo creció.

Un día estaba yendo a trabajar y recibí una llamada perdida de él. En ese instante, comencé a perseguirme, creía que podía aparecerse en cualquier lado, que me estaba observando. Sentía sus ojos clavándose en toda mi pequeñez. Donde mirara en cada persona veía su cara, literalmente. Me paré en Av. Córdoba y Cerrito, sin aire, aguantando las lágrimas, comiéndome los mocos. Pensando en gritar, tirarme al piso, pedir ayuda. Para esa época mis ataques de pánico me hicieron creer que estaba loca, que yo era el problema. De golpe y sin avisar una voz en mi cabeza sugirió “sos una mujer”. Allí entendí que debía para poder eliminarlo de mí, volver a construir todo aquello de lo que él me había despojado, una mujer. Comprendí que sólo necesito de mí para estar bien, para crecer, para ser fuerte.

Podría decir que lo arranqué de raíz, pero no es cierto, aún duele en lo más profundo. Todavía hay momentos donde recuerdo situaciones y por fin comprendo todo y exploto de rabia. Lo que más duele es haber sido capaz haberme permitido a mí misma hacer tanto daño. Hoy estoy en pareja y todos los días me enseña a confiar y aprender el verdadero significado del cuidado y el respeto.

Volví a cruzarlo, y fue como ver un fantasma, pero yo ya no sentí miedo.

Gané.

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