Conocí a José Luis mientras estudiábamos. Él no era un muchacho muy lindo pero era el típico chico popular al que todo el mundo hablaba.

Cuando comencé a estar con él no podía creer que se había fijado en mí, habiendo tantas chicas lindas a su alrededor. Era muy atento, siempre se fijaba si yo necesitaba algo.

De a poco fui notando que sus peticiones no eran normales. Me obligaba a esperarlo cuando salía de clases y no me dejaba ir con mis amigas. Ni mencionar a mi mejor amigo, a quien acusaba de estar enamorado de mí.

De repente estaba alzándome la voz y agarrándome con fuerza de los brazos cuando se enojaba.

Un día descubrí que estaba siéndome infiel. Fui a reclamárselo, le dije que si no la dejaba  yo me iría de su lado. Entre risas, contestó “Yo tengo mujeres mejores que tú ¿Crees que me voy a poner a llorar si te vas?”. Por alguna razón no hice nada al respecto y la relación siguió como si nada.

Si me veía platicar con algún otro chico me acusaba de ser una puta y pasaba días enteros sin hablarme.  Por eso, se me ocurrió salir con amigos sin decirle nada, los extrañaba y no quería que me prive de verlos. Todo marchaba bien hasta que, al otro día, José Luis tomó mi móvil sin autorización y vio fotos del encuentro.

Se levantó y me jaló de ambos brazos. Yo intentaba escapar, pero él me golpeaba contra la pared una y otra vez. Fue entonces que grité “Si quieres hacerme algo hazlo ahora, de lo contrario por favor déjame ir”. Me dio un puñetazo en la cara y se marchó.

Tuve que mentirle a mi familia acerca de lo que había pasado. Terminé con un esguince cervical y un gran hematoma en el pómulo, pero nada se compara con el miedo que sentí.

Cuando volví a tener contacto, José Luis, me dijo que yo había tenido la culpa de todo. También dijo que me amaba, y eso bastó como para que sigamos juntos un mes más.

Logré terminar la relación porque ya no soportaba sentirme culpable, denigrada y humillada. Era mayor el miedo que tenía que mis ganas de estar con él.

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