Recién ahora pude darme cuenta que esa sensación que me acompañó durante años era válida: lo que me pasó estuvo mal y no fue mi culpa.

Tenía 17 años cuando conocí a un chico divino en un bar, se hacía llamar “principito”. Pegamos onda y nos empezamos a mensajear todos los días, sumándole que los fines de semana siempre frecuentábamos el mismo lugar.

Una noche estaba en casa chateando con él como de costumbre. Me dijo que no tenía muchas ganas de salir y me invitó a ver unas películas a su casa. Le pregunté donde vivía para saber si podía llegar bien en colectivo porque no tenía un peso, pero él me dijo que no me preocupara, que me pasaría a buscar y después me llevaría de vuelta a casa.

Acepté y me buscó.

Durante mucho tiempo quise acordarme con exactitud como sucedió todo. Fueron años de tratar de entender qué se me pasó por la cabeza cuando accedí a ir.

Cuando llegamos a su casa nos sentamos en el sillón y él puso la película, a los pocos minutos comenzaron los besos y, cuando pude reaccionar, ya estaba en su cama. Sí, él me gustaba, pero no quería tener relaciones porque solo había tenido una experiencia antes y lo veía como algo reservado para quien me hiciera sentir amor.

Traté de pararlo y explicarle mi postura. Pensé que, acorde a su apodo, simplemente me diría que estaba todo bien e iríamos a terminar la película. El “Principito” me respondió: “Ya estás en mi cama, eso quiere decir que tenemos que coger”.

Yo, en parte, sentía que él tenía razón ¿Qué persona iría de noche a la casa del chico que le gusta y sin intenciones de nada? En ese momento la respuesta era “nadie”, pero después entendí que tenía una respuesta firme: yo.

Intenté decirle que no quería, pero él insistió: “Yo te invité a coger, si no vamos a hacer nada no te pienso llevar a tu casa”.

En ese momento debí haberme ido, debí haber buscado un colectivo que me llevara a casa o bien podría haber tomado un taxi y pagarlo cuando llegase, pero me dio miedo. Estaba en un lugar desconocido a las 3 am y no sabía si en casa hubiese alguien como para pagar ese taxi. Además, quedaría como una boluda ante el chico que me gustaba.

Así terminó pasando, mientras le decía que no quería, él ya estaba desnudo y besándome el cuello. Tuvimos sexo. Lo interpreté como una especie de prostitución: inconscientemente estaba teniendo relaciones para pagarme el viaje a casa. Me sentí sucia y asqueada.

Hace poco tiempo entendí que yo no fui la que estuvo mal, que el que no me respetó fue él y que mi decisión de no tener relaciones no tendría que haber sido chantajeada. Este chico tuvo sexo con alguien que no quería hacerlo, acabó sobre una pibita llorando.

Recién 10 años después pude hablar con alguien al respecto y pude sacar afuera esto que tanto me marcó.

La violencia se manifiesta de muchas formas, y esta es una. Nadie puede obligar a nadie a hacer algo que no quiera, sin importar la situación en la que estés. Siempre uno tiene derecho a volver atrás.

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