Tenía 14 años cuando lo conocí y él unos 16. Nuestros padres eran muy amigos, así que eso nos favoreció mucho a la hora de formar una relación. A los 7 meses de conocernos, nos pusimos de novios. Era el sueño de mi vida y la historia de amor que tanto había esperado…

Pero no pasó mucho tiempo hasta que lo descubrí con otra chica. Me sentí tan mal que fui a reclamárselo, “Es tu culpa por no entregarme tu virginidad”, me dijo. Instantáneamente me sentí peor que antes, así que dejamos de hablarnos por un tiempo hasta que él volvió a aparecer para disculparse. Para ese entonces yo ya tenía 15, casi 16. Me sentía más preparada, así que volvimos.

Nuevamente todo parecía ir bien, menos aquellas veces en donde me empujaba, me pellizcaba o me tiraba del brazo. Yo creía que era algo normal en una relación tener ese tipo de peleas, ya que mi mejor amiga también lo vivía así.

El día de su cumpleaños, llegó a mi casa por la mañana. Recuerdo estar sola ya que el colegio estaba cerrado por una jornada institucional. Yo no sabía que él iba a venir. Tocó timbre y le abrí la puerta, me empujó y entró a la fuerza. Mis papás nunca nos habían dejado antes solos, en lugares cerrados, tampoco había entrado a mi casa, por lo que le dije: “¿Qué haces? Sabes que mis viejos se van a enojar”. A lo que contestó: “Tranquila, sólo vengo para que me des mi regalo”. Lo miré fijo y reí, pensando que se trataba de un chiste. Pero no, me empujó contra la pared y comenzó a besarme. Yo le seguí el juego hasta que tomé conciencia y le dije que pare. “Si no es hoy no va a ser nunca más, dale”, me dijo. Quise sacármelo de encima y empezamos a forcejear, hasta me pegó una piña y me hizo sangrar la nariz. Yo gritaba y le pedía por favor que me dejara, pero se levantó y se sacó el pantalón. Lo que vino después fue simplemente insoportable, jamás había sentido semejante dolor. Sentía que se me iba la vida, su cuerpo contra el mío me dejaba sin aire.

Jamás me imaginé mi primera vez así: violentada, bañada en sangre y lágrimas.

Cuando terminó me quedé en el suelo, en la misma posición. Me agarró de la cabeza y me dijo: “Perdoname, pero entende que si no eras mía te tenía que matar”. Entre lágrimas quise agarrar el teléfono para llamar a alguien, pero me tomó nuevamente del pelo y me dijo: “No te olvides que si llegas a decir algo te voy a matar. Mi viejo es militar, así que voy a estar libre en dos horas”.

Tuve tanto miedo y vergüenza, pro por fin se había ido. Me levanté como pude y cambié las sábanas de mi cama, lavé las otras para que nadie sospechara y le dije a mi mamá que me había venido mientras dormía.

Disimulé mi dolor durante varios días, mientras tanto él seguía maltratándome. La única diferencia era que ya no le avergonzaba pegarme en la calle… Lo que más me sorprendió es que nadie hacía nada.

Intenté dejarlo en varias ocasiones, pero me amenazaba, así estuvimos un año más. Abusaba de mi cuando quería, yo ya no sentía dolor alguno, pero tampoco placer. Lo hacía sin luchar porque sabía que era peor e inútil.

Pasó un tiempo hasta que mi mamá vio un moretón que tenía en el brazo. Él había aprendido a no pegarme en la cara, solamente en lugares que la ropa pudiera tapar. Mi mamá me preguntó cómo me lo había hecho y le dije que me caí en el colegio. Se lo creyó.

Mi valor como mujer ya no existía, no me arreglaba, no salía y había bajado 11 kilos.

Todo terminó cuando él me dijo “¿Sabes qué? Me aburrí de vos. Ya no te arreglas, no te cuidas, estás fea y mis amigos se burlan de mi por eso. Soy mucho para vos, así que mejor ándate y hace tu vida. No te olvides que, si hablas, no la contás más”. Ninguna de sus palabras logró herirme, al contrario, fueron aliviadoras.

Esta es la primera vez que lo cuento, mis papás creen que tuve relaciones bajo mi consentimiento. Supongo que no dije nada para no saber más sobre él y, además, por miedo.

Hoy tengo 19 años y hace tiempo no se de él. Si bien estoy luchando contra una enfermedad, producto de las múltiples violaciones, hoy puedo decir que soy libre.

(Visited 1.444 times, 1 visits today)