Cuando tenía 15 conocí a una chica un año y algo mayor que yo. Típica mujer con recorrido, tenía muy en claro lo que quería. Así era Sofía, imponente. Me sentía un niño en su presencia.

Había escuchado historias sobre ella, decían que era una arpía cruel y manipuladora que solo buscaba usar a los hombres con los que estaba. Me pareció algo exagerado. En ese entonces solo me preocupaba en ser yo mismo y en vivir lo que me tocara. Aunque era adolescente no me dejaba llevar por nadie.

Conmigo no se comportaba así, eso era lo importante.

No era una urgencia para mí estar de novio, pero para ella sí. No soportaba estar sola. Al darme cuenta de esto le dije que creía que no estábamos hechos para estar juntos. Me prometió cambios y continuamos la relación, pero con cierta distancia.

Durante ese período, mi hermano se suicidó. Yo estaba deshecho y necesitaba contención y afecto. Ella era lo más cercano que tenía, teniendo en cuenta que mis padres nunca fueron muy cariñosos conmigo.

Mucha gente querida se acercó a mí para acompañarme en el luto, pero ella inició un juego de mentiras y engaños, logrando que desconfiara de quienes me querían realmente. Me alejó de mis amigos y de mi familia.

De manera progresiva dejé de preocuparme por mí y empecé a atenderla más, le daba todo lo que me pedía.

Ingresé en su juego y llegué al punto de no poder descifrar sus mentiras. La crueldad de Sofía era tal que simuló enfermedades graves, embarazos y problemas mentales. La realidad es que nunca padeció nada de eso, pero me amenazaba con suicidarse si yo la contradecía.

Mi nivel de estrés se incrementó tanto que mi estado mental decayó. Increíblemente, la muerte de mi hermano, pasó a segundo plano.

La relación terminó cuando ella encontró un hombre más interesante, o quizás más débil que yo. Al tiempo me enteré de que me había sido infiel con más hombres de los que me imaginaba. Creo que lo único bueno que hizo por mí fue encontrar a otro a quien arruinar.

Desde ese entonces soy la antítesis de lo que en algún momento fui.

Dejé de confiar en las personas y, aunque suene horrible, la bondad me la guardo solo para mí.

 

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