Mi historia comenzó hace algunos años, en enero de 2012. Empezó como cualquier relación, yo venía de separarme y él estaba en la misma. Uno empieza con esperanzas de que sea esa persona quien lo rescate de la soledad. A pesar de tener dos bellos hijos, yo pensaba así.

La primer cachetada fue por mi culpa. Por hacerle una broma y terminar con un “¡qué hijo de puta!”. Eso desató una terrible pelea en la que no pude convencerlo de que se fuera de mi casa. Mis hijos no estaban y nadie se enteró de nada. Por lo que perdoné.

Admito que mi autoestima estaba por el piso y yo fui quien le pidió que siguiéramos, por supuesto con la promesa de que nunca más iba a pasar. Soy una persona optimista que piensa que todos debemos perdonar porque equivocarse es factible. Y eso dije. Esa fue mi respuesta a mi hijo de 9 años, meses después cuando me preguntó “¿pero por qué lo perdonas?”.

A esa altura ya podía contar con varios golpes, insultos e incluso en una ocasión me sacó la ropa a tirones y empezó a patearme en el piso. Esa vez, lamentablemente estaban mis hijos. Me avergüenzo de sólo imaginarlos en su habitación con miedo, escuchando gritos, golpes, el llanto de su mamá.

Hice la denuncia a la policía. Se lo llevaron soltándolo a las pocas horas porque, claro, yo no estaba muerta. Y aunque es difícil de creer, volví a caer en sus mentiras. Es que es tan de a poco todo, tan progresivo que no te das cuenta en qué momento pasa, en qué momento estás envuelto en las peores peleas, con un tipo amenazando cortarse, cortarte o matar hasta a tu perro. Es tan sutil la manipulación.

Porque empieza con celos inocentes, con comentarios negativos hacia las personas de tu entorno, con prohibiciones a salir con amigas, con descalificativos que terminás creyéndote.

Él llegó a perder su trabajo por llevarme y traerme a todos lados. La posesión era inmensa.

Le hice tres denuncias en 9 meses. En el poder judicial ya no me creían y tenían razón, pero juro que hubiera dado todo porque me agarrara un buen psicólogo en ese momento. Porque es complicado darte cuenta solo de lo que te está pasando, que la persona que querés ya no va a cambiar, ni siquiera por el amor que jura que te tiene.

Tuvimos varias separaciones en las que incluso hasta sus padres intervinieron, pidiéndome que lo perdonara porque su hijo se moría si no estaba conmigo. Tenía muchos enfermos a mi alrededor.

Hubo gente a mi alrededor que quiso ayudarme, que me acompañó a la comisaría, que lo sacó de la casa a los golpes en alguna pelea de esas sin motivo pero repito: la manipulación es tan sutil… le fue muy fácil manejarme a su antojo.

No sé cuándo fue el click, cuándo comencé a cansarme de los golpes, violaciones, insultos, rebajadas pero sí recuerdo la última vez: fue cuando mi hija se metió porque me escuchó llorar, quiso pegarle y él nos encerró en una habitación. Él se quedó con nosotras adentro, amenazándonos. Pude convencerlo de salir y mi hija fue quien llamó a la policía, explicó la situación, les abrió la puerta. ¿Yo que hacía? Intentaba que él no me convenciera otra vez, intentaba no aflojar ante sus súplicas para que la policía no se lo llevara por enésima vez. Lo atraía hacia mí para que no le hiciera nada a mis hijos.

Al final se lo llevaron y volvió a salir a las horas. Comenzó a llamarme y esa mañana tuve 96 llamadas perdidas y 57 mensajes además de mails. Llamó a mi trabajo inventando mentiras sobre mí, ámbito en el que no tuve ni el menor apoyo porque “yo me la buscaba, si ya lo había perdonado, seguro que me gustaba”.

Después de esa última pelea, no volví con él. Lloré todos los días durante un mes para no volver al círculo vicioso, me refugié en mi familia, hice los miles de trámites que te piden para hacer la prohibición de acercamiento. Sí es verdad que me embronque cuando vi que a él no le pasó nada, sólo le pintaron los dedos dos veces pero se presentaba impunemente en la vereda de enfrente, me llamaba a mi trabajo, se me seguía apareciendo. Incluso volvió con su ex-esposa y hasta ella me amenazaba.

Poco a poco pude fortalecerme, empezar a quererme, comenzar terapia, acercarme a mis hijos y conocer hace un año a un hombre con todas las palabras. Me di cuenta que no son todos iguales, que cuando uno no está bien con uno mismo, se rodea de gente insana y cae en estas cosas.

Tuve mucho, mucho miedo, pero pude decir “nunca más a mi lado”.

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