Empecé a hablar con él cuando tenía 20 años, por Facebook. Él de La Plata, yo de Córdoba.

Todavía me acuerdo cómo me enganchó: escuchándome, aconsejándome, teniendo charlas profundas durante horas por teléfono o Skype, haciéndome creer que él todo lo sabía. Y para mí era así, porque su forma de hablar y sus argumentos demostraban una inteligencia particular. Estaba obnubilada por esta persona y hasta sentía que lo amaba.

Pero todo era un poco raro y yo en el fondo lo sabía. No me dejaba contarle a nadie sobre nuestra relación porque eso era “traicionarlo”, y a los 6 meses de hablar me pidió viajar para allá, sin decirle a nadie. ¿Y qué podía hacer yo? si tenía miedo de perderlo. Fui, no sólo una vez, sino dos, sin que nadie supiera, pagando por todo yo misma.

A la segunda vez, la culpa me carcomía la cabeza, por lo que llamé a mis viejos para decirles que no estaba en Córdoba, sino en Buenos Aires, que había ido a ver a alguien. A partir de ahí ellos comenzaron a pensar que me habían secuestrado y que me estaban obligando a decir eso para que no intervenga la policía, porque… ¿cómo es posible que la nena de la casa haga algo así? si ella no es de hacer estas cosas osadas, si ella nunca nos mintió. La estudiante de mejor promedio de la facu, la que estaba por rendir la tesis en una semana. Volví inmediatamente a Córdoba, con todo el mundo llamándome cada 3 minutos.

Cuando las cosas se calmaron, era mi familia contra mí. No me hablaban pero yo seguía yendo a ver a mi novio a La Plata, y él me decía que si estaban enojados era su culpa, porque “vos no estabas secuestrada. Ellos se hicieron la cabeza, y ahora no me quieren por algo que ellos mismos se inventaron. Vos ignoralos, como ellos te ignoran a vos”. Tenía razón. Y la única persona que me quedaba para confiar era él, porque mis amigas no lo aceptaban, y entonces yo empecé a no aceptarlas a ellas.

Empecé mi segunda carrera y faltaba a 2 clases por mes para poder viajar. Las cosas se empezaron a complicar. Cada llamada de teléfono, cada mensaje de texto que recibía o escribía, mi cuenta de Facebook, todo empezó a ser controlado por mi novio. A veces se hacía pasar por mí y le tiraba palos a chicos de mi curso o mi pueblo, para que se me “declararan”, y así yo los bloqueara.

Un día decidí explicarle la situación a una de esas personas y pedirle perdón. Obviamente se lo tuve que contar a mi novio, porque sabía que era mejor que se enterara por mí a que lo descubriera él. Me costó perder mi correo de gmail y todos los mails que tenía de trabajos y clientes. Me robó la cuenta y yo callada; me lo merecía por traicionarlo.

Paso un año y medio y por fin él vino por primera vez a Córdoba, en enero, cuando desde noviembre  estaba en mi pueblo y no había pagado facturas del departamento. No teníamos luz. Las cosas que me empezó a decir cuando llegamos fueron tan fuertes que no las puedo recordar, porque al escuchar la frase: “inútil como toda tu familia”, me bloqueé y tuve un ataque de pánico.

A partir de ese momento, cada vez que sentía miedo, comenzaba a tener lagunas mentales o a no recordar con exactitud qué me decía o pasaba, por lo que cada vez que él me preguntaba sobre algo que dijo y yo no lo recordaba, me decía que yo tenía problemas de memoria y lo aprovechaba para herirme aún más: “te acordás de… bah, no sé por qué te pregunto si no te acordás nunca de nada. Debes tener un problema.”

Paralelamente, a mi abuela le habían diagnosticado Alzheimer, por lo que me empecé a angustiar mucho. Cada vez que me decía algo de mi memoria, me acordaba de ella.

Era muy exigente conmigo. Tenía que leer libros que él me “recomendaba”, hablar correctamente, incorporar más vocabulario en mis oraciones, eliminar mis expresiones cordobesas, y contarle sobre mis avances en estudio y trabajo. Era tanta la poca tolerancia que tenía hacia esas cosas, que un día pasó lo siguiente:

Él se estaba bañando, yo por preparar el almuerzo.

– ¿Te molesta si uso la olla para cocinar?

– ¿qué olla? yo no tengo ninguna olla.

– la que está sobre la cocina.

Acto seguido, sale completamente mojado del baño, desnudo, agarra la olla y dice – “¿esto? esto es una sartén” – Revolea la sartén hacia una puerta, haciéndola pasar a pocos centímetros de mi cara y finaliza: “¿tenés miedo de que te pegue? no te voy a pegar”. Pasadas unas horas me pidió perdón.

En enero del año siguiente, vuelve a Córdoba. Esta vez no funcionaba la heladera, la cual me había hecho renegar durante todo el año y no podía cambiar por falta de plata. Pero como la había hecho arreglar y enfriaba bien, no la supuse un problema.

Compramos una torta helada, y a las pocas horas, cuando la encontró derretida, la revoleó por la ventana hacia la pared del patio del departamento de abajo. De nuevo salen de su boca las palabras “inútil”. Yo bloqueada otra vez.

Los ataques de pánico (que ya eran más seguidos) me hicieron empezar terapia, porque no sabía qué pasaba. La psicóloga me decía que probara con decirle “no” a mi novio de vez en cuando, sin miedos, que la mayor parte de la relación era por teléfono, y que el primer “no” iba a ser cuando él me pidiera que le contara qué había hablado en la sesión.

Dicho y hecho, me pidió detalles de la terapia, y al escuchar un “no” por primera vez, se enojó y me cortó. Volvió a llamar a la noche para amenazarme con que iba a mostrar videos donde cogíamos, y volvió a cortar el teléfono. Llamé desesperada a mi psicóloga para contarle lo sucedido, y me dijo “te va a volver a llamar. No lo atiendas, si lo atendés va a tener poder sobre vos y va a lograr que hagas lo que él quiera”. De acuerdo con las predicciones de mi psicóloga, volvió a llamar, yo le cortaba el teléfono cada vez, y me escribió un mensaje: “quiero que hablemos bien y tranquilos”. Lo atendí. Me dijo que dejara urgente a esa psicóloga, que no quería que nadie se interpusiera entre nosotros, porque sabía lo que ella estaba haciendo. Lo hacía pasar por el malo y que lo único que él quería era que yo mejorara. Siempre me quería ver mejor y por eso se metía en cada pedazo de mi vida.

La dejé, pero más por miedo a lo que él podía llegar a hacer.

Al tiempo, cuando todo esto había pasado, empecé terapia con otro psicólogo, con la excusa de ir a hablar sobre mi abuela. Por desgracia ella había empeorado y yo me sentía abrumada, porque eso se sumaba a que no me llevaba muy bien con mi familia.

Sí, hablaba de mi abuela en la terapia, y casi nada sobre mi novio, por lo que él no se opuso a que siguiera yendo.

Al poco tiempo, la madre de mi ex novio fue diagnosticada con leucemia, por lo que estuvimos un año y pico hablando muy poco, sin vernos en absoluto. Durante ese tiempo nunca había sentido tanto alivio, y al no tener que rendir cuentas de la sesión con nadie, empecé a abrirme más y me fue ayudando a reforzar un poco mi carácter.

Fallece la madre, y en un mes ya estábamos hablando un poco más fluido por teléfono. Las cosas estaban empezando a volver a la normalidad, y yo me empecé a resistir. Comencé a contestarle, y a enojarme por cosas. No tomó más de dos días para que él quisiera hacer lo mismo que la primera vez que le dije que no. Me dijo: “en este tiempo estuve con dos personas cercanas a mí, la única diferencia es que una sabía que estaba con otra”. Acto seguido, me bloquea de WhatsApp. Le escribo por mensaje: “ojalá se resuelvan todos tus mambos” y lo bloqueo de todos lados. No quería saber nada más, y no iba a cometer el mismo error de antes, dándole la posibilidad de hablar.

Pasé dos meses libre de él. No tenía noticias y estaba contenta.

Un domingo a las 4 de la mañana me llaman en privado. Asustada, pensando que había pasado algo en mi casa, atiendo inmediatamente. Al escuchar ese “hola”, con la misma inmediatez que atendí, corté. Dos, tres, y a la cuarta vez que suena mi teléfono atiendo:

– ¿Qué querés?

– no me contestaste más mi mensaje ¿no lo viste?

– no, porque te tengo bloqueado.

– no puedo creer que te hayas creído que estuve con otra mina cuando estaba con vos. No me conoces para nada. Pero no importa, lo hice para probar algo que terminé de corroborar… ¿querés saber qué?

– la verdad que no me interesa. Cualquiera haya sido la razón, no hay forma de que sea algo bueno. *corto*

Sigue llamando, y pongo el teléfono en modo avión.

Consejo del psicólogo: denuncialo porque puede venir hasta Córdoba a buscarte, y si pasa lo más mínimo, tenés con qué defenderte.

En febrero de este año, 6 meses después de esa llamada, me escribe por Facebook (no lo había bloqueado por ahí porque después de que nos conocimos, nunca más lo usó, por lo que ni me acordaba que tenía uno).

Le digo que no me interesa restablecer una comunicación con él.

En agosto, recibo una llamada privada un miércoles a las 3 am. No contesté.

Todavía sigo con un poco de miedo de que aparezca.

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