A los 14 comencé un pololeo que duró 4 años. Al principio todo fue maravilloso y siempre lo amé más que a mi vida, claro está.

No me di cuenta de cómo comenzó la violencia, hasta el día de hoy no lo sé. Pero al principio lo encontré normal, quizás un empujón o un zamarreo “no eran para tanto”, él siempre me juró que iba a ser la última vez, y realmente yo le creía.

Solía buscar momentos en los que estábamos solos, así yo no tenía a quien pedir ayuda. Recuerdo que una vez me estaba golpeando y me sentí tan desesperada y tan sola que no podía creer que no tuviera ni a una sola persona que me quisiera y se diera cuenta de lo que estaba pasando.

Un día me golpeó frente a su hermana, se había desesperado porque yo no me quería acostar con él y salí de la habitación para pedir ayuda. “Tienes que entenderlo”, me dijo ella en complicidad.

Por supuesto que después de cada golpiza él se arrepentía, me pedía perdón y lloraba. Me costó mucho darme cuenta de que yo era la víctima y que no tenía por qué ser quien lo consolara.

Recuerdo que la última vez, yo estando embarazada de 4 meses, me golpeó con un fierro en las piernas. Quedé llena de moretones, pero, afortunadamente, no le pasó nada a mi hijo.

Hoy en día él está bien, si no fuera porque lo tengo nunca habría podido salir de aquel ciclo de violencia. Sólo mi hijo me dio fuerzas para seguir adelante. Actualmente mi ex pololo no tiene rumbo en la vida y yo estoy terminando mi carrera universitaria.

Nunca me había sentido tan feliz y libre como estos últimos años sin él.

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