Es difícil aceptar que uno ha sido víctima de violencia de género, sobre todo cuando estaba convencido de que no fue así.

Como leí en otro relato, yo también fui víctima de un padre violento.

Aunque todo comenzó con mi mamá, mi memoria selectiva solo guardó escasos momentos de violencia. Él siempre inculpaba a mi mamá de todo lo que había pasado ya que se había separado luego de que él empezara a salir en secreto con nuestra niñera. Sólo puedo recordar a mi madre, revoleándole un recipiente de vidrio mientas se iba, y él, como buen psicópata, diciéndonos a mí y a mis hermanos: “Ven, su madre es una hija de puta. Los quiere dejar sin padre.” Contar esto me pone muy triste dado que durante años pensé así de ella, estuve cegada.

A medida que pasó el tiempo y fuimos creciendo, mi mamá formó pareja y tuvo un hermoso bebé. Yo no me llevé bien nunca con su marido, y de hecho, en una ocasión discutimos y decidí rime a vivir con mi papá. Me encontraba en el último año de secundaria y por eso me daba mucha fiaca ir al colegio, un día simplemente no quise levantarme y el arremetió contra mí. Me sacó de la cama tirándome del pelo y me propinó tal golpiza que me quedé tendida en el suelo tratando de procesar lo que había pasado. Estaba confundida, no sabía qué había hecho mal como para merecerme eso. No solo me encontré hundida en cierta confusión sino también sola. Cuando él se fue, llamé a mi mamá. Esa noche me quedé a dormir con ella, pero al otro día tuve que irme porque tanto su pareja como yo no teníamos ganas de estar en la misma casa.

Pasamos tiempo sin hablar aunque vivíamos en la misma casa. En el velorio de una de mis abuelas se las arregló para ganar terreno y volver a convencerme de que era un buen padre.

El año pasado, en una mudanza, encontré una caja con papeles. Entre ellos había numerosas denuncias que mi mamá le había hecho, al leer todo eso, mi corazón se encogió. Eran increíbles las cosas por las que ella había pasado sin que nosotros supiéramos. Obviamente la justicia es lenta y ella nunca recibió ayuda. Enseguida le pedí a mi mamá que me contara como había sido todo, hizo silencio. Me contó.

Cuando mi papá llegaba a casa borracho, la golpeaba, al igual que si ella sospechaba que la engañaba. Solía taparle la cara con almohadas y golpearla de ese modo para que no le quedaran marcas. La estrujaba y la ahorcaba con la misma normalidad que cuando jugaba con nosotros. La hacía sentirse insignificante. Ese era mi padre, el capo, el infiel, el golpeador; y ella, la víctima más vulnerable, la más pequeña. Yo tenía 7 años cuando todo esto sucedió, hoy tengo 21.

Nunca más volví a mirarlo de la misma forma, hasta tengo miedo de estar con él porque es una persona bastante iracunda. La verdad es que lamento mucho que mi mamá haya tenido que vivir callada, como lo hacen tantas mujeres sólo por querer preservar el modelo de “familia ideal”.

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