Entré al juzgado. Vi a mi familia y a los abuelos de mi bebé. En el otro extremo estaban la jueza, el fiscal y el abogado defensor. Frente a mí, Emilio, mi ex marido.

Cuando se dictó sentencia, sentí un alivio indescriptible. La sensación de recibir justicia es inexplicable. Fueron 62 años de prisión para el hombre que arruinó mi vida y la de mi hijo.

Soy mexicana, tengo 27 años y conocí a Emilio a los 16. Él no era una persona de mi interés, de hecho no lo veía como una potencial pareja, no teníamos nada en común. Al tiempo que entré a la universidad, comencé a pasar por un período de depresión muy grande y ahí fue cuando dejé que entrara en mi vida. Estaba perdida. Ni dudé en decirle que sí cuando me preguntó si quería ser su novia.

Los primeros indicios de maltrato fueron pequeños comentarios que tenían como finalidad doblegar mi ego. En una ocasión arreglé mi cabello para que Emilio me viera más linda, pero lo único que recibí de su parte fue “¿por qué no te peinaste hoy?”.

Durante nuestro noviazgo solía mentirme con respecto a su salud. Hasta llegó a inventar que tenía cáncer y que estaba bajo tratamientos carísimos. También me decía que si su corazón le fallaba una vez más, debía viajar al extranjero para comenzar otro tipo de tratamientos. Intenté terminar la relación reiteradas de veces, pero yo siempre cambiaba de opinión porque no quería que sus enfermedades empeoraran por mi culpa.

Poco a poco me prohibió ver a mis amigas, se excusaba diciendo que eran mala influencia. También checaba mis redes sociales, mi celular, mi forma de vestir, peinado y maquillaje.

A base de engaños me casé con Emilio.

Al tiempo me enteré la verdad sobre su salud. No hice nada porque básicamente no tenía a donde ir. Había dejado la universidad, mi casa y hasta a mi familia.

Sus padres ofrecieron mantenernos mientras él terminaba la universidad, pero realmente nunca se esforzó por hacerlo. De hecho nunca la terminó. Algunas veces me obligaba a hacer sus tareas, y si no estaban muy bien, se enojaba y me lo recriminaba.

Los golpes llegaron con el embarazo. Cada uno de ellos me desgarraron el alma. Me convirtieron gradualmente en esa mujer que ves en televisión siendo maltratada sin hacer nada al respecto. Me convertí en esa. La que pensé que nunca podía llegar a ser.

A los 5 meses de embarazo me encontré preocupada por mi futuro y el de mi bebé. Emilio no se esforzaba en terminar de estudiar y a ese paso nunca iba a poder trabajar. Yo ya contaba con las necesidades básicas de una mujer embarazada y cuando llegase el bebé, estas aumentarían. Me dio rabia pensar en la posibilidad de que a mi hijo le falte algo, entonces le grité. Comenzamos a discutir y en un momento lo desafié “¿qué vas a hacer? ¿Vas a golpearme? Si no eres más que un cobarde, hazlo si te atreves”. Me arrojó sobre la cama, se subió sobre mí y recibí una cachetada. Salió del cuarto. Cuando regresó me pidió disculpas y prometió nunca volverlo a hacer, pero también me culpó por haberlo provocado.

Cuando mi embarazo estaba casi a término, mi situación de salud fue muy delicada. Estuve en terapia intensiva unos 15 días y Emilio no permitía que mi familia se me acercara.

Decidí terminar con él cuando mi pequeño Alexis tenía 3 meses. Recuerdo que me golpeó y me dijo que me fuera. Tomé a mi bebé y me dirigí hacia la casa de mi padre.

Los psicópatas tienen esa sutil forma de hacerte sentir mal por cualquier motivo. De algún modo terminan siendo las víctimas y te obligan a pedir perdón por algo que tú sabes perfectamente que no hiciste. Te dan una golpiza y al rato te piden disculpas. Cuando te ven golpeada, preguntan “¿qué te pasó?” y debes responder cosas como “me pegué con la puerta” o “me caí en las escaleras”. Pero ni siquiera tú misma te lo crees.

Pasaron tan solo dos meses para que yo regresara con él. Emilio consiguió un trabajo y arregló unos cuartos al fondo de la casa de sus padres para que podamos vivir allí. Se había vuelto muy cariñoso y me prometió que iba a cambiar por nuestro hijo. Creí que se había arrepentido.

A los dos meses él abandonó su trabajo y volvieron los golpes. Yo me hice cargo de todo. Conseguí un empleo, pero él me quitaba el dinero que me ganaba trabajando 12 horas diarias. Eso no le alcanzaba, también debía llegar a casa y limpiar porque según él, eso es lo que las mujeres deben hacer.

Con 24 años ya tenía un hijo, 4 intentos de suicidio y me volví alcohólica. Muchas veces le supliqué que dejara de golpearme y que mejor me matara. También le rogué infinidad de veces que nos divorciáramos. Hasta cuando me fue infiel le pedí que no vuelva y se quedara con su amante.

El día en que me acusó de engañarlo con su propio hermano, me castigó de la peor forma, se llevó a Alexis.

Fueron nueve meses de incertidumbre sin saber nada de ninguno de los dos. Empecé terapia y realicé mi divorcio obteniendo la custodia de mi niño, pero como seguía sin aparecer, decidí inventarle a Emilio que volveríamos a estar juntos.

Quedamos de vernos en una plaza. En cuanto me dejó cargarlo, lo abracé lo más fuerte que pude y corrí hacia donde estaban los policías del parque. Les dije que me ayudaran y después de horas en el ministerio público, finalmente pude llevar a Alexis a casa.

No sé si estaba tan segura, pero creí firmemente que mi vida iba a mejorar. Tenía planes, un buen trabajo, una casa y el apoyo de mi familia.

Las siguientes líneas serán muy difíciles de escribir, pues al recordarlo, mis ojos arden en lágrimas, mi corazón se encoje y mi alma muere con cada palabra.

El 30 de septiembre de 2012 permití que Emilio visitara a Alexis, ya que no podía quitarle la posibilidad de tener un padre. Todo marchaba normal, hasta que pidió llevar a mi hijo al baño.

Los dos entraron, pero solo uno salió.

Al notar la ausencia del niño, mi padre se acercó al baño y descubrió el pequeño cuerpo de mi hijo tendido en el suelo. En ese mismo instante fue interceptado por Emilio, quien lo apuñalo.

Intenté buscar ayuda. Llamé a los gritos a mi hermana y a su esposo pero era muy tarde. Alexis estaba muerto y mi padre desangrándose en el suelo.

En efecto, mi padre terminó en terapia intensiva, luchando por su vida; Emilio hospitalizado por las heridas cortantes que él mismo se había provocado para inculpar a mi padre de todo lo sucedido; y yo encarcelada mientras realizaban las pericias, encontrándome destrozada por la muerte de mi hijo Alexis.

Dos días después pude sepultar a mi pequeño.

Los dos años que llevó el juicio fueron de los más largos de mi vida. Soportar los careos, las fotografías y la propia autopsia de mi bebé me destruyeron. Hasta tuve que ver el arma con la que fue asesinado.

En este 2015 mi pequeño cumpliría 6 años de edad. Hoy me encuentro embarazada de mi actual pareja, quien fue vital apoyo para mí. Siento que la vida me dio una segunda oportunidad para ser feliz. He madurado y he aprendido que la violencia no estará nunca más dentro de mi familia. Saqué fuerzas de donde no existen para seguir adelante.

Con la ayuda de Dios y de la justa sentencia, pude perdonar a Emilio por todo lo que su violencia desmedida generó.

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