Me lo presentó un amigo. Desde ese día sentí una atracción indescriptible, era tan amable y carismático que solo bastaron un par de meses para comenzar una relación. Yo tenía 17, casi 18.

Pocos meses fueron suficientes para que empiece con los toqueteos. Al principio me negué pero después comencé a ceder ¿Qué podía tener de malo? , pensaba yo. Pero sí, algo malo tuvo, él siempre quería más y nada de lo que yo quería le era suficiente. Cuando le decía que no, él se molestaba tanto que lograba hacerme sentir horrible y me autoconvencía de que estaba haciendo las cosas mal.

Al mismo tiempo, empezamos a discutir frecuentemente. Eran pleitos insignificantes pero, de a poco, empezó a levantarme la voz. Las primeras veces le contestaba pero después callé, por miedo supongo.

A medida que pasaba el tiempo, aumentaba la intensidad de nuestras peleas. Ya me insultaba y hasta me gritaba enfrente de su madre. En una ocasión, se enojó porque no le avise que salía de casa, y cuando volví vi su auto estacionado en la puerta. Yo me hice la que no lo había visto, él aprovechó, puso primera y se fue. En cuanto entré a casa me llegó un mensaje de Facebook: “más te vale que cuando vaya para tu casa estés ahí”. Le dije que no me gustaba la forma en la que me estaba hablando, pero se excusó diciendo que yo tenía la culpa y que era una mal agradecida. Finalizó la conversación con una amenaza.

Fue entonces que comencé a preguntarme dónde había quedado aquel chico que todos los días me decía “te quiero”, ese que no peleaba por nada. Supe plantearle mi desconcierto pero él lo sintió como una presión y todo se tornó peor.

Decidí terminar la relación un día que nos encontrábamos discutiendo en su casa. Simplemente, y sin decir más, tomé mis cosas, me paré y direccioné hacia la puerta. “¿Te vas a ir? Si te vas no cuentes conmigo nunca más”, me dijo. Pero yo estaba convencida, debía irme.

Por desgracia tuve que seguir viéndolo, dado que estudiábamos en el mismo lugar. Le hablaba meramente por asuntos escolares cuando era necesario.

Dentro de mí reflexionaba y me preguntaba cómo podía ser cierto todo lo que había pasado. Comencé a pensar con mucha nostalgia en esos primeros dos meses llenos de amor que habíamos pasado. Fue allí donde reaccioné y me prohibí a mí misma pensar en eso. Me di cuenta que no debí haber permitido esos gritos, insultos y amenazas.

Hoy en día agradezco a Dios que nunca me haya puesto una mano encima porque sé que no lo merezco, y tampoco ninguna mujer.

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