Mi primerísimo primer recuerdo apareció cuando tenía alrededor de 14 años y la escena era más o menos así: con 4 o 5 años, yo estaba acostada en el sillón de la casa de mis abuelos, mi padre cocinaba fideos con salsa, yo lo extrañaba porque los dibus ya me estaban aburriendo. Con la insistencia y perseverancia que me caracteriza, lo reclamaba una y otra vez con la frase “Paaaa, ¿te falta mucho?”, a lo que él me contestaba: “No, hija, termino de rayar el queso y voy”. A la segunda o tercer repetición (seguramente tras varias advertencias, no lo recuerdo pero me gustaría creer que sí) mi abuela materna me embocó un cachetazo.

Que este recuerdo haya aparecido a los catorce años no es casualidad. Enterarme por mí misma que experimenté a tan temprana edad una situación violenta no me sorprendía, era moneda corriente en mi vida.

Tendría que arrancar a contar desde el principio para dar contexto a estos cabos sueltos. Así es como me sale y ojalá puedan seguirme el hilo, mi intención no es que les interese sino poder expresar todo esto que me pasó, ya que es la primera vez que me animo a reproducir.

Tenía 3 años y mis padres había decidido divorciarse, no tengo presente nada de esta época, los recuerdos comienzan a los 4 haciéndose mas vívidos hacia los 5, acá es cuando ocurre mi primera experiencia violenta, la que mencione anteriormente, marcando el comienzo de una infancia negra.

Mi madre conoció a un hombre, Marcelo. Empezaron a salir, venía a casa, se quedaba a dormir, jugaba conmigo, me quería. Marcelo le tenía mucha bronca y odio a mi papá por motivos que todavía desconozco; fue una noche de verano cuando viví mi segunda experiencia violenta. Mi papá, Gabriel, había ido a buscarme a mi casa porque esa noche me tocaba dormir con él, tal y como se había acordado en el divorcio. Yo ya estaba con mi bolsita del jardín y mi mochila con ropa en la vereda, lista para irme, contenta… Hasta que salió Marcelo, a los gritos, enojado, me tomó de un brazo tironeándome para alejarme de Gabriel, comenzó a amenazarlo y a golpearlo. Mi padre quedó tirado en la vereda.

Nunca más lo volví a ver.

Mi mamá estaba felizmente enamorada, manipulada por este hombre, cegada de amor casi adolescente y… embarazada. Su relación duró 8 eternos años, durante esos 8 años yo perdí muchas cosas: mi nombre, ya no era Marina, era “nena”; mi autoestima “petisa, ¿no tenés pensado crecer nunca?”; cuando empecé a desarrollarme, en “joda” me tomaba un pecho y decía “mirá las tetas que estás pegando, pendeja”, con la excusa de que había que cuidar el agua me apagaba el termotanque a los 3 minutos de haberme metido en la ducha, o peor, se metía a bañar conmigo. Era un maltrato tras otro, con una destreza para que sonara a chiste, para que nadie se diera cuenta, increíble. La peor etapa fue cuando empezaron los malones o los cumpleaños con amigos hombres. Eran pocos a los que podía ir porque dependía de su buen o mal humor, y si estaba en sus buenos días tenía que pedirle por favor que me dejara ir hasta 5 minutos antes de la hora para la que estaba citada. Sé que disfrutaba ese ruego. De más está decir que me vestía como él quería, porque él mandaba y mi madre, enamorada y aún manipulada, feliz de ver como él supuestamente me había adoptado como un hija, acataba sus ordenes y deseos siempre y sin chistar.

Mi preadolescencia fue un padecimiento: toqueteos, manoseos, desmerecimiento, violencia verbal, psicológica, también “económica” porque él me decía “vos comés porque yo te mantengo, tendrías que estar agradecida”; durante esa etapa fue que yo desarrollé mi carácter, empezaba a hacerle frente porque veía que a mis amigas del colegio eso no les pasaba, que lo que yo vivía no era normal, y peor: que no estaba bien que me pasara. Eso fue lo que desató el calvario, me despertaba a la madrugada sin que mi madre se enterase para que yo escuchara como tenían sexo (exageraba ruidos), si decía u opinaba algo que a él no le gustaba me hacía sentar en un sillón y preguntarme “¿Por qué?” una y otra y otra vez a modo de tortura hasta las 2 am o hasta que se cansara (todavía no sé qué respuesta esperaba, nunca le di una. Si el me hacía sufrir, yo también a él -por lo menos con lo que podía- y sólo me reducía a contestar “Porque sí”) pero todo esto no era nada comparado con lo que mi pseudo rebeldía provocó, las situaciones no dejaban de empeorar. Todo se da en un espiral hacia abajo, con leves y sutiles momentos en los que demostraba una pizca de benevolencia fingida, muy bien fingida. Él sabía que yo amaba a mi mamá, que me estaba callando todo esto por seguir viéndola feliz con su bebé y su marido, y atacó por ahí. Cuando algo le molestaba (ya no era necesario que provenga de mí, sólo bastaba que haya tenido un mal día en el trabajo), me hacía armar un bolso cuando mi madre se dormía, me subía a la camioneta y me llevaba a la puerta de un hogar de niños. Me bajaba, revoleaba mi bolso rojo que tanto me gustaba y que mi mamá me había comprado para la playa, cerraba la puerta y me dejaba ahí parada, de noche. Hasta que a los 15 minutos o media hora volvía a buscarme. No puedo explicar esa sensación de desesperación, de sentirte indefensa y triste a la vez, con esa tristeza que te invade y te enfría los huesos, el alma. Es indescriptible el miedo, el terror que por reacción biológica te hace abrir grandes los ojos y estar alerta cuando lo único que querés es cerrarlos y no estar viviendo eso. Se te vacía el pecho, sentís que no hay sentimiento ni situación peor a esa. Y no, no la hay.

Siempre volvía para volver a ver a mi mamá, que nunca se enteraba de esto. El viaje de vuelta a casa me repetía “Esto lo hago para que aprendas, ¿entendiste?”

A mis 14 años, le blanquea una infidelidad de años a mi mamá y se separan. Pero no todo terminó ahí. Dejo a mi madre sin trabajo (la echó de su empresa, nunca llegaron a casarse entonces no le correspondía la división de bienes, él le dejó o nos dejó la casa). Al tiempo de separados, él se mudó con su nueva novia, comenzaron sus llamados telefónicos cuando sabia que mi mamá trabajaba: “Hola pendeja, volá todas las pelotudeces que hiciste en cerámica del living. Quedan horribles”. El terror apareció de nuevo, había entrado a mi casa.

Además de llamados, cuando sabía que no había nadie venía con un palo y rompía todos los vidrios y espejos de la casa, se afanaba los electrodomésticos, me vaciaba las botellas de gaseosa de la heladera en la cama y en la ropa.

Mi madre conoció lo que yo conocía hace años, al Marcelo violento, desquiciado, loco.

Cada intervención de este psicópata en nuestras casas y vidas tenía su correspondida denuncia pero en ese entonces no existía ley de femicidios ni mucho menos, en definitiva no nos daban bola. Es más, el policía que siempre venía a casa cada vez que había un problema, le mandaba mensajes a mi vieja queriendo levantársela.

Si me cruzaba en la calle me tiraba el auto encima, me llamaba a la madrugada, me seguía por el barrio.

Un día llego al límite: la citó en su nueva casa a mi mamá para, supuestamente, charlar sobre la cuota alimentaria de mi hermana. Por esas putas cosas de la vida mi vieja accede (por lo que leí esto es más normal de lo que parece. El psicópata violento y manipulador, lo hace muy bien). Ya en su casa él la encierra en el garage, la golpea le hace poner la espalda contra la pared mientas le apunta en la nuca con una pistola. Su fin era matarla.

No supe de mi mamá hasta la madrugada. Llamé a mis tíos para que me ayudaran.

No sé cómo, pero mi mamá se pudo escapar. Lo denunció y sólo consiguió una restricción por 300mts.

Él vive feliz en su casa con su ahora esposa y su nuevo hijo. A mi hermana muy de vez en cuando le manda un mensaje para ver como está.

Por un tiempo nos acostumbramos a vivir con miedo, pero creo que ya lo superamos, aunque sabemos que un día, cualquier día, puede pasar lo peor.

La violencia se puede dar de muchas maneras, yo las viví todas. Y aún me culpo y creo merecer algunas de las situaciones que viví. Los daños de un psicópata de este porte llegan a dejar secuelas impensadas, que vas descubriendo a medida que vas viviendo.

Yo puedo contarlo por vez primera, pero con un dolor que me desgarra. Este dolor le pertenece al estado por habernos dejado indefensas, al perpetrador de mi sufrimiento y a los violentos que cumplieron su cometido de callar para siempre a mujeres como yo, como mi mamá.

Basta, por favor.

Todavía no volví a ver a mi papá. Ni sé de él.

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