Soy licenciada en relaciones internacionales y tengo un máster en gestión pública. Yo era de las que leía y veía en la televisión como había mujeres golpeadas y pensaba que eso nunca iba a pasarme. ¡A mí no! Yo era una mujer preparada.

Tenía 28 cuando me enamoré. La primera vez que me golpeó lo hizo en mis manos. Fue un golpe leve. Yo estaba exagerando, o eso me hizo creer. Me fui a vivir con él y la convivencia agudizó todo. Las peleas terminaban en empujones.

Recuerdo que un día llegó y le reclamé su falta de atención. No me tocaba, no salíamos juntos y cuando lo hacíamos, miraba a los hermosos cuerpos de otras chicas. Vivíamos en la playa, lo cual favorecía esta práctica. Reclamé, pues me di cuenta que me sentía la mujer más fea del mundo. Caminaba de su mano agachada y prefería hacerlo así, porque de esta manera dejaba de ver a las chicas que él miraba.

Le pedí amor y lo que recibí fue un golpe de puño directo a la cara. Aquel movimiento me dejó sentada en la cama. Mi corazón latía frenéticamente. En la habitación solo se escuchaba el ruido del aire acondicionado, pero en mi boca algo amargo y salado daba cuenta que un buche de sangre llenaba mis cachetes. Lloré muchísimo. Él también y me dijo que lo perdonara, que ese no era él, que no lo volvería a hacer y yo le creí.

Las peleas y los golpes siguieron hasta que un día frente al espejo, tratando de maquillar mis moretones, sentí pena. Pena por mí, vergüenza y muchas ganas de salir corriendo, pero eso mismo que sentía me detenía: ¿cómo iba a decirle a mi madre que tenía razón? Que me había equivocado, que a pesar que él salía en los periódicos, daba entrevistas porque es una figura pública, a mi me trataba como basura. ¿Cómo le iba a explicar a mi familia que esa mujer que se tituló con honores de la universidad, que trabajó en el extranjero, que se ganaba becas por sus excelentes notas, que había viajado por toda Europa, ahora estaba viviendo este horror? No podía.

Creo en Dios. Creo que tuvo compasión de mí. Muchas noches después de las violentas peleas, cerraba los ojos y le pedía que me sacara de ahí. Y así lo hizo. Me ofrecieron un trabajo en otro lado y ese fue el pretexto para poder irme.

A pesar de todo, él fue quien terminó la relación por teléfono. No pude hacerlo. Cuando lo hizo no podía entender el dolor inmenso que su abandono me provocaba. Él me humilló, me violó, me golpeó y a pesar de eso no concebía mi vida sin él. Estaba completamente enferma. Esa relación me había enfermado.

Hoy, después de dos años y de largas terapias, comprendo que la violencia no respeta clases, ni edades, ni instrucción escolar. Que una relación así te enferma de muchas maneras.

Hoy, a mis treinta años, aún tengo miedo de entrar en una relación nueva, espero que alguna vez mi mente y corazón sanen y yo pueda hablar de mi experiencia para que otras mujeres se atrevan a salir de ese terrible estado.

Recuerdo que cuando viví eso tenía ganas de decírselo a alguien, pero nunca supe a quién.

Si estás viviendo algo así, sabé que no estás sola. Hablá. Hablá con alguien por favor.

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