Clara era una mujer de 48 años que amaba a su familia. Estaba Llena de vida, le encantaba viajar por todos lados junto a su pareja.

El hermano de Clara vivía detrás de su casa, y su sobrino, a quien habían echado, vivió con ella durante casi 6 meses. Era un pibe callado, no nos daba problema en nada, siempre educado. Ella llegó hasta el punto de no comer por darle un plato de comida, también salió a pedir cuando no tenía dinero.

Un día de la madre, en 2017, Clara tuvo que echar a su sobrino por haberle robado y porque con su novia habían roto cosas de su hogar. Él se fue nuevamente a vivir a la casa de su madre. El 28 de octubre por la noche, en la localidad de Berisso (Buenos Aires), a eso de las 21:30 hubo una tormenta muy fuerte. Clara se encontraba en su casa, cocinando y mirando televisión. De un momento a otro, entró aquel desgraciado. Le robó el celular y la degolló con la cuchilla que ella estaba usando para cocinar. Arrasó con todo su odio, desde el lado izquierdo hacia el derecho y después por arriba. La destrozó. Ella salió desesperada hacia la calle, descalza. Cruzó de vereda a pedir ayuda y una señora llamó a sus familiares para que la socorran. La ambulancia llegó y la operaron de urgencia, pero su aorta era un hilo de coser. A los pocos minutos, Clara falleció.

Esa misma noche también intentó agredir a mi abuela, pero como es muy mayor, tardó en abrir la puerta y él se fue. Cuando mi abuela abrió la puerta, encontró sangre. La sangre de Clara.

Ya no se puede confiar ni en tu propia sangre.

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