A los 16 años me puse de novia por primera vez. Este chico era un amor, salimos un par de veces y nos pusimos de novios muy rápido. Al principio era todo perfecto, salimos algunas veces, paseábamos, sus amigos hablaban con mis amigas, salíamos todos juntos, etc. De a poco se fue apropiando de mí sin que yo me diera cuenta. Las salidas casuales dejaron de existir y un día casi sin darme cuenta quedamos nosotros dos solos, entre cuatro paredes.

Primero empezó con un “quedate una hora más”, “quedate a comer, dale”, “quedate a dormir, no te van a decir nada”, “¿nunca te vas a ratear del colegio por mí?” A lo que si respondía que no podía o que simplemente tenía que ir al colegio, su tono de voz pasaba de la pregunta tierna a una seca contestación: “Bueno, listo. Se ve que tanto no me querés entonces, sigo durmiendo. Chau.” Y cortaba, ignorándome así todo el resto del día. Al principio me chupaba un huevo pero debido a la condición que tengo, TAG (Trastorno de Ansiedad Generalizada, ¿por qué será?) no podía, simplemente, no darle bola.

Siempre lo tenía que estar buscando y pidiéndole perdón por cosas que no eran mi culpa. Le molestaba que me saque fotos con otros chicos. Así fue casi los dos años de relación que tuvimos.

Me gritaba mucho cuando se enojaba con algo insignificante, era muy irritable. Pero cuando se daba cuenta que se le había ido la mano, su manera de arreglar las cosas era “¿Vemos una serie?” O decirme “Te amo” muchísimas veces, o poner cosas lindas sobre mí en las redes sociales. Me compraba con todo eso, pero nunca me pedía perdón.

Hubo una vez en la que él jugaba a la PlayStation y me quería enseñar. Me digné a aprender pero nunca fui muy dada con este tipo de tecnología, no me llamaba la atención por lo tanto no ponía tanto empeño en aplicar lo que me explicaba. Si estaba jugando y había algo que no me salía y me hacía perder, él era automáticamente fuego tocando combustible. Se transformaba de tal manera que me llegaba a dar miedo. Su irritabilidad era tal, que me fui resignando a ciertas cosas con tal de no volver a pasar por ponerlo nervioso a él y que me maltrate con palabras. “¿No te das cuenta que sos una idiota?” “¡NO! AHÍ NO, ESTUPIDA!”. “¿Sabes qué? Dejá. No servís, dejá.” Paso siguiente a eso, se enojaba y no me hablaba. Actuaba como si yo le hiciera esas cosas a propósito, con el fin de dañarlo, de hacerlo enojar para mi disfrute. También noté que le gritaba a su mamá de muy mala manera, y la menospreciaba pero después le decía dos palabras y ya la manipulaba para que le consiga lo que en ese momento quería.

Si salía con mis amigas a bailar, me hablaba al chat del celular para hacerme la psicológica de que estaba mal lo que estaba haciendo, mientras él estaba en pedo con sus amigos en alguna parte. Vivía llorando mientras él la pasaba excelente con sus pares, como tendría que haber sido de mi parte también. Me manipulaba y lo hacía excelentemente bien.

Después de muchas peleas, zamarreos, forcejeos, manipulación, insultos y llantos por motivos varios, llegó Bariloche. Para una persona que nunca fue, como él (debido a que su ex novia no quería), si escucha lo que se dice de ir en 6to año para el viaje de egresados piensan que es EL viaje de tu vida, EL descontrol, EL sexo, LAS drogas, LA fiesta. Y tampoco es tan así.

Lo hablamos en repetidas ocasiones donde él siempre me demostró enojo. Eso ocurrió hasta el día que fui y le dije que había tomado una decisión y que no iba a ir, para quedarme con él. Se le dibujó una sonrisa en la cara, pero su respuesta ésta vez fue distinta: “Mi amor, ¿estás loca? ¿Cómo vas a hacer eso? Andá, disfrutá. Son tus amigos. Es tu último año, rómpela. Bariloche es un descontrol, disfrutá este viaje que tenés la oportunidad, te vas a arrepentir toda tu vida”.

Llegamos al acuerdo de que estaba todo bien si iba. En el viaje, la ansiedad me jugó muy en contra, fue horrible no poder comunicarme con él porque inconscientemente yo sabía que algo malo se venía. Llegué al hotel por fin, lo llamé para avisarle. Con tono seco y despectivo me dijo lo siguiente:

“-Me alegro que hayas llegado bien.

–Si, por suerte no fue tanto quilombo… ¿Vos, qué onda?

– ¿Yo? Nada.

– (…)

– (…)

– ¿Te pasa algo, amor?”

Mira, la cosa es así, vos estás allá y yo acá. Estuve pensando mucho desde que te fuiste y la verdad que no sé si quiero seguir así. Seguro te la vas a pasar tomando y drogándote y estando con otros pibes porque no te va a importar un carajo nada. Te vas a coger a quien quieras y vas a venir y me vas a hablar y yo como un boludo acá SIN HACER NADA bancándote mientras vos haces lo que se te canta el orto por allá, boludeándome y tomándome de pelotudo.”

A una persona con trastorno de ansiedad no le podes decir eso estando a 1.500 kilómetros de distancia. Él lo sabía y me lo hacía a propósito. Seguía manipulándome.

Cualquier otra chica hubiese discutido pero al fin y al cabo hubiese finalizado la charla con un “Pensá lo que quieras” y listo. Se iba a disfrutar. Yo me la pasé llorando los diez días porque, sí… Los diez días me hizo eso. A los boliches iba como máximo una hora y volvía porque tenía que hablar con él. No tomaba, no me reía, no hacía nada. Me encerraba en el baño a discutir y llorar por teléfono con él por las cosas desubicadas que me decía. Me hacía estar pendiente todo el tiempo de él. Y como siempre, haciéndome sentir culpable. Directamente, el último día que yo viajaba no me habló en todo el día, sabiendo lo mal que me hacía. Cuando llegué a Buenos Aires, parecía que no había pasado absolutamente nada.

Después de ese episodio de estrés sumado a lo que el año anterior había estado pasando y a todo lo demás que por más que no sea cercano, está, empecé a tener ataques de pánico en el colegio pero esta vez más y más seguidos hasta que llegué al punto de llorar y pedir por favor que me saquen de ahí, que quería estar en mi casa. Dejé de ir al colegio. Básicamente me perdí los últimos tres meses de secundaria con mis compañeros de toda la vida. Caí en depresión y al borde de la anorexia. Estuve sin comer ni tomar agua por cuatro días y si me moría, mejor para mí.

Lo que me decía mi novio era: “Vos exagerás, ¿no te das cuenta que querés llamar la atención? Me parece cualquiera lo que haces”. Algo que no ayudaba en nada pero bueno, ¿qué podemos esperar?

Empecé la psiquiatra y me medicaron. Aproximadamente tomaba siete pastillas de todos los colores por día. Aumenté de peso gracias a estas pastillas de mierda, no por comer, y que no me sirvieron de nada. Los comentarios de él eran: “¿No te parece que deberías bajar de peso? Tenés que dejar de hacer tanto problema por las cosas y preocuparte por lo que me estás haciendo a mí. No me gusta que estés así (refiriéndose a lo físico, como si a mí saliendo de estar pesando 50 kilos midiendo 1.70 cm, me copara estar pesando en ese momento 80), entendeme a mí también.

Logré terminar el colegio de manera domiciliaria y me obligó a empezar la facultad. Digo “obligó” porque fue él. Mis papás no me querían forzar porque sabían de lo que estaba saliendo y tres meses era muy poco tiempo para estar en una universidad llena de gente, era lógico y tenían razón. Pero yo como siempre, le hacía caso a él.

No me preocupaba ni como me fuera a sentir, con tal de que no me trate mal ni se enoje conmigo yo hacía lo que me pedía.

Quise elegir una carrera que me gustaba a lo que su respuesta fue: “Empecemos una juntos, dale. Esa no me gusta. Quiero que estemos juntos en la misma carrera”.

Tuve que hacer una carrera que no me gustaba porque teníamos que estar juntos en la facultad. En los recreos, juntos. Estar en su casa todo el día, quedarme a dormir y al otro día ir a la facultad, juntos. Como me obligó a ir, me obligó a dejarla. Se cansó, no quiso ir más entonces yo tampoco tenía que ir.

Me absorbió al punto de que no vi a mis amigas por casi seis meses. No hacía absolutamente nada.

En el mes de Abril me tuvieron que internar por seis días por problemas de salud. Vino los dos últimos días, obligado, porque yo pedía por él y decía que “estaba con sus amigos” y me ponía mal, ansiosa, de nuevo sin querer comer. Lo llamaba y se reía. Me contaba que salía con sus amigos y se ponía en pedo. Mi mamá le tuvo que pedir por favor que se digne a venir a verme.

Yo estaba muy cegada pero de a poco me daba cuenta que no podía tener a esa persona al lado, que a la vez siempre me dijo: “Yo fui tu primer todo, no vas a poder estar con otros” y eso me frenaba para dejarlo, porque sentía que no iba a poder estar con otras personas.

Mis viejos no lo podían ni ver, así que después de que me den el alta lo vi una sola vez y después me termino dejando él por teléfono… “Esto no da para más, no puedo ir a tu casa tus papás me odian, a vos no sé qué mierda te pasa, yo no puedo seguir más con esto, te cagas en mí, no te importa nada de nada, quiero hacer mi vida.”

Estuve muy mal por unos días y después me fui dando cuenta que mi ansiedad desaparecía. Que “ya está”. No le tengo que estar atrás a nadie para que no se enoje. No tengo que decir a todo que sí por más que no quiera. No tengo que dejar de hacer cosas para que no le molesten.

Pasó un mes o dos y me habló. Quiso volver, en varias cantidades de veces. Primero diciéndome cosas lindas y al no ver una misma respuesta de mi parte, me empezaba a pelear, putear y bardear sin razón alguna. ¡Un cambio ciclotímico hacía en esas charlas espontáneas! Pero por suerte, no volví a caer.

Me cuesta dormir por la ansiedad. Mi cerebro manda respuestas que no tiene que mandar en ciertos momentos. Recuerdos, ideas, pensamientos, pánicos y miedos.

Tengo miedo de volver a enamorarme y que me vuelva a pasar lo mismo. Tengo miedo de tener hijos y vivirlo como un tercer espectador o peor, ser la mala de la historia. Cuesta mucho confiar en los demás después de cosas así, cuesta mucho confiar en uno mismo. Cuesta mucho también contarle a los demás, yo no lo hice, solo los más cercanos que obligadamente saben todo esto, conocen mi historia.

Ahora ustedes también.

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