Fueron 6 años.

Empezó por una simple discusión, en la que le pegué un cachetazo por desubicarse y él respondió con otro más fuerte. Terminé tendida en la cama.

Fueron muchos episodios violentos. Llegó a quebrarme la nariz y otra vez la pera. Cada día se volvía peor. Me miraba con más odio, me decía peores cosas y golpeaba más fuerte.

La mayoría de la veces y a conciencia, lo hacia en su casa, sabiendo que sus papás no se iban a meter. Cualquier cosa lo ponía nervioso y siempre “era mi culpa”, “yo me portaba mal”, “yo hacia que él se pusiera así”.

Una noche me golpeó tanto que creí que no me iba a despertar más, que ese era mi fin. Pero no solo eran golpes, también era violencia psicológica. Él decidía quienes podían ser mis amigas. ¿Tener amigos? De eso me tuve que olvidar.

Llegué a acostumbrarme a caminar con la vista hacia abajo, a ir en la moto con los ojos cerrados, para no mirar a ningún hombre a la cara, porque enseguida era una puta que miraba hombres estando con él.

Intenté irme. Intenté hablar, pero siempre lograba hacerme callar. Me lo dijo cientos de veces: “voy a cambiar”. Hasta llegó a pedirme que tengamos un hijo.

Incluso llegué a mentir cada día cuando me preguntaban qué me había pasado en la cara y en mi cuerpo.

Me volví presa de su locura, creyendo que era amor, que eran celos por amar tanto.

Hasta que un día desperté de esa pesadilla y saqué fuerzas de donde no tenía. Hablé.

Sentí un alivio en el alma. Por fin logré dormir en paz, sabiendo que desde ese día en adelante me iba a despertar sin marcas en el cuerpo.

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