Muchos libros suelen empezar con “había una vez”, yo siempre estuve a punto de escribir historias pero por alguna razón nunca se me ocurrió la forma de terminarlas. Esta vez sí lo sé, por eso quise narrarlo en este formato, también porque así sería menos chocante supongo, así que ahí va:

Capítulo primero: respeto

Todo empezó con una serie de frases poco afortunadas: “¿Cómo no lo vas a querer si es tu papá? ¡A un padre se le perdona todo!”. Lo que no entienden es que a veces los hijos no pueden perdonar la totalidad de los actos de sus padres, y que hasta ese primer amor con el que venimos al mundo, deja de sentirse.

Después de un tiempo comprendí que le tenía terror a ese respeto que mi padre imponía. Yo no podía entender qué estaba bien o qué estaba mal teniendo 4 años de edad. Si había roto algo sin querer o me había manchado la ropa, él me encerraba en el cuarto con la luz apagada y me obligaba a dormirme temprano. La encerrada venía con una patada en la cola y un bruto empujón, luego un grito que decía: “¡Ahora te vas a dormir, a ver si así aprendes a respetar!”. A veces me escondía debajo de la cama para que él no me alcanzara con sus largos brazos y no llegara a golpearme más.

Yo trataba de agradarle, pensaba que el problema era yo misma. Cuando vi que a mi hermano lo sostuvo del cuello por romper el control remoto, entendí todo. El problema era mi padre, ese hombre que para el afuera era una persona honrada, trabajadora, buen amigo y excelente progenitor.

Muchas veces juró que las cosas cambiarían, pero nunca cambiaron.

Sus justificaciones eran siempre las mismas: “Así van a aprender a respetarme”. Una vez, ya de grande, le dije a los gritos que el respeto no se impone, sino que se gana dando lo mismo.

Capítulo segundo: confronte

Cuando uno es adolescente sufre por su cuerpo, su ropa, empiezan los secretos entre amigas, guardamos las barbies para sacar los maquillajes y empezamos con los cumpleaños de quince y las salidas a bailar. Yo tenía todo eso y en parte era feliz, pero él no. Mi evidente crecimiento le había impedido seguir golpeándome, entonces comenzó a maltratarme psicológicamente.

Empezó a decirme que estaba gorda, que era una idiota, que no servía para nada y que todo lo que él hacía era mi culpa porque yo lo sacaba de sus casillas.

Recuero que le pedía a mi madre que se separe de él, pero mi padre siempre la convencía diciéndole que era el estrés de la ciudad lo que lo ponía así, que pronto cambiaría. Nada de eso era cierto, pero ella caía una y otra vez. “Esa pendeja me saca ¿Quién te pensas que sos para desautorizarme delante de ella”, le decía a mi madre cuando ella me defendía. Una vez más yo era la causa de su enojo: si me sentaba encorvada en la mesa, si comía mucho, si mi pelo tapaba mis ojos, que si el sillón estaba desordenado o si defendía a mis hermanos ante sus agresiones.

Cada pelea culminaba conmigo llorando en mi cuarto y pensando en que debía soportarlo hasta cumplir los 18, pero me di cuenta que esto no era lo que quería para mi vida así que comencé a enfrentarlo y a discutirle en cada ocasión que se presentaba.

Lo más sádico y enfermo era que al otro día era puro amor, mi padre llegaba con un chocolate bajo el brazo y trataba de arreglar todo.

Capítulo tercero: recuerdos

Se dice que estamos hechos de ellos, aunque yo perdí varios, o quizás lo bloqueé. Mi abuela materna me contó que cuando yo era chica la llamé llorando desde un pueblo lejano, donde vivían mis otros abuelos, para pedirle que viniera a buscarme porque mi padre me había dejado ahí y se había marchado.

Como yo no quería quedarme en ese lugar, me impuse. Él empezó con su típica frase: “Acá se hace lo que yo digo”, acto seguido, me pateó, me pegó y se fue. Mi abuela, su madre, no supo que hacer conmigo y me permitió llamar a mi abuela materna. Cuando llegaron a buscarme yo estaba casi muda, los abracé muy fuerte y corrí hacia la camioneta.

Mi abuela paterna, para cubrir a su hijo como siempre hacía, dijo que era puro capricho lo que tenía y que no había pasado nada.

Cuando llegamos a la casa de mi abuela materna, me preguntó qué había pasado, pero le dije que mi otra abuela me había dicho que no dijera nada. Ella, sabiendo muy bien con qué iba a encontrarse, me preguntó si quería bañarme. Cuando me ayudó a desvestirme divisó los moretones que mi padre había dejado en todo mi cuerpo.

Él siempre decía que su suegra era una metida y que le llenaba la cabeza a mi madre con cosas que no eran ciertas. La realidad es que mi abuela era la única que veía con claridad las cosas, de hecho fue ella quien me contó muchas de las situaciones que viví porque yo no soy capaz de recordarlas todas.

Capítulo cuarto: compresión

El primer día después de la separación de mis padres, sentí paz por primera vez en mucho tiempo. Me sentí segura estando en mi casa, cosa que antes no me pasaba. Supe que mi mamá, después de tanto sufrir, tomó valentía y lo echó. Se alejó de ese papel de “destructora de familias” que mis abuelos paternos le imponían.

Comprender que yo no fui ni soy la culpable de los días malos de mi padre me costó mucho. También darme cuenta que hubo días buenos, paseos, vacaciones y ese tipo de cosas. Al fin y al cabo es mi padre y siempre lo será.

Yo sé que él es un psicópata, pasé por muchas etapas para logar entenderlo. Le di varias oportunidades, lo confronté y aumenté mi nivel de estrés para intentar tener una buena relación. Pero un día entendí que no iba a lograr nada, que de algún modo estaba muerto para mí. Lloré y puede hacer el duelo en vida de un padre que sé que nunca va a cambiar. Me duele y me dolió comprender que ese tipo de personas nunca cambia, pero estoy sanando y de a poco todo toma su curso.

Esto no es un final propiamente dicho porque él sigue vivo y yo también, pero esta es la historia de cómo llegué a entender todo y de cómo aprendo, día a día, a vivir con ello.

Esto último es para él:

Ya no cruzas mi puerta, con suerte hablamos una vez al mes para saber si seguimos vivos. Llamas vos, por supuesto. Yo ya no cruzo más tu puerta, y si alguna vez apareces por la mía, quiero decirte que ya no te tengo miedo. Ya no voy a ordenar todo antes de que llegues para no hacerte enojar. Ya no siento respeto, porque eso sería darte importancia…

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