Jamás imaginé pasar por algo así. Nunca creí que una persona pueda destruirte tanto como ser humano.

Al comienzo era una persona sumamente compañera, se preocupaba por mí en todo momento. Jamás me dejaba sola, pero no me di cuenta que así era el comienzo de una relación enferma.

Se encargó de aislarme de toda la gente que me quería y apreciaba. Ellos no entendían cómo no podía ver lo que él estaba haciendo conmigo. Gradualmente fue tomando matices de color oscuro como mi piel. Primero fueron un par de empujones e insultos. Le siguieron tirones de pelos, cabezazos y piñas. Un día terminó con sus manos sobre mi cuello a punto de asfixiarme.

Ya no podía salir a la calle si no era con él. Vivía tapándome con maquillaje los moretones que me dejaba día tras día. Llegué a contar cuantos días pasaba de una golpiza a otra. Intenté miles de veces dejarlo y volví las mismas. Dejé de hablar con mi familia y amigos, y estaba sola y frágil.

No sabía ni podía hablar con nadie. Su familia sabía lo que pasaba.

Pasé muchas noches de insomnio pensando qué estaba mal en mí, qué era lo que tenía que cambiar. Él me lo decía siempre: “¡es tu culpa! ¡yo no soy así!”.

Pensé muchas soluciones que hoy me dan escalofríos recordar para librarme de esto. Me humilló tanto y era tan persecutorio para mí que aún cuando estaba sola sentía que alguien estaba mirándome. Dejé de sentir. Dejé de querer vivir. Imaginé que mi vida iba a ser así para siempre. Esa simple idea me daba ganas de terminar con mi sufrimiento. No veía salida. En mi ceguera pensaba que nadie podía ayudarme. Era tanta la presión en el pecho que sentía volver a verlo cuando lo dejaba, aunque sabía que por más lindas palabras que me dijera, la situación iba a repetirse.

Alguna vez, sí, tuve la ilusión que hubiera sido un momento de malentendidos entre los dos y nada más, pero no era así. Los golpes eran cada vez más seguidos y más fuertes. Cada cosa que me gustaba y hacía me costaba un moretón. Odiaba que llorara, así que el último tiempo decidí dejar de sentir. Podía golpearme pero ya no lloraba.

Lo peor era mirarme el cuerpo y pensar cómo dejé que alguien me haga tanto daño. Verlo besarme las mismas partes que él dañaba, pidiéndome perdón y justificándose que yo lo ponía así.

Lo odiaba y amaba simultáneamente. Mi estado mental pasaba por todas las fases: llanto, odio, alegría, amor y vuelta al llanto.

Hoy, después de casi dos años de haberme separado de él, las marcas físicas son solo un mal recuerdo, pero con las psicológicas convivo día a día, tratando de fortalecerme, sanando lo que destruyó, aprendiendo a amarme y respetarme. Si bien ya no soy esa chica golpeaba, tampoco soy la chica dulce e inocente que era antes de conocerlo.

No puedo hablar de perdón todavía y no sé si alguna vez voy a hacer; me costó tanto volver a empezar. Sí, lo denuncié y no, nunca llegó a algo la denuncia. Nunca me avisaron.

Me fue difícil exponer mi dolor ante gente fría y poco empática, y al final nada pasó. Solo me queda el consuelo de saber que hice más por mí de lo que alguna vez me hubiera imaginado.

Cada vez que lo hablo descubro cosas nuevas.

Pero no voy a mentir las marcas, aunque no se ven y no duelen, todavía siguen ahí.

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