Fueron 5 años de celos enfermizos que al principio creí que eran normales, de tanto amor que él sentía por mí.

A los 4 meses del noviazgo nos fuimos de vacaciones, fueron los peores 7 días de mi vida hasta ese momento. Lo que pasó la primera noche fue el comienzo de algo que ya no iba a poder parar. Primero un escupitajo, después un empujón y para coronar la noche, una frase: “No servís para nada, si sos una puta”. Cada día que pasaba era peor, la violencia iba en aumento y yo ya estaba tan enferma como él, me creía culpable de todo.

De a poco me fui acostumbrando a ser tratada de esa forma. Teníamos una obsesión recíproca y no pasaba una semana sin que alguno de los dos derramara lágrimas por el otro. Yo ya no soportaba los golpes y las humillaciones pero sentía que me lo merecía.

Siempre creí que él cambiaría. Cada vez que decidía terminar con la relación lloraba tanto que al final yo terminaba consolándolo a él.

Después de 3 años llegó a mi vida una personita que nos unió para siempre. Hoy en día no me arrepiento de haber tenido que aguantar tanto para tenerla conmigo.

Horas antes de enterarme que estaba embarazada había decidido dejarlo, pero en cuanto vi el test positivo me eche atrás como si nada hubiese pasado.

Una vez nacida mi hija, se me ocurrió que podíamos intentar vivir juntos en la casa de mi familia, tal vez esto calmaría un poco las cosas y lograríamos formar una familia feliz. La primera semana fue hermosa, pero a la segunda regresó el maltrato psicológico.

La relación iba de mal en peor, vivía amenazándome con irse con la nena.

Un 24 de diciembre mi padre discutió muy fuerte con él y nos vimos obligados a mudarnos con mis suegros. Yo pensé en positivo, quizá estando en su casa y con su familia no me maltrataría. Pero el tiro me salió por la culata, él seguía maltratándome y además logró alejarme por completo de mi familia. Estaba absolutamente sola.

Creo que todas entendemos ese miedo a ser castigadas por hacer algo “mal” o por olvidarnos de algo. Ese despertar de cada mañana en el que no sabemos de qué humor se levantó él, si nos golpeará o si nos tratará como a una reina.

Los golpes se volvieron algo cotidiano, como lavar los platos o bañarse, y ya no venían con palabras de arrepentimiento. Así pasé un año más.

En las fiestas de ese año me prohibió pasarlo con mi familia. El 31 de diciembre fui a almorzar con mi papá y le dije que no iba a poder verlos a la noche. En cuanto comenzaron a salir lágrimas de sus ojos, mi corazón se rompió en mil pedazos. Me di cuenta que no solo estaba lastimándome a mí misma sino también a mis padres, a mis hermanos y al resto de la familia. Aún me duele mucho el alejamiento que tuvimos, no puedo creer como fui tan ciega.

Ese día volví a casa llorando, creí que no iba a poder soportarlo, me faltaba el aire. Al llegar él me miró y yo mentí diciendo que tenía alergia.

Ese fue el peor año nuevo de toda mi vida. Hasta llegué a lastimar mi propio cuerpo, no encontraba otra salida.

Pasaron 3 días en los que casi ni hablamos. Aproveché esto para pensar en cómo escaparme con mi hija sin que él lo notara.

El 4 de enero se encerró con la nena en la habitación y no me dejo verla en todo el día, allí lo decidí: debía irme. Esperé a que se durmiera y a las 2 am me fui a hacer la denuncia a la comisaria de la mujer. A la mañana siguiente fui con un patrullero a buscar a mi hija, la sacamos de ahí y pude irme.

Una hora después me llamo su familia, pidiéndome que vuelva porque él estaba por suicidarse. Totalmente presionada, volví. Él me dijo que si dejaba a la nena toda la tarde me la podría llevar a la noche y yo, confiada, la dejé con él mientras preparaba los bolsos para mudarme definitivamente.

Cuando llegó el horario estipulado quise tomar a la nena pero me lo impidió, empezó a gritar y a deshacer mis bolsos.

Llamé a mi hermano para que viniera a buscarnos, solo así pudimos irnos. En ese momento sentí un sinfín de sentimientos: felicidad, miedo, ansiedad y hasta odio.

Llegué a mi casa y allí estaban mis padres, esperándonos con los brazos abiertos. Pero no todo fue alegría, a la media hora llego mi ex a los gritos. Saltó la reja e intentó meterse en la casa, tuvimos que llamar a la policía.

Al otro día inicie los trámites para la denuncia.

El 6 de enero quedé en llevarle a la nena, yo todavía creía que podía ser una persona racional, pero no. Nos encerró en la habitación y tuvo que venir mi familia a sacarme.

Llegaron mis 4 hermanas acompañadas de la policía. Otra vez había sido mi familia quien me ayudó, aquellas personas a las que había abandonado por él. Yo sabía que a ellos no les importaba, que me habían perdonado, pero mi angustia era enorme. En ese mismo momento me juré que nunca más volvería a caer, esos fueron los últimos golpes que recibí, los últimos insultos y las últimas degradaciones. Ese hombre no estará nunca más a mi lado.

Después de que obtuve una orden de restricción no lo vi más.

Hoy ya pasó un año y medio de todo esto y siento que no soy ni seré la misma de antes, que todo eso que me pasó nunca más me volverá a pasar.

Gracias a mi buen entorno pude recuperar la dignidad y la autoestima que había perdido. Sé que las secuelas quedaran de por vida, cada gesto o palabra violenta que presencie me aterrará, pero yo decidí ser feliz y eso es lo que voy a hacer.

 

 

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