Hace casi una década falleció mi abuela y para que mi abuelo no se deprima, con toda la familia íbamos haciendo rondas para acompañarlo. Llegó el día en que no sólo tomaba unos mates con él, sino que acepté acompañarlo a cenar (no era la primera vez que cenaba sola con mis abuelos, pero sí la primera que cenaba sólo con él).

Luego de una cena, en donde me preguntaba por mi reciente independencia, mi trabajo, mis estudios, etc. sacó de un cajón unos bombones. Algo me pareció raro, tal vez por cosas inentendibles que musitó. Esto me llevó a ponerme en guardia (lamentablemente desde chica una aprende a ponerse en guardia ante situaciones extrañas) y a agradecer negando el bombón mientras juntaba mis cosas para irme. Él lo peló y cuando lo quise saludar, me lo metió en la boca y me agarró de la cabeza tratando de besarme. Lo paré en seco, me ofuscó, pero lo pude parar, y me fui.

Pasó el tiempo, unos meses. Lamentablemente había perdido el trabajo y ante la necesidad de abonar el alquiler del departamento, junto con mis viejos, le pedí un pequeño préstamo. Los quería de testigos a mis viejos no sólo porque no quería estar sola con él, sino porque quería que otros vieran que tomaba una deuda que estaba pronta a ser pagada. Cuando fui a buscar la plata, sí fui sola, dado que iba a ser ‘de pasada’, ya lo habíamos hablado. Me terminó encerrando en la pieza, no me dejaba salir. Y empezó a tocarme y a decirme que él no quería la plata pero sí cogerme. Me terminó sometiendo, subiéndose encima (yo pesaba 48 kg, él mucho más que el doble, en peso y en altura) y luego de que acabó, me revoleó la plata: “acá tenés, cobrate”.

Nunca pude contarlo. Me siento culpable por haber pensado en la deuda y haber aceptado el dinero. Siento mucho asco al recordarlo preguntándome -en el medio de la asquerosa penetración- si alguna vez mi viejo había querido hacerlo también.

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