Tenía 12 años y vivía en San Cayetano, un pueblo perdido en la Provincia de Buenos Aires. Mis amigas y yo nos la pasábamos en la casa de Natalia, una amiga. íbamos todas las tardes. La casa de Natalia era muy humilde. Cuando entrabas a la casa, lo primero que veías eran hornos pizzeros y una mesa, donde amasaban las pizzas que vendían. Le seguía una cocina, que era además living y comedor, donde estábamos siempre. La casa tenía dos habitaciones y un baño. El piso era todo de cemento. Las aberturas interiores, salvo la del baño que tenía puerta, tenían cortinas. Todos se la rebuscaban para vivir. Pero esta humildad no venía acompañada de buena gente. Apenas entrabas sentías ese aire a violencia que poco después te dabas cuenta que existía realmente. Una violencia que demostraban delante mío y de mis amigas. De hecho, Natalia siempre decía que ella se iba a matar, que tenía cartas para todos, y que la peor era la del padre. “Todo es su culpa” nos decía con frecuencia. Por ese entonces, la familia adoptó a una chica, Carolina, quien se hizo amiga nuestra también, a quien la madre había echado de su casa. Entre ellos se mataban, metafóricamente, pero con nosotras eran buenisimos, todos.

Mis amigas siempre jodían con los masajes que hacía Carlos, el padre de Natalia. Un día, estábamos Carlos, Natalia y yo en la casa. Natalia estaba jugando en la computadora, la habían comprado hacía poco y obvio se la pasaba ahí, de espalda a nosotras dos. Entonces yo le digo a Carlos que me hiciera masajes, a ver que tan buenos eran. Él se sentó en el sillón, y yo en una silla y empezó con su repertorio de cuello y hombros. Bajó a la espalda, y cuando quise acordarme, estaba manoseándome las tetas. Podía escuchar su respiración excitada, pero me quedé helada, sin poder decir nada. En ese momento sentí miedo, bronca, desesperación por no saber qué hacer, y también vergüenza por mi amiga. Si se daba vuelta y nos veía, me hubiera sentido muy mal. Como yo estaba inmóvil, él siguió. Bajó a la cintura, y obviamente terminó tocándome la vagina.. Siempre por arriba de la ropa, pero yo igual sentía que me estaba violando. No sé cuánto tiempo duró, pero cuando me animé, dije “preparo mates?”, y me levanté a poner el agua. Ese día no pasó nada más. Seguí yendo a la casa todos los días, como si nada hubiera pasado, bloqueando inconscientemente en mi cabeza ese recuerdo.

Cuando terminó el año, Natalia y Carolina repitieron de grado en la primaria, y las cambiaron de colegio y de turno. Ya no coincidían nuestras tardes, y así yo terminé dejando de ir a la casa. Prácticamente ni las veía. Dos años después, un verano, los vecinos escucharon una pelea a los gritos, ritual habitual en esa casa. Un vecino vio como Carlos arrastraba a Natalia de los pelos, pero su esposa le pidió que “no se meta” y no hizo nada. Después de semejante golpiza, la encerraron con llave en su cuarto. Ella se escapó por la ventana, fue a un galpón que quedaba detrás de la casa. Ahí se ahorcó.

Después que pasó esto, Carolina se fue de la casa, y el hermano mayor se juntó con la novia.

A los 15, cuando tuve mi primer novio, empecé a tener recuerdos sobre esto, se lo conté, pero le pedí que nunca más hablara sobre el tema. Y así fue. Yo cada tanto, recordaba, sobre todo cuando me lo cruzaba a Carlos en la calle. Con ese novio duré unos meses nada mas. A poco de cumplir los 17 me puse de novia otra vez, con el cuál estuve tres años. Cuando llevábamos un año de novios, se lo conté y me contuvo mucho. Finalmente me animé y lo hablé con mis amigas. A todas les había pasado lo mismo, pero nunca nos habíamos animado a hablarlo. Al tiempo, una noche después de salir de un boliche, estallé en llanto. Me contuvieron unos amigos que me convencieron que lo cuente en mi casa. Cuando llegué a mi casa, hablé con mi mamá y me dijo que si quería, me acompañaba a la casa a decirle lo que yo quisiera, pero no me animé.

Después me fui del pueblo a estudiar y estaba bien, hasta que venía al pueblo y me cruzaba con él. Es el día de hoy, que me lo cruzo y me pongo mal. Me mira desafiante a tal punto que no puedo sostenerle la mirada. Me mira dándose cuenta de mi dolor y del asco que siento por él, gozando que nunca hice nada. Me pongo mal por lo que me hizo. Me pongo mal por lo que le hizo a mis amigas. Me pongo mal porque estoy convencida que a las hijas les hizo lo mismo, y hasta peor. Me pongo mal porque quizá, si yo hubiera hablado en ese momento, Natalia estaría viva.

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