Nunca antes me había atrevido a contar esta experiencia, de hecho solo la saben algunos familiares que son los que menciono aquí.

Tengo 21 años, vivo en España y hace 4 tuve una relación que me marcó de por vida.

Conocí a Eugenio al mismo tiempo que lo conocieron unos amigos míos de por mi casa, es más, él vivía cerca mío. Al principio era todo un tipazo, buena gente, cariñoso y todas las virtudes que puedan imaginar, en ese entonces yo tenía 17 años y él me dijo que tenía 21.

Con el tiempo fue haciendo notar su verdadera personalidad. Me controlaba cada vez más, me fue alejando de todos mis amigos y amigas, quería estar conmigo a cada instante, me hacía faltar a clase y cuando no faltaba iba a la salida a recogerme, ni siquiera confiaba en mis compañeros. Odiaba a todos mis amigos sin motivo alguno, y prácticamente dejé de tener contacto con la mayoría de personas con las que solía frecuentar, me manipulaba y yo completamente cegada no era consciente que esto iba por el peor de los caminos.

Por cierto nunca conocí a sus padres ya que se fueron del país cuando era niño y por eso vivía en casa de sus tíos.

Tras un año y cinco meses de relación, las discusiones iban subiendo de nivel por parte de él. Sus primeras agresiones fueron casi al final de la relación pero comenzó hacerlas notar; una vez estábamos en la calle cerca a mi casa, íbamos peleando y le pedí mis llaves que le había dado a guardar, él insultándome en voz baja me las aventó al pecho a una distancia muy cerca y con mucha fuerza —no es un secreto que los senos son tan delicados y que cuando los golpean duele muchísimo — justo pasaba gente y un chico volteo a mirar y no supe qué hacer, lloraba en silencio, me agaché a recoger el manojo de llaves y me fui cruzando por el parque hacia mi casa, no fue detrás de mí ni nada, así que llegué a mi cuarto y solo lloraba de la cólera, me había humillado públicamente.

Al final con unos cuantos suplicios acompañados de llantos, poder de convencimiento y cambios de actitud, lograba que lo perdone. Un día fui a casa de sus tíos y no había nadie, empezamos a pelear y comenzó a ponerse más furioso de lo normal, me enojé y le pedí que me dejara ir, que me abriera la puerta y que ya no nos viéramos más. Caminé hasta la puerta del apartamento y él se quedó en su habitación y salió al rato llorando; tenía una pistola en la mano —nunca antes le había visto la pistola, no sabía que tenía una— entré en pánico, se apuntaba y me decía que si me iba y lo dejaba se mataría. Se me ocurrió abrazarlo y decirle que deje el arma —según él era de su tío — después de un rato que se calmó le dije que me lleve a mi casa y lo hizo.

Llegué a mi casa extremadamente nerviosa, asustada y sacada de onda, repitiendo y repitiendo en mi cabeza ese momento aterrador mientras mantenía una conversación intrapersonal en la que no sabía qué hacer, me preguntaba si debería alejarme o no.

Me escribió y no le contesté hasta que después de un par de días se apareció en la puerta de mi casa -sabía mis horarios- y me reclamó por qué no le contestaba el celular, me dijo que nunca se había puesto así y que había reaccionado de esa manera porque me ama y no quería perderme, era lo único que tenía sentido en su vida.

Decidí darle la última oportunidad pero ya no sentía lo mismo que antes, hasta que después de semanas llegó diciembre y viajamos antes de Navidad para pasar fiestas de fin de año a la casa de playa del hermano menor de mi papá, era el tío open, legal y súper buena onda, y lo mejor era que vivía solo en una casa grande de madera frente al mar al norte de Perú, un balneario roots alejado de la ciudad. Viajamos con seis primos míos (todos mayores que yo) y se juntaron 3 amigas (Carla, Talia y Mariana) que rondaban los 22 y 23 años en ese entonces. Ellas eran amigas de una prima y llegaron una semana después que nosotros.

Cuando las chicas llegaron, él cambió rotundamente conmigo, no me hablaba, no me daba bola para nada mientras que completamente desencajada le preguntaba por qué estaba así y me ignoraba por completo. Lo veía súper atento con una de las amigas de mi prima hasta que un día todos se pusieron a beber y yo algo bajoneada me retiré de la terraza para echarme a dormir, pues al día siguiente una de mis primas me dijo que había visto a mi flaco súper gilero (conquistador) con Carla, me disgustó tanto que le terminé y me dijo que no había problema; me pareció raro y pensé que de verdad ya había terminado todo.

La noche de año nuevo no lo vi, cada uno estuvo por su lado. Después del 31 las íntimas de mi prima se regresaron a Lima —a pesar que le había terminado él seguía con nosotros en casa de mi tío porque se había vuelto medio amigo de dos de mis primos — no nos dirigíamos la palabra y tampoco quería quedar como la maleducada y botarlo de la casa.

Mi prima Claudia era la primamejoramiga que muchas tenemos; me pidió que la acompañe a comprar unas cosas al point de Camacho, un lugar donde hay un montón de tiendas y bares donde se reúne la gente para tomar. Me senté a conversar con ella sobre lo que pasaba con mi reciente ex y de pronto se acercan dos chicos, uno de ellos era un conocido de mi prima y empezamos a beber un par de cervezas. Después de un rato llegaron dos primos míos con mi ex para comprar, no me dijo nada pero sí me miró de tal forma que me sentí mal y me arruinó la noche.

Fueron llegando amigos de los chicos que acababa de conocer y nos quedamos unas tres horas más, no sucedió nada con ninguno de ellos, simplemente intercambiamos números. Llegué a la casa de mi tío con mi prima y me dijeron que cuando él regresó de la tienda de haberme visto con esos chicos, se había puesto a llorar como un niño y se había quedado dormido por lo mucho que había tomado.

Me fui a dormir con Claudia, mi prima, en el mismo cuarto.

Amaneció, era algo de las once de la mañana y un fuertísimo golpe en la cara me levantó bruscamente, mi prima escuchó mi quejido y se paró de la cama también, pues era él, me tiró un puñete en el rostro mientras dormía. Mi prima reaccionó e intercedió gritándole “a mi hermana no la tocas mierda” y le metió una cachetada, él le respondía que era una puta y que no se metiera. Me puse a llorar con mi prima, Eugenio simplemente se salió de la habitación y se fue de la casa, Claudia le tomó una foto a mi cachete ya que tenía una marca roja para tenerlo como prueba. En ese momento me di cuenta que le tenía miedo. Todo esto había sucedido mientras mis otros primos estaban en la playa. No había nadie en la casa; solo estábamos los tres.

A los minutos mi prima me dice que bajaría a la playa y que vaya con ella, pero no quise ir ya que Eugenio me había dejado una marca roja en el cachete derecho y yo no quería que nadie me vea, me quedé sola en la casa pensando si le contaba a mi tío para que lo echara o simplemente dejar que se vaya por voluntad propia; le pedí a mi prima que no le contara a nadie, ella se fue después de insistirme para ir juntas a la playa. Al rato él regresó a la casa por la terraza —en la terraza de la casa habían escaleras que conducían a la playa y viceversa — me pidió conversar, accedí y me llevó al cuarto en donde él durmió y que daba vista al mar.

Mientras hacía mi ingreso a ese cuarto podía ver lejanamente por la ventana a mis primos con amigos chapoteando y a otros tratando de meter la lancha al agua. Entramos y cerró la puerta poniéndole seguro, cuando hizo eso empecé a preocuparme y le dije que no lo hiciera, de la nada tenía un perfume mío en la mano que me había regalado por Navidad, lo arrojó por la ventana y empezó a preguntarme con cara de energúmeno si es que había pasado algo con alguno de esos dos chicos con los que me vio. Le dije la verdad: que no.

Se me acercaba con empujones e insultos: “perra”, “te lo tiraste seguro”. Estaba demente, quería escuchar como sea un sí de mi parte. Mientras lo callaba y le recordaba que habíamos dejado de ser novios, que ya no tenía que reclamarme nada y que esta relación había llegado a su fin, caminé hacia la puerta para abrirla e irme porque empezó a subir el tono de voz —yo quería evitar una discusión más de las que ya no soportaría— pero no pude, antes de girar la manija sentí que me cogió de los cabellos y me regresó de los pelos hacia el centro del cuarto, me metió una patada de barrido en las piernas, fue tan fuerte que caí automáticamente al piso y seguido de eso me dio tres patadas más. No podía creer lo que estaba viviendo, solo me cubría el rostro llena de lágrimas. Logré pararme y lo empujé, le tiraba golpes donde podía. Tratando de defenderme, me aproximé desesperadamente de nuevo hacia la puerta, pero esta vez la pude abrir y corrí a encerrarme en la habitación de mi tío. No podía dejar de llorar. Se me cruzaba por la mente la impotencia que mis primos estaban en la playa sin saber nada, al otro lado de la ventana, mientras un hombre que en ese momento desconocía me agarraba a golpes.

Se dirigió hasta el cuarto en donde me había refugiado y movía la manija pidiéndome con una voz muy calmada, como si nada hubiese sucedido “Ábreme ¿ya?, abre”. Hacía caso omiso a sus peticiones y le gritaba pidiéndole que se largue, que no lo quería ver, que esto no daba más, que era un maldito maricón.

No quería afrontar, no me atrevía llamar a mi mamá o papá, ni a mi tío que era el dueño de la casa y que estaba en su fábrica a dos horas del sitio.

Después de cierto tiempo salí del cuarto y él ya no estaba en la casa pero sus cosas seguían ahí, fui hacia el cuarto en donde había dormido con mi prima para ir por mi celular y llamarla.

Mi prima no me contestaba, pero llegó a la hora, le conté lo sucedido y se puso histérica, ella le contó a mis primos y llamó a mi tío, enseguida le quité el celular y le dije a mi tío que no dijera nada a mis papás y que yo me encargaría, nadie lo podía creer. Mi tío Manuel llamó a mi ex —estaba como no habido — para decirle que recoja sus cosas y se vaya porque iría con policías, se fue ese mismo día para Lima. Pasaron horas y acompañé a unos primos a que fumaran un porro a la cruz, un hermoso cerro en donde se puede apreciar una maravillosa caída del sol.

Tenía dolores en el cuerpo. Una de mis piernas tenía un moretón propinado por las patadas que me había dado en el piso y que me dolía persistentemente, y aún permanecía la marca roja en mi cara. Tenía los ojos hinchados y respiraba con dificultad debido al asma emotivo que me había ocasionado, como cuando me intoxico por aines, pero no, era por lo mucho que había llorado; en la cruz pensé que podía tratar de despejarme, pero no fue suficiente, estaba realmente triste.

Cuando regresamos a la casa era casi de noche y mi tío todavía no llegaba. Las cosas de ese indeseable ya no estaban, se había ido, pero antes se había llevado o para ser más concisos se había robado mi cargador de celular, mi cámara de fotos y otras pertenencias que eran de mi prima. Completamente decidida a no verlo en mi puta vida, llegué a Lima después de dos días y cuando llegue, recién empezaba este martirio que se convirtió en una herida, una herida espiritual que sigue tratando de cicatrizar, que por cierto no se lo deseo a nadie.

A veces resulta increíble que la persona que decía amarte, cuidarte, te haya dado una muestra del más puro rencor.

Llegué a casa tras ese viaje —que me sirvió para darme cuenta que había estado casi dos años de mi vida con un grandísimo malnacido y que debí haberlo dejado desde el primer acto de violencia que me propinó—, y mis papás me recibieron con cara de culo y molestos, diciéndome que mi ex había ido llorando en papel de víctima y destrozado diciéndoles que me había encontrado teniendo sexo con otro chico, o sea, aparte de haberme generado una tremenda golpiza, se dedicó a inventar una historia de mentiras y a difamarme.

No podía creer que tenía en contra a mis propios viejos —tampoco me atrevía a contarles que me había golpeado—. Lo negué todo porque obviamente no era cierto.

Pasó una semana sin comunicarnos y vino a buscarme. Me esperó a que llegara de la calle, me ofreció una cena para conversar, no sé por qué, pero acepté ir a cenar en ese momento con él. Yo también me pregunto hasta hoy por qué carajos acepté ir, cuando debí botarlo como a un inmundo, pero con el tiempo me fui dando cuenta que él era una persona que lograba convencerme de manera casi mágica apartándome de la realidad y que era mucho más joven e inmadura que ahora.

Ya en el restaurante comiendo una pizza, se puso a llorar y pedirme disculpas, que quería regresar conmigo, que quería pasar el resto de su vida a mi lado, que no sucedería más.

Me llené de valor y coraje; mientras me decía todo eso empecé a recordar cómo me había sacado la mierda aquella vez y solo atiné a decirle que nunca se lo perdonaría, que esto no iba más y que no me vuelva a buscar, me paré y me fui del sitio dejándolo a él llorando en un intento de volverme a convencer. Al rato de llegar a mi casa, me mandó un mensaje a mi celular diciendo que me arrepentiría de haberle terminado para siempre y una frase para nada buena vibra: “ya te cagaste”.

Cuando pensé que todo había terminado, pues me equivoqué. Hubo días en los que me enteraba que hablaba mal de mí con conocidos. Se encargó de difamarme con todos los amigos en común que teníamos, mi mamá se enteró y mortificada fue a hablar con su tío sin que yo lo sepa, cuando regresó entró a mi cuarto enfadada y decepcionada, vino completamente anonadada, pues el tío le había dicho que él era un chico problema desde pequeño, que no estudiaba en ningún sitio como me había hecho creer y que le paraba robando, hasta llegó a denunciarlo porque le había sustraído joyas de oro, y había encontrado un arma debajo de su colchón, dijo que no lo botaba de su casa porque era hijo de su único hermano.

En ese momento no aguanté más y empecé a contarle a mi mamá con mucha vergüenza que me había sacado la putamadre en Colán; mi mamá entró en llanto y me llevó al día siguiente a la fiscalía de la nación a denunciarlo. Una vez ahí se destaparon cosas que jamás imaginé: no tenía 21 como me lo había hecho creer, tenía 25 años, y efectivamente tenía la denuncia de su tío por el arma de fuego y otra más de un chico al cual él había dejado en coma.

No podía asimilar que me había visto la cara por cerca de dos años, el tipo era una fábrica de mentiras. No me cabía que fuera capaz de hacerse un DNI falso en el que aparecía una fecha de nacimiento que coincidía con la que me había dicho, no podía creer que el carnet universitario que vi era trucho, que la pistola era de él, y muchas cosas más.

No pude vivir tranquila, un día mandó a un grupo de tipejas de mal vivir para buscarme y que me pegaran, fue horrible, el tipo no podía superar que lo había dejado y yo no podía superar que él tipo del cual me había enamorado era todo lo malo que podía existir.

Cuando imaginé que no volvería a saber nada de ese hombre. Cuatro meses después, conocí a un chico que me pretendía y me agradaba, de un momento a otro dejó de contestarme, me evadía, le mande un mensaje pidiéndole una explicación del por qué ya no me contestaba y si había pasado algo. Me contestó después de días para decirme que había recibido amenazas para que se alejara de mí. Sentí la vergüenza más grande de mi vida. El mundo se me caía. Me bajoneó tanto que dejé de salir, de ver amigos y toda la onda. Quería que todo fuera una pesadilla. Me hizo demasiado daño psicológico, tuve tratamiento pero lo abandoné al poco tiempo.

En una de las tantas citaciones, más precisamente la última, me acuerdo que tuvimos que esperar al fiscal de turno para que nos atendiera, mientras lo aguardábamos en una oficina compartida. Las torres de papel que eran de casos similares y peores me llamaban la atención; así que decidí entretenerme leyendo, los pocos que leí no eran nada a comparación del mío. Al rato se apareció el fiscal para decir las estupideces más grandes que escuché y darme cuenta que estaba frente a un inepto.

La denuncia fue en vano, el fiscal nos decía a mi mamá y a mí que esos casos los tenían a diario pero al final se trataba de puro despecho por parte de las denunciantes, que mejor dejara las cosas ahí ya que no estaba golpeada y ni siquiera tenía pruebas de que me habría pegado —la única prueba que tuve fue la fotografía en mi cámara robada por él— y lo más indignante fue cuando dijo que si la relación era del conocimiento de los padres, no tenía mucho sentido.

Decidí dejar las cosas ahí a nivel judicial, no quería saber nada que tenga que ver con él, nada que me haga recordarlo. Lamentablemente acá la justicia avanza al paso de los billetes y muchos delincuentes evaden cargos gracias a actos de corrupción. Pasó casi un año y me citaron para encararme con él, me puse súper mal, nerviosa, no quería ir, no quería verle la cara, fue un trauma, quería desaparecer. El muy descarado se burlaba y me miraba con desprecio, pasé de ser la mujer de su vida a su enemiga número uno.

Negó todo obviamente y hasta inventó cosas.

Todo era aberrante, no tenía el respaldo de las autoridades, ese también fue uno de los motivos que influyeron para que no continúe con el juicio.

Si tal vez hubiese marcado mi distancia a tiempo, no hubiera tenido que pasar por todo esto, ser violentada por una persona que dice apreciarte es una situación muy triste que nadie merece vivir. Entendí a la perfección que cuando te grita o te toca una vez y no lo apartas de tu vida, lo volverá hacer sin límites hasta hacerte el peor de los daños.

Me entristece saber que no soy la primera ni seré la última en haber caído envuelta en alguno de sus tantos trastornos de personalidad que poseía. Imagino tiene o tendrá alguna relación, debe ser o será una nueva víctima, una mujer más para su colección, una que recién empiece a conocerlo, a la que le haga creer que es una gran persona pero que desafortunadamente no tenga ni la más mínima idea de lo que hay detrás de ese ser y logre darse cuenta cuando sea tarde.

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