Era el último año del secundario, se supone que ese sería el mejor. El viaje y la fiesta de egresados era todo lo que tenía en mente, quería que fuese perfecto.

Llevábamos un tiempo saliendo. Él tenía bastantes problemas con su familia y eso lo ponía un poco nervioso a veces, pero nada que yo considerara extraño en una relación.

Por fin llegó aquel día que tanto esperábamos con mis compañeros, la fiesta de egresados. Ya estábamos en el lugar cuando comenzamos a discutir. Él me agarró del cuello y me llevó arrastrando hasta la cochera para que nadie viera lo que estaba pasando.

Comenzó a echarme la culpa de sus problemas familiares y de muchas cosas más, de las que yo no tenía ni idea. Cuando terminó su sermón, me tiró al piso y empezó a patearme las costillas y la cabeza, hasta que no sentí más nada. En un momento de lucidez salvé mi vida: él estaba tomando carrera para pegarme otra patada, entonces me levanté con todas mis fuerzas y corrí como nunca. Él corría detrás mío. Si no hubiese hecho algo, probablemente hoy no estaría acá contando esto.

Cuando llegué al salón de mi fiesta pensé que estaba a salvo, que había terminado, pero no. De repente sentí un brazo rodeando la circunferencia de mi cuello y apretando fuertemente. El único que estaba allí era el barman del lugar, quien miraba pensando que estábamos jugando, hasta que vio que yo no podía respirar. En ese momento saltó de la barra y le pegó.

Por suerte pudimos sacarlo del lugar, y yo estuve a salvo.

Terminé yéndome a mi casa, escondida en un auto por las dudas. No tuve mi fiesta de egresados y quedé muy mal golpeada.

Lo único que rescato de aquella situación fue haberme dado cuenta la clase de persona que era.

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