Estaba en cuarto año cuando me hablaron de Tomás. Él era un año y medio más chico que yo, íbamos al mismo colegio. Yo lo conocía de nombre y de vista. Tomás Sánchez. Ojos increíblemente pestañudos y verdes. Sonrisa divina. Facha indiscutible a pesar de su corta edad.

Me dijeron sus amigos que yo era su “amor platónico” y que siempre me miraba en los recreos. Sintiéndome como una nena de doce años, les juro que sonreí. Y me reí. Y deseé que me hablara.

Él no lo hizo hasta el día de mi cumpleaños, el 12 de enero. Luego de su saludo por mi día, comenzamos a hablar y sentimos una química notoria. No pasó un mes que ya me creía completamente enamorada de él.

Al poco tiempo iniciamos una relación. Él era dulce, tranquilo, jamás me cuestionaba nada. Por así decirlo, yo era la que llevaba los pantalones en la relación. Nunca me faltaba al respeto, y siempre accedía a lo que yo pedía o necesitaba.

Cuando les digo que solo lo quería, les miento. Porque el cariño que sentía hacia él, era inmenso. Me sentía en las nubes. Odiaba la idea de verme alejada de él. Odiaba la idea de verlo triste. Estaba completa e inocentemente enamorada.

Pasaron los meses y llegó mi fiesta de egresados. Iba a ser la noche perfecta. Familia, amigos y él. ¿Qué más podía pedir? Ah sí, hielo. Pero eso viene un poco más adelante.

Durante toda la fiesta había un chico al que yo conocía. Lautaro no dejaba de mirarme. En un momento de la fiesta noté que me estaba siguiendo. Yo me sentía incómoda, pero en mi mente no quería contárselo a Tomás por miedo a que se preocupe o eso arruine la noche. Cuando Lautaro vino a “saludarme”, me corrió la cara y me encajó un pico.

Creí morir de la bronca y le dije de todo mientras me iba super enojada. A Tomás no pude encontrarlo hasta una hora después. Y pensé en contárselo al día siguiente ya que quería terminar la noche en paz y tranquila.

Una vez en casa luego de la fiesta, a eso de las 6 AM, me suena el celular.

— Mañana tengo que hablar con vos
— ¿Qué pasa? Decime por acá o llamame
— No, te lo tengo que decir personalmente.
— Bueno, vení a casa o voy. ¿Cómo hacemos?
— No tengo ganas. Nos encontramos en el garage.

El garage está cerca de nuestras casas y siempre nos veíamos ahí al principio de la relación, ya que podíamos sentarnos y aún no existía la confianza como para visitar nuestros hogares. Accedí. Le dije que sí y al otro día fui con el corazón en la boca. Tenía mucho miedo de que me deje.

Al llegar lo vi caminando en dirección hacia mí. Sus ojos no eran los mismos de siempre. Estaban fríos. La ternura con la que solía mirarme no existía. Sentí un escalofrío cuando vi la expresión en su cara, completamente fuera de sí.

— ¿Vos te comiste a Lautaro, no? —me gritó, mientras tiraba muy fuerte de mi brazo izquierdo.
— No —tartamudeé
— ¡Dejá de mentir! Sos una puta —volvió a gritar.
— No Tomás, dejame que te explique

A estas alturas ya lloraba como una nena y me costaba el triple hablar.

— VOS LO FUISTE A BUSCAR, ¿NO, PUTITA? SIEMPRE SUPE LO PUTA QUE SOS

En ese momento mis lágrimas se mezclaron con dolor. Me había dado un golpe en mi ojo derecho. No lo vi venir, porque del miedo solo podía mantener la mirada en el suelo. Y ahí entendí que no quería verme en una casa porque sabía que esto iba a pasar. Me había citado en la calle porque sabía que me iba a pegar. La persona con la que llevaba un año de relación y había conocido en el colegio. La persona que tenía una familia adorable, notas excelentes y era un excelente deportista. La persona que era querida por todo el mundo y supuestamente me amaba.

La persona que creía conocer más que a nadie me acababa de pegar una piña mientras no dejaba de gritarme “puta”.

Tomás desapareció un par de días, hasta que volvió. Sí, no solo lo perdone sino que dejé que él me atormentara durante meses. Al principio decía que el no recordaba nada de lo sucedido. Después, argumentó que había sido mi culpa porque yo era una trola y lo había engañado. Y parte de mí quería creer que era real.

A los meses comenzó el maltrato psicológico. “Salís a zorrear hoy, ¿no?”. “Te encanta vestirte así de putita para que te miren todas las tetas, ¿no?”. “Yo la verdad no sé que hago con vos, me da vergüenza como bailás, sos una trola”. “Si tomás alcohol es porque te gusta que se aprovechen de vos y te toquen”.

A los meses me dejó. Cuando pasado un tiempo quiso volver y yo no quise, amenazó con suicidarse. A los dos meses de eso, me engañó y argumentó que era mi culpa porque no le quería chupar la pija todos los días. Al mes de eso, me volvió a engañar en Villa Gesell y me dijo que la otra “putita” lo cogía mejor que yo. Y sí, yo no hacía nada. Mi corazón estaba en coma desde el primer “puta”, desde la primera mirada asesina y desde la primera piña.

A la semana me encontró un mensaje de un pibe en facebook, y me volvió a pegar. Luego lloró, agarró un cuchillo y se cortó la muñeca.

“¿Ves? Vos tampoco podes estar sin mí. Siempre vamos a estar juntos mi amor, siempre”, me dijo cuando intenté que pare y no se mate.

Luego de eso, siguieron más maltratos. Sin “razones”. Solo porque sí. Hasta que un día me agarró del pelo y me golpeó la cabeza contra el piso tres veces hasta que me desmayé. Cuando me desperté, me sangraba la cabeza.

Había manchado el piso y tenía tres chichones gigantescos. Él se había ido. Más tarde le dije que les iba a contar a todos que me intentaron robar, solo si él me dejaba tranquila. Accedió.

Todos me creyeron.

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