Yo creía en el amor para siempre, en las parejas de toda la vida, en envejecer con el hombre de mi vida y salir a pasear de la mano siendo viejitos, hasta que me crucé con él.

A los 19 años conocí a un chico, ambos estábamos solos, sin familia, sin nadie. Lo veía como el más lindo del mundo, y me sentía dichosa porque me eligió a mí y sólo a mí. Cuando empezamos a salir pensábamos en tener una vida juntos, una familia, una casa, un auto y un perro. Planeábamos vivir felices.

La relación iba bien, o al menos eso creía. Había pequeños acontecimientos que me indicaban como sería él en el futuro, pero yo no me daba cuenta, aunque el resto de la gente sí. Él era muy celoso, no le gustaba verme hablando con otros hombres, no quería que salga con mis amigos, entre otras cosas. Pero yo, por amor, accedía y pasaba todo mi tiempo libre con él. Hasta acepté que fumara marihuana, cosa que yo no hacía, pero para mí no era nada muy malo porque no parecía hacerle daño.

Pasó el tiempo y él comenzó a trabajar como policía. Al principio todo estaba bien, pero al correr los meses las cosas comenzaron a desmoronarse. Solía llegar tarde a casa y si no le gustaba la comida me miraba con asco y me decía “¿esto cocinaste? ¿esta porquería?” y se negaba a cenar. Yo solamente lo dejaba pasar e intentaba entablar una charla, que al final ni siquiera era una charla, solamente daba un monólogo mientras él me ignoraba, hasta que se cansaba y me gritaba: ¡callate!

Tiempo después, comencé a trabajar, pero él se quejaba porque a veces volvía cansada. Le molestaba bastante que estuviera tiempo fuera de la casa y tampoco le gustaba que durmiera “tanto”. Siempre decía que ya no lo quería y que, por eso, no estaba nunca para él. Aquellas cosas me hacían sentir culpable y le terminaba dando la razón, por eso, cuando tenía un tiempo libre, no dormía ni hacía otras cosas sólo para estar juntos. Pero, muchas veces, “estar juntos” era estar en casa sin que él me hablase, o haciéndole compañía mientas fumaba marihuana.

Los meses trascurrían, y la relación se iba pudriendo de a poco. Él estaba cada vez menos tiempo en casa y ya ni siquiera me abrazaba ni besaba. Luego me enteré que, desde hace un año, me estaba engañando con una profesora que había conocido cuando custodiaba una manifestación. Resultó ser esa la razón por la cual estaba tan poco tiempo en casa, excusándose e inventando que hacía “horas extra”. Se me partió el corazón, comencé a culparme pensando en que todo había sido porque yo era gorda y fea, y que esa chica era mejor que yo, más bonita, flaca y con un mejor trabajo que el mío. Destrozada, le recriminé lo que había hecho, y él sólo contestó que era una amiga y que no había pasado nada. Le pregunté tantas veces que el terminó aceptándolo y diciendo que no lo haría nunca más y que ya había terminado con ella. Le creí y lo perdoné.

Un día, llegué del trabajo y me di cuenta, por cosas que encontré sobre la mesa, que había estado consumiendo cocaína. Yo vivía diciéndole que no lo haga, pero él sólo me gritaba y lo volvía a hacer. A pesar de eso, nunca me animé a tirar esas cosas a la basura por miedo a que se enojara conmigo.

Más adelante me enteré que me había vuelto a engañar, no una sino varias veces, y con compañeras del trabajo. Me dolió tanto que decidí separarme, pero todo empeoró.

Todas las noches, a eso de las 3 o 4 de la mañana, venía a mi casa a golpear la puerta y a gritarme: “dame la plata que invertí en vos” o “devolveme lo que te regalé”.

Un día no le quise atender, entonces pateó la puerta hasta que el seguro de la ventana se bajó. Metió su mano por ahí, sacó las llaves de la puerta y la abrió desde afuera. Yo intenté evitar que lo haga, pero no pude porque era más fuerte que yo, incluso se rompió una de las bisagras. Cuando entró, empezó a gritarme y lo empujé. Él me tiró al piso y, quebrada en llanto, le pedí que se fuera de mi casa. No sólo no se fue, sino que me ahorcó y me puso una pistola en la cabeza, mientras me exigía a los gritos que le diga con quién lo estaba engañando. Cuando ya se me estaba comenzando a nublar la vista, emití un ruido, ni siquiera era una palabra, sólo era un intento desesperado por pedir ayuda. Yo pienso que se dio cuenta de que había llegado muy lejos porque me soltó. No dijo nada, guardó la pistola entre su ropa, y así como vino, se fue.

Al mes siguiente me fui muy lejos. Él seguía pidiéndome perdón, pronunciando las típicas frases: “no sé qué me pasó”, “no lo voy a volver a hacer”, “sos la mujer de mi vida, yo te necesito “o “no voy a encontrar una mujer como vos.

Hace unos meses me enteré que se puso de novio con otra mujer, pero se separó porque la golpeaba y ahora vive para hostigarla.

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