Mi historia no es de violencia física, sino psicológica. El Ministerio de Justicia de Argentina define a la violencia psicológica como aquella que “causa daño emocional y disminución de la autoestima o perjudica y perturba el pleno desarrollo personal o que busca degradar o controlar sus acciones, comportamientos, creencias y decisiones, mediante amenaza, acoso, hostigamiento, restricción, humillación, deshonra, descrédito, manipulación o aislamiento”. Y nada podría definir mejor la situación que viví con mi primer novio.

Yo siempre había sido la gordita graciosa, la simpática, la que nunca nadie se tomaba demasiado en serio en la escuela. Me vestía como una marimacho porque me sentía insegura de mostrar mi cuerpo. Al cumplir 15 años pegué una suerte de estirón, me estilicé, me volví más delgada, me empecé a vestir más femenina. Fue allí que conocí a este sujeto. En las primeras etapas de nuestro noviazgo adolescente se dedicó a piropearme, a hacerme sentir la chica más hermosa del mundo. Todo era precioso.

Decidimos que queríamos tener relaciones, los dos éramos vírgenes. Una tarde estábamos a punto de intentar tener sexo por primera vez. Le dije que se pusiera el preservativo. Me preguntó si íbamos a hacerlo de verdad, yo le dije que al menos íbamos a probar si entraba, porque no quería que me doliera. Me presionó: me dijo “yo no voy a gastar un preservativo si no lo vamos a hacer”. Manipulación. Era chica, así que que accedí. Por suerte no entró, por suerte no fue así mi primera vez. Terminé dolorida y llorando, y él mientras me pedía perdón.

A medida que pasaba el tiempo yo tenía cada vez más amigos, más actividades, más cosas interesantes en mi vida. Empecé a tocar en una banda, y él venía a todos los ensayos. Aparecía en todas las juntadas con mis amigos. No creo que lo haya hecho de celoso, sino porque realmente no tenía otra cosa para hacer. Aunque, pensándolo bien, y por cómo se dieron los demás acontecimientos, creo que lo que pasaba era que quería que me sintiera vacía sin él. Que cada ocasión de entretenimiento y diversión la identificara sí o sí con él, para que, cuando él no estuviera, yo sintiera que faltaba algo importante.

Comenzamos la facultad. Yo siempre tuve buenas notas en el colegio, era la chica inteligente de la clase. Y la facu no fue la excepción. Me iba muy bien. Hice el Uba XXI, aprobé todo, cursé solo medio año del CBC y ya estaba adentro. A mi ex no le estaba yendo tan bien. Estuvo a punto de reprobar todo el curso de ingreso a su universidad. Se sacaba muy malas notas. Yo trataba de darle ánimo y apoyarlo. Él… no.

Se ve que en algún punto le empezó a caer muy mal que a mi me fuera bien. Y comenzó a tratarme mal. Con palabras y actitudes me hacía sentir que yo no era nada sin él, que solamente él podía quererme así como era. “Solamente yo te puedo amar”, “no vas a encontrar nadie que te quiera así como yo”. Me boicoteaba la autoestima. Si íbamos a comer, me controlaba las porciones de comida: “vas a volver a estar gorda”, “ya estás engordando”, “tenés que aprender a dejar de comer”. Si estaba viendo algo en la tele o en la compu, me sacaba de ahí y se ponía a verlo él. No respetaba mi espacio ni mis actividades. Era terriblemente controlador con pavadas. Si me tocaba lavar los platos, él pasaba y se fijaba si había quedado algo engrasado, y si era así, me obligaba a lavar todo de vuelta. Si me iba de vacaciones con mi familia teníamos que hablar por teléfono todos los días, si algún día yo no podía llamarlo, al otro día venían los reproches. “Te gusta otro, me vas a dejar solo, te vas a olvidar de mí”. Me hacía sentir muy triste con esos reclamos.

El día que le anuncié que iba a comenzar una segunda carrera universitaria en paralelo a la primera, me dijo textual: “No vas a poder, te va a ir mal en las dos y vas a terminar tejiendo en la calle”. Vale aclarar que en esa época había aprendido a tejer a crochet y le había hecho una hermosa bufanda… con esa frase de mierda no solamente insinuó que era incapaz de estudiar, sino que además bastardeó mi hobbie del momento, hobbie con el que le hacía regalos.

Esa frase fue mi límite, supe que después de eso teníamos que cortar. En algún momento había querido que él cambiara, que recapacitara, que me tratara de igual a igual, que estuviera orgulloso de mis logros… pero por suerte no volvimos a estar en pareja. Afortunadamente seguimos caminos muy distintos. Yo terminé las dos carreras con excelentes notas, tengo una trayectoria laboral admirable para alguien de mi edad, vivo con mi pareja desde hace años, tenemos dos mascotas preciosas, viajé por todo el mundo… Amo mi vida, amo todo lo que hago.

¿Hubiera llegado a tanto de tener a alguien tan perverso al lado mío? Seguramente, no. Seguramente, si me quedaba al lado de él, y hubiera permitido que me destrozara la autoestima como él pretendía, hubiera terminado tejiendo en la calle. Al fin y al cabo, eso era lo que él quería. Una mujer sumisa, que no osara equipararlo ni mucho menos opacarlo en talento, empuje e inteligencia.

Me animé a contar esta vieja historia porque sé que hay una tendencia a confundir amor con control, cuidado con destrucción de autoestima, y violencia con golpes. Pero la violencia también puede ser silenciosa. Puede estar disfrazada del chico más dulce, bueno y sonriente que hayas conocido. Puede estar escondida detrás de frases y palabras súper hirientes, por más que jamás te hayan levantado la mano. Puede hacerte sentir una inútil, cuando sos una de las mujeres más valientes e inteligentes del mundo.

Que te falten el respeto o te hagan sentir disminuida, también es violencia

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