Cuando tenía 8 años mi papá abusó de mi. Estaba mirando una película y, de repente, se bajó los pantalones y me dijo: “dale un beso”. Recuerdo que tenía el pene erecto. Le dije que no, pero me agarró tan fuerte que me torció el brazo. No le importaron ni eso ni mis gritos de terror, me bajó el short y me sentó arriba de él a la fuerza. Me dolió tanto que me asusté cuando me dijo que si decía algo, se lo iba a hacer a mi hermano de 2 años.

Cada vez que se metía a mi cama yo salía corriendo y gritando, cosa que acarreó bastantes golpes. Luego, simplemente, dejó de hacerlo.

Cuando se lo conté a mi mamá, no me creyó. Tampoco mis hermanos. Hoy se que si llego a toparme con él, no soporta mi presencia porque se lo recuerdo cada vez que puedo. Aunque mi familia me odia, no me importa porque yo sé muy bien qué fue lo que pasó.

Un día fuimos a comer, y al regresar a casa, me quiso llevar a la fuerza a un hotel. Íbamos en su auto cuando se estacionó y me comenzó a tocar mientras me tapaba la boca para que no gritara. Encendió el auto, y en ese momento de descuido, abrí la puerta y me tiré. El golpe no fue fuerte, así que puede escapar de ese maldito. Lo denuncié, pero como siempre, me culparon a mí. Lo único que me ayudó a ponerlo en evidencia fue que un amigo de él lo vio y también la señora que me ayudó a levantarme después del golpe. Se llevó unos golpes de unos cuantos amigos míos cuando se enteraron de lo que me quiso hacer.

Lo cuento porque tengo 37 años, estoy casada y tengo 3 hijos. Ahora vivo con más ganas y con más fuerza para luchar contra la violencia y el abuso sexual.

El miedo paraliza, pero no hay que dejar que nos gane.

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